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L A M U J E R C O N S T R U Y E W o m e n w h o b u i l d |
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""ACOTAR ESPACIOS PARA LA INTIMIDAD Y EL REENCUENTRO". MERCEDES CASTAÑO, traductora. |
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Fue
esa mi convicción, a medida que tomaban la palabra las mujeres
arquitectas de uno y otro lado del Mediterráneo, en torno al hermoso
patio renacentista de la Universidad de Alcalá, durante el IV Encuentro
en la Arquitectura organizado por La Mujer Construye. Todas las intervenciones se iban entretejiendo con idéntico hilván:
acotar espacios que propicien la intimidad y la convivencia, con la
presencia de la mujer, diosa fecunda, que alberga la vida y la
transmite, inundándolo todo de su ser (en el jardín paraíso, en el
patio de la medina, en la plaza o desde la lumbre y el tálamo de la
casa). Y
de fondo, un paisaje diverso y unificador que es un mar. Agua mansa y
recogida en su lecho, que lame orillas de una misma memoria, bañada por
una luz restallante que desdibuja los límites, que ensancha el
horizonte hasta donde alcanza la mirada. Margarita
de Luxán nos habló de la abigarrada mezcla de gentes y culturas que es
la cuenca del Mediterráneo; de los parajes fértiles y bulliciosos, de
los agrestes y deshabitados que este mar convoca. Nos acercó a los
espacios concebidos desde el conocimiento y el respeto a una naturaleza
pródiga y esquiva, que guarda el secreto del vivir armonioso del ser
humano con su entorno; de esa arquitectura bioclimática, permeable a su
emplazamiento, que descubre las señas de identidad del lugar en que se
ubica. Arquitecturas que reconcilian al hombre con su paisaje. Es
este mare nostrum el que primero rindió culto a la vida
encarnada en unas figurillas enigmáticas y de seductora belleza,
mujeres de pulida geometría que reclaman caricias, diosas minúsculas y
casi incorpóreas, que reciben el nombre de la geografía en la que
nacen, esas motitas de tierra arracimada en el Egeo que son las islas Cícladas.
Este término significa, en origen, círculo (forma perfecta para los
Antiguos), lo cerrado, preludio del espacio para la intimidad y lo doméstico,
germen de la frágil vida naciente, escondida y agazapada en el seno
tibio y oscuro de la primera mujer; vida protegida en el claustro
materno, en las entrañas de la tierra. La
primitiva estructura de la casa mediterránea era circular, -según
apuntó Cristina Finucci en su intervención-,
delimitada por un paramento ciclópeo, como aún dejan traslucir los
vestigios de antiguos asentamientos prehistóricos. Un espacio sin vértices
ni aristas, replegado sobre sí mismo, que, a manera de ara, tornará a
la diosa en mujer, trasunto de la fecundidad de la propia tierra. La
mujer que preserva la vida confinada a la redondez inexpugnable de su
vientre; la mujer que se erige en dueña para velar por el delicado
equilibrio de todo lo creado. De
la naturaleza le viene al hombre el sustento y el cobijo. La naturaleza
que se aviene con el hombre para dejarse arañar y reducir por sus
manos, para enseñarle a hacer germinar la semilla. A esperar su fruto. Quizás
por esa necesidad innata de belleza que le mueve al ser humano, quizás
por la nostalgia del paraíso perdido (paradeisos en griego, del
árabe paìrideza, cercado) del que quiere volver a tomar posesión,
recreándolo a su imagen y semejanza, el hortus conclusus se hará
jardín por el mimo y desvelos de su cuidador. Jardín, espacio de
juegos, de esparcimiento, de aprendizaje, en el que se palpa el dulce
discurrir del tiempo al compás de las estaciones. Lugar en el que la
vida vegetal devuelve a la mujer a sus dominios, revelándola su esencia
íntima y secreta. Marie-France
de Saint-Felix, con paso detenido y minucioso, nos mostró su jardín, AEl camino de la mujer@, repleto de símbolos y sugerencias, en un recorrido iniciático que
nos devuelve fortalecidos y maravillados. Un Olimpo recuperado, morada
de los dioses inmortales, que celebra el milagro de la vida. El
jardín acotado es patio y claustro, ágora y zoco, en las distintas
orillas de ese Mediterráneo obediente y azul. En
los restos de los asentamientos semitrogloditas hallados en Túnez, a
los que aludía Messaouda Taib-Beesaoud, se percibe aún el espacio
organizado alrededor de una especie de patio que luego será atrio. La
Cartago de púnicos y romanos lo rodeó de soportales, albergó en él
las cenizas de sus antepasados (manes) y en él les rindió culto. Patio
que recoge la lluvia fecunda y purificadora; patio que, al igual que el
claustro, aúna vida y muerte entre sus muros. La
intrincada trama de la medina de Tetuán, como apuntaba Ramón de Torres
en su intervención, se halla dentro de un recinto amurallado en donde
el ámbito de lo público y lo privado conviven sin apenas transición,
fiel reflejo de los tupidos y sutiles vínculos y jerarquías que se
entretejen entre sus habitantes. Vida que integra al ser humano en sus
quehaceres; vida precisa y heredada que, al tiempo que guarda
celosamente la intimidad de la familia, cultiva con denuedo el precepto
islámico de la hospitalidad. Compartir
techo con el que está de paso, aliviar la fatiga de su viaje, disfrutar
de su charla y compañía, es habitar plenamente el espacio doméstico,
tan sabiamente protegido por recoletas entradas, estrechas y tortuosas
callejuelas, entreveradas de arquillos que enlazan muros de modestas
facturas. Casas rotundas por la pequeñez de sus vanos; casas gráciles,
de patio diáfano, que reciben la luz desde lo alto, quebrando su
hermetismo. Dependencias de la mujer, que puede contemplar la vida que
rebulle del otro lado por ese patio, oculto mirador, sin que nadie se
aperciba. Del
patio, reducto de intimidad, al ágora, que a todos da cabida. El patio
se hace ágora en la polis. Encrucijada y punto de destino,
predispone hacia el diálogo, el intercambio fructífero de ideas y
creencias. AVivir es, en el hombre, convivir@, que diría Emilio Lledó. El ser humano se apropia de este espacio que
le es connatural, en el que a su vez,
se ve reforzado como individuo, moviéndole a intervenir en lo
político, en pos del beneficio común. Espacio que le educa en el arte
de la tolerancia y el respeto mediante el uso de la palabra liberadora y
catártica. El
espacio recuperado para la convivencia. El lugar degradado convertido en
plaza que congrega y hermana y que se completará con la vida correteándola
en su superficie. Arquitectura que integra espacios y se los restituye
al ser humano, como la plaza de Beth Galí. En
el reverso del ser humano que sale de sí mismo mirándose en el otro
mientras deambula por el ágora, el muro que ahoga, que recluye y que
aniquila. Muro paredón impregnado de todo el sufrimiento del hombre,
desde que fuera expulsado del edén, de toda su miseria, de su forzosa e
irremediable soledad. El hombre condenado entre los muros de un campo de
concentración, ciudad a escala y autosuficiente, expresión del ideal
de ciudad nacionalsocialista. Beth
Galí habló del campo de Sachsenhausen, en Oranienburg tal y como se
puede contemplar en la actualidad. Habló del museo subterráneo que
incorpora el muro mediante una mampara que lo circunda, mostrándolo
abiertamente a los ojos con provocadora impudicia. Muro que clama la
maldad de unos contra la indefensión de otros. Muro del que emanan los
humores de todos los que se restregaron contra él, presos del pánico y
el abandono, y que obliga al visitante, en su inconsciente, a repetir
ese gesto último y primero de sentir la vida por el tacto, entre los
rumores de hojas desperdigadas por el suelo, velado lamento de los
prisioneros. De
este muro tótem del hombre atormentado y en titánico esfuerzo por
sobreponerse al horror, brotará el hombre nuevo que restablezca la
dignidad y grandeza a toda la humanidad. Muro
que sacude las conciencias; memoria viva y tenaz de todos los oprimidos
e ignorados. La
plaza encuentra su hondura en el claustro. Y en el agua clara que mana
de su fuente o que espejea en el pozo. En el claustro, al igual que en
el ágora, convergen todos los caminos, como dibujan las maderas
entrelazadas de los artesonados. El claustro es un compendio del mundo a
la medida del hombre, un universo simbólico que le ayuda a desbrozar el
misterio de su propio ser; el cordón umbilical que lo concilia con sus
anhelos y zozobras más recónditos. El claustro alberga entre sus muros
el jardín primigenio, deleite del cuerpo y del alma, en el que el
hombre tomó posesión de todo lo creado otorgándole un nombre, "Como
si, cuando se conoce el nombre de una cosa, se conociera la cosa misma@ (Bernardo de Claraval). El hombre que muda lo que le ha sido dado, mudándose
él mismo en sus adentros. El
jardín primigenio, primera morada de Eva, recluido entre los muros del
claustro, en donde el alma se recrea en la contemplación de la belleza,
prorrumpiendo en cánticos de alabanza a su Creador. El jardín, goce de
los sentidos, gobernado por huríes de turbadora belleza entre palmeras y
rumorosas acequias, deleite místico, es presagio de lo pasajero, recuerda
al hombre la fugacidad de su tránsito, le devuelve a su última morada,
claustro panteón de tiempo detenido. En
la umbría tibia y perfumada de un claustro, patio, jardín, el ser
humano, en paz consigo mismo, disfruta para siempre del paraíso
recobrado. Mercedes Castaño, traductora. |