LA MUJER CONSTRUYE            

"A LA BÚSQUEDA DEL SUJETO DEL CONOCIMIENTO EN LA ARQUITECTURA". MARÍA ÁNGELES DURÁN HERAS, catedrática de sociología del CSIC.

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En urbanismo y en arquitectura pueden adoptarse perspectivas intelectuales muy diferentes, y lo que hay sólo es una parte muy pequeña de lo que podría haber habido. La altura del ojo del observador marca el punto de fuga, el centro de la visión: pero ni el lenguaje ni el ojo son capaces de superponer fácilmente perspectivas contrarias, porque la imagen se deforma y los paisajes devienen, como las figuras de Escher, rompecabezas imposibles. De ahí el riesgo y la tentación de adoptar perspectivas canónicas como si fuesen válidas para todos. En el mejor de los casos, esta perspectiva es la que corresponde a la media aritmética o ponderada de las alturas reales: la del niño, la del viejo, la del hombre, la de la mujer, la del alto y la del bajo. Pero ni siquiera con la mejor voluntad resuelve la media la disparidad de lo concreto, la variedad que rodea el artificio intermedio. ¿Desde qué perspectiva se ha, o hemos, construido la ciudad, la casa, la fábrica y el parque?

En algunas comunidades científicas, la referencia al sujeto del conocimiento levanta anatemas metodológicos. Están convencidos algunos pensadores de que sólo es científico el conocimiento de lo externo y experimentable, y la preocupación por la lógica interna de sus hallazgos les lleva a orillar la influencia del contexto del descubrimiento: se olvidan de que sólo salen adelante los planes de investigación y los laboratorios que cuentan con adscripciones de recursos, con medios de expresión, con apoyos y garantías. No sólo piensan que su ciencia es ciencia, sino que tienden a convertirla en única, y no les inquieta la ausencia de otras ciencias y conocimientos que no han podido desarrollarse.

En las ciencias sociales también se plantea la tensión entre el tipo de conocimiento desde dentro y desde fuera, pero es más un asunto de matices que de verdadera definición disciplinar. No hay campos en los que los partidarios de la comprensión no hayan dejado huella. Aunque en los límites epistemológicos de la sociología, la economía o la lingüística, las pretensiones de formalización se aproximen a las que dominan en física o astronomía, el componente humanista se resiste vigorosamente a desaparecer, a ser engullido por la ferocidad devoradora de las ecuaciones y los números.

La arquitectura y el urbanismo están atravesados de la misma contradicción metodológica que las ciencias humanas y sociales. De un lado, la pretensión científica y técnica domina los duros procesos de aprendizaje, el entrenamiento para resolver con éxito las dificultades de la construcción o el diseño de los espacios. Pero la ordenación o jerarquía de estos espacios solo puede hacerse, como decía Heidegger, si se conoce el modo en que se va a vivir dentro. El arquitecto no puede limitarse a los materiales y a las formas. Cuando proyecta, subordina su obra a un sentido, incluso cuando no es consciente de ello. En todas las construcciones hay un sentido implícito, una idea generatriz a la que debe servir el espacio. Pero a veces impera el desconcierto, y no se sabe para qué o a quién se debe servir, cuál es el orden moral que subyace en el diseño.

La conciencia de la idea y de la jerarquía dista mucho de ser frecuente. No sólo forma parte de las creencias y de las ideas del proyectista, sino de las ideas y creencias de su grupo más próximo y de su época. Ortega señaló lo difícil que resulta, la pérdida de tierra que provoca la mera duda sobre las propias creencias.

La indagación sobre las "ideas" que han estado detrás de la aparición de tipos nuevos de ciudades es necesaria, imprescindible. Pero tanto o más que las ideas, que son explícitas o al menos relativamente conscientes, gobiernan la creación y mantenimiento de las ciudades las creencias, que son los pensamientos elementales, primarios, tan asentados que ni se repara en ellos ni se hacen conscientes o explícitos.

Bajo la rúbrica "quien es" se agrupan muchos "quienes", con historias y voluntades distintas. Lo que algunos viven como ideas, otros lo viven como creencias. El tránsito de la creencia a la idea tiene una fuerza de revelación, explosiva. Es un incendio en la palabra. Un rasgo característico del tránsito de este siglo XX al XXI es la acentuada conciencia de la fragmentación de los sujetos. Los grandes nombres (la Patria, la Humanidad, la Razón, la Historia, etc.) han perdido mucho predicamento, y el sujeto del conocimiento, (quien lo hace, recibe y expande) es generalmente identificado como un sujeto de amalgamas, lleno de roturas e intersecciones, que no refleja por entero los deseos y aspiraciones de ningún grupo humano concreto: es lo que Derrida llama "un trabajo coral". Con todo, es más fácil rastrear la huella (jurídica, artística, organizativa, arquitectónica) de las presencias que de las ausencias. Los sujetos presentes, aunque fragmentarios e incompletos, son accesibles. Pero: ¿Cómo detectar las no-presencias, las negaciones, los olvidos planificados y no casuales? ¿Qué ejercicio de reflexión nos llevará hasta ello?¿Por qué caminos se logra el equilibrio de razón y sentimiento, de lógica, técnica y deseo ?...

Algunos acontecimientos funcionan como acicates, como precipitadores de la duda. Unas veces son acontecimientos personales. Otras, institucionales o colectivos. A los investigadores se nos enseña, como parte del oficio, a olvidarnos del sujeto y a aparentar que no somos nosotros quien piensa, escribe o dibuja, sino un "Se" impersonal que sólo revelamos. Como si la misma ciencia insuflase su espíritu en nuestra boca o en nuestra pluma, a la manera de un viento de Pentecostés racionalista y laico. Hasta tal punto parece de mal gusto, e intelectualmente endeble, el recurso a la experiencia propia, que da vergüenza poner por escrito las circunstancias personales de las que nace realmente la energía necesaria para sacar adelante los proyectos intelectuales. ¿Hay que mentirse a sí mismo y, por mera prudencia, ocultarlo?. ¿Hay que imponer el disfraz igualador, la visión deformadora del espejo que borra las experiencias más fuertes y profundas? Si se tratase meramente de sacar un informe o cubrir un expediente, el camino más rápido y sencillo sería sin duda el de esconderse en el "se", en el impersonal y aparentemente objetivo sujeto que conoce sin contagiarse de emociones. Es bastante fácil acumular páginas sobre la ciudad o la casa a partir de lo que otros, mucho más ilustres, ya han visto y medido, acumulándolo al conjunto de conocimientos admitidos. Pero en ese conocimiento acumulado han tenido hasta ahora poca cabida las mujeres o los "otros" que también se apartan del canon. ¿Se puede, realmente, confiar en que la representación intelectual de "los otros" haya sido fidedigna en épocas anteriores? Cada vez parece más evidente la parcialidad de lo que nos ha llegado como si fuese el "todo". Por eso se valora más la experiencia personal, la aproximación fenomenológica frente a las mediciones externas.

El problema radica en que las dos tradiciones principales de la ciencia social, positivista y fenomenológica, hablan lenguajes difícilmente compatibles. Las mediciones son necesarias, y es apreciable la contribución de las fuentes estadísticas: pero por sí mismas no son gran cosa, si no van acompañadas de una reflexión detenida sobre el significado de las cifras. Así que la disyuntiva entre ahondar u olvidar las experiencias personales, entre dejar fluir la experiencia del sujeto que escribe o silenciarlo, se presenta en cada epígrafe del texto del mismo modo que se plantea ahora.

Contra lo que algunos creen e incluso desearían, la capacidad de reflexión de las mujeres no se limita (si es que no les niegan la posibilidad de intentarlo) a ese entorno ceñido a sí mismas que es la vida doméstica, el propio cuerpo o la casa. Una vez puestas a pensar, y a decir lo que piensan, y a pretender ser escuchadas, ningún ámbito de la vida humana les es ajeno; ni la urbe o la civitas, ni las representaciones del poder, ni el nombre de Dios. Una vez perdido el miedo y el confinamiento, todo ha de ser revivido desde la libertad de expresarlo.

Pero el acceso a la libertad de conocer es, para la mayoría de las mujeres, muy reciente. Todavía al comienzo de la década de los sesenta, las alumnas de la Facultad de Derecho de la Universidad española se enfrentaban a las leyes que les prohibían ser juez. Ahora, sin ira y con calma, pero sin perder memoria, hay que entrar en el pensamiento ya acumulado metiéndose dentro, y no sólo, como pudo ser en una primera etapa de integración en la cultura culta, aceptándolo o recibiéndolo pasivamente desde fuera.

Hay muy pocas publicaciones sobre la ciudad y la arquitectura hechas desde la perspectiva de las mujeres, y en eso estamos todos de acuerdo. Pero casi nadie repara en que las publicaciones que sí hay, a las que acudimos para formarnos o entendernos y para adoptar decisiones, han sido escritas desde la perspectiva de los varones, incluso la mayoría de las que definen las relaciones entre la ciudad y las mujeres. Para equilibrar perspectivas, no basta que las mujeres (y otros grupos sociales tradicionalmente excluidos) razonen y transfieran sus experiencias sobre sí mismos, sino que han de hacerlo sobre los otros y sobre el conjunto. En ese sentido, cualquier aportación desde las perspectivas innovadoras es al mismo tiempo un avance y una aspiración frustrada; porque, por comparación con el complejo edificio de las ideas ya tratadas, de los millones de experiencias "otras" que han filtrado y les dieron la base experiencial para transformarse conceptualmente, los esfuerzos por filtrar y conceptualizar las experiencias nuevas son muy modestos, muy insuficientes. Intelectualmente, la apuesta conlleva inevitablemente el desgarro de saberse parte de una cultura construida sobre experiencias ajenas y de carecer al mismo tiempo de elementos suficientes para construir la propia, y fundirla.

María Ángeles Durán Heras,
catedrática de sociología CSIC
Co-autora con Carlos Hernández-Pezzi de "La Ciudad Compartida"

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