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L A   M U J E R    C O N S T R U Y E

W o m e n   w h o   b u i l d

   "CASA, MUJER Y CUERPO". BEATRIZ GARCÍA MORENO, profesora Facultad de Artes (Colombia).


¿Dónde empieza y dónde termina su cuerpo?  ¿Acaso su propia imagen no se extiende a la ropa que usa, a los aderezos que la ornamentan o al espacio que habita, convirtiéndose cada uno de ellos en prótesis o en su propio borde; en signo de su propio goce?

La mujer en su papel de madre dentro de la institución familiar, encargada de procrear y de criar a los hijos, ha tenido a través de los años, como espacio principal para su desarrollo, a la casa, un espacio que si bien la mujer no ha concebido, ni diseñado, si se ha apropiado, al constituirlo como lugar de contención, donde ella se expande, a la vez que adopta como su propia referencia, como el espejo que le devuelve su identidad. La casa se convierte en extensión misma de su propio cuerpo y sus imaginarios; es contenedora de ella misma y límite de su imagen.

La casa de la que aquí se habla, está definida por el papel de la madre en la institución familiar, y se habita principalmente, desde esa función asignada, a la cual tratan de adherirse las condiciones propias del cuerpo y su sexualidad.  La casa de la familia, la concibe la mujer como el nido donde cría y protege a sus hijos; como una imagen que coincide con la imagen de su cuerpo, que al mirarlo desde el papel de madre, se presenta como vasija moldeable que puede ser llenado totalmente, que lleva la semilla y permite su crecimiento, que contiene las posibilidades de alimentar y cuidar de los que ha procreado; que se despliega en abrazo, que da protección y calor.  Su cuerpo se expande a cada espacio de la casa, no deja libre rincón alguno, valiéndose de colores, olores, objetos de una u otra clase que hablan de su presencia, y de esta manera, reafirma su imagen como madre.  Su cuerpo de madre lleno se hace cuerpo de la casa para ser habitada; se entrega a su función de receptáculo y se pierde en el fantasma que la habita para llevar a cabo su tarea.  La imagen imaginada de la madre busca ocupar la casa plenamente, sin dejar espacio para nada más, sin tener en cuenta que al hacerlo invade el espacio, y que por más que se esfuerce, las fisuras siempre aparecerán, y que lo que parecía tan conveniente puede convertirse en posibilidad misma para lo siniestro.

Su propio cuerpo se adapta fácilmente a la tarea asignada. Cada una de sus partes parecería que estuviera hecha par contener, para recibir, para guardar:  formas convexas, cóncavas, orificios de entradas, receptáculos contenedores de alimentos lo constituyen y se ofrecen para ser habitados, para contener vida. Como madre sabe de sus vacíos por llenar, de los vacíos protectores que pueden albergar la semilla; conoce el alimento que puede producir y sabe del goce que esa posibilidad le brinda.  El reconocerse como posible guardadora y fermentadora de la semilla le permite apaciguar la angustia que le produce su condición de mortal, en tanto le permite imaginar la posibilidad de la inmortalidad al creerse continuada en los que de ella nacen, como lo dijo Diotima de Mantinea al mismo Sócrates, al preguntarle éste sobre el amor. Sin embargo, esa identificación total con su vientre contenedor, parece condenarla al olvido de su propio origen, al hecho de haber sido habitante de otro cuerpo y de haber nacido; a reconocer el vacío que le es propio y por ende a tapar su propio deseo. 

La casa le ha permitido contener su vientre infinito, deseado y temido por ser contenedor de vida, de misterios insondables, por ser capaz de cerrarse y expandirse sin compasión. La casa lo protegió de la mirada inquisidora del Otro, y se convirtió en su prolongación y en su cómplice. La casa se le ofreció como límite para desarrollar su papel en la institución familiar, para desplegarse en la forma de madre que se le ha asignado. Pero esa mirada de madre que la casa le devuelve no la cubre toda, algo se escapa a la lógica de la ley que obedece, se pierde por los rincones, en la trastienda, se sube por los muros que la separan del afuera, se hace amiga de las puertas que se cierran para sumirse en la melancolía por lo no tenido o en arrebatos de alegría que no comprende, cuando vislumbra la posibilidad de placeres no aprendidos pero si sabidos, no hablados pero si intuidos. La casa-cuerpo de madre, contiene fisuras que frecuentemente no pueden verse, pues todo está allí puesto para el control del goce, para evitar que la cadena significante se rompa, para tapar los propios agujeros. 

El desarrollo de la modernidad abrió espacios para que la mujer saliera de la esfera privada de la casa, donde cumplía su función de madre en la institución familiar, a la esferas laboral y pública, y con ello pudo empezar a construir un pensamiento sobre sí misma, a verse desde nuevos imaginarios que afirman sus capacidades, a concebir sus vacíos más allá de su condición maternal, dispuestos para albergar el deseo y desplegar su erotismo en recipientes de diferente tipo, sin perderse en ellos, sin miedo a reconocer su goce, a reconocer su nacimiento y su condición de habitante.

Este proceso ha transformado su cuerpo y los espacios que habita. La casa ha dejado de ser su propia imagen, su seguridad y único límite.  La casa ya no es más habitada, únicamente, en su condición de madre. Podría decirse que casi todas las funciones que se le habían asignado, han salido de la casa, en tanto que la mujer-madre ha salido.  El nacimiento se ha ido a los hospitales y puestos de salud en busca de mejor atención médica, en busca de mejores condiciones higiénicas y científicas.  La casa se ha liberado del llanto del recién nacido y de la sangre que acompaña este acontecimiento.  De la casa han salido las celebraciones.  Los bautizos, las primeras comuniones, los matrimonios se celebran por fuera de ella, en clubes sociales, en casas comunales, en parques. La casa no es más lugar para estos rituales de iniciación y despedida que le exigían cada vez un orden diferente.  En ella cada objeto sigue en el mismo sitio como si no hubiera pasado nada.  De la
casa ha salido la muerte en carro fúnebre, a la sala de velación.  La casa no oye los llantos ni los rezos, no se impregna de dolor por el muerto o la muerta, ni de malos olores.  La casa se protege de la devastación y conserva su estructura.  También otras funciones que daban sentido a la vida familiar, y que tenían a la mujer como el motor de su realización, han salido en busca de nuevos espacios para desarrollarse:  la comida con los rituales que implica desde su cocción hasta su consumo, considerado en diferentes culturas como el ritual por excelencia de la consagración familiar, ha encontrado lugares alternos, por fuera de ella, quedando en el pasado, el importante papel que representaba para el reconocimiento familiar y de la mujer misma.

¿Qué queda entonces de la casa en la actualidad y por lo tanto de las imágenes de su cuerpo que ésta le devolvía? La casa parece haber quedado libre de su ama y de sus funciones sociales, y parece presentarse despojada de compromisos institucionales. Parecería haber quedado libre para la intimidad. Si bien es cierto, la mujer que se definía solamente, en su papel de madre, salió de la casa, es también cierto, que ha regresado otra, o que quizás está regresando otra, más centrada sobre sí misma, con capacidad para conformar lugares a partir de su cuerpo, no sólo dispuesto para la maternidad, sino también, para que su deseo aflore y le permita traer de ese afuera, donde ha ingresado como ser laboral y adulto, un nuevo equipaje, que inevitablemente, desplegará en su casa, y cubrirá su cuerpo, y le recordará la nueva identidad que ha asumido. Esa mujer que está regresando parece ser menos temerosa de los caminos de su goce sexual, más consciente de la necesidad ser habitada, pero también de habitar ella misma en otro, de dejar de ser la casa misma,  para habitar ella misma la casa, al igual que los otros pueden hacerlo; para dejarse disfrutar y permitir el afloramiento de la intimidad surgida desde ella misma, desde lo que ahora la constituye, sin temor a perderse en los vaivenes de su deseo.

¿Pero, qué sentido le abre el habitar la casa de la intimidad? La casa, como se dijo anteriormente, ha estado vinculada a las instituciones, en tanto que es en ella donde se imparten las primeras normas sobre el control del goce, donde se encauza al sujeto a la vida social; pero también, es ella, un espacio privilegiado para que la intimidad se expanda, sea en la soledad o con otro; y son las huellas que esa intimidad deja, que siempre están y han estado, de forma latente, inconsciente o de cualquier otra, las que ahora, se hacen presentes y la moldean.  La casa como espacio de la intimidad se habita desde siempre, tanto en el proceso de formación del sujeto como cuando éste alcanza su estructura, lo que pasa es que los roles institucionales que con frecuencia se imponen, como el de la mujer-madre, impiden que afloren con claridad.

La mujer desprovista de su rol de madre, se dispone ahora a habitar la casa desde los propios fantasmas que la han configurado desde la infancia, que hicieron la aparición al descubrir sus carencias, pero que también han tenido que dar paso al deseo que hizo irrupción al mismo tiempo y le ha permitido encontrar nuevos sentidos y delinear sus propias trazas. La casa de la intimidad se presenta invadida por los recuerdos de la época de formación, dolorosos o alegres, y por los comportamientos de los mayores que se ofrecieron como modelo, que parecen desprenderse, no se sabe como, del cuerpo mismo. Todo ello se le ofrece en la intimidad, como el límite que indica algo que apenas logra intuirse. La casa se le ofrece para ser llenada de temores, de inseguridades, de sueños y de esperanzas.

Empezar a llenar el espacio de la intimidad implica traer de muchos lados. Recoger del ayer una serie de imágenes que regresan como fragmentos, que se desplazan y materializan en objetos que se cuelgan en la pared o se colocan sobre algún mueble; de los objetos que se seleccionan para acompañar el lugar, de objetos que traen memorias o proyectan sueños de lo que se quiere alcanzar, que hablan de los mundos donde se ha ingresado y que ahora marcan la identidad. Alguna imagen se enmarca, porque da referencia y continuidad, porque pone de presente una manera de hacer y de ser, porque da un límite, porque se ofrece como vacío para ser rondado.

Cada espacio se llena de saberes aprendidos y de otros que se descubren como aprendidos solo en el momento de habitar:  en los armarios se cuelga la ropa y se dobla de la manera como fue enseñado; en la cocina se cuece la comida buscando sabores conocidos, que dieron protección y placer, que ahora se repiten como vínculo, como agradecimiento, como consagración del proyecto que va a emprenderse; la cama se hace como se hacia en la casa de origen, solo que quizás ahora sea mas grande pues se comparte con otro y las sábanas son para dos.

La casa de la intimidad es la continuación de la casa de origen.  Es una casa que se hace con símbolos recogidos en una y otra parte, con cuerpos que apenas comienzan a hablar y a encontrar un lenguaje propio, a configurar un espacio de encuentro, donde los límites entre uno y otro se sienten a veces perdidos. Es un espacio donde los imaginarios construidos a través del tiempo, sueñan con volverse realidad, donde lo real puede ponerse más claramente de presente. La casa es amparada por la estructura simbólica como ese espacio para la intimidad, como ese espacio que ofrece una pausa en el mundo de lo establecido, de lo laboral y permite el despliegue de las propias fisuras. La casa vista desde la mujer constituida por su inconsciente, de la mujer que se sabe carente pero provista de un deseo que la arroja por senderos insospechados, aparece con otro colorido. La geometría que la configura, sus espacios compartidos por diferentes funciones, sus rincones, sus espacios íntimos, se tornan en posibilidad de realización, en espacios del hacer y para hacer por una vida que se sabe contingente, que adquiere forma en los límites que le son propios. Esta manera de mirar la casa propone diferentes mapas, a veces ellos tienen una corta vigencia, a veces las líneas con las que se los dibuja son livianas y otras veces son pesadas, a veces denotan que fueron trazadas rápidamente y otras ponen de presente, un paso lento. La casa es entonces, confluencia de espacios del deseo, que se construyen paso a paso, a modo de tejido; de espacios que se llenan y se vacían.  La casase vuelve móvil, se vive y se mira ligada al amor, al proyecto, y al tiempo que les es propio, con sus memorias. La mujer se apresta a recuperar esa relación con lo íntimo, que siempre estuvo allí tras el sin número de funciones de la mujer-madre, y hacer que desde ese espacio, la casa se habite, y el cuerpo se expanda en los nuevos sentidos que su deseo indica.

Beatriz García Moreno. Profesora de la Facultad de Artes (Colombia).


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