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L A M U J E R C O N S T R U Y E W o m e n w h o b u i l d |
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"LA CIUDAD DE LOS DESEOS". BEATRIZ GARCÍA MORENO, arquitecta, profesora Facultad de Artes, Universidad Nacional (Colombia). |
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El
derrumbe de valores establecidos, referidos al poder, a la religión, a la
economía, y la instauración de las relaciones de producción
capitalista, exigieron la construcción de un nuevo campo simbólico,
constituido por la presencia de nuevos significantes, donde lo que empezó
a ser valorado, las normas de comportamiento que empezaron a
generalizarse, respondieron a necesidades relacionadas con nuevas lógicas,
con metas sociales basadas en las nuevas visones del mundo, provenientes
de un lado, del desarrollo del pensamiento científico y sus aplicaciones
a través de la tecnología, que impusieron la metáfora del mecanismo
como modelo a seguir; y de otro, de las visiones teleológicas que
presentaron un mundo configurado como un organismo, donde las acciones se
desprenden y se encauzan en torno al logro de metas morales o psicológicas,
y en esa medida, la metáfora que trajeron fue la del organismo[1]. En ambas visiones el mundo se percibe representado en imágenes que
se construyen a partir de las leyes y conceptos que gobiernan uno u otro
paradigma. Heidegger en La Época de la Imagen del Mundo, se refiera a
la Época Moderna, de la siguiente manera: "El proceso
fundamental de la Edad Moderna es la conquista del mundo como imagen.
La palabra imagen significa ahora: La hechura del elaborar representador.
En éste, el hombre lucha por la posición en que él pueda ser
aquel existente que da a todo lo existente la medida y le traza la pauta.
Como esta posición se asegura, estructura y formula como visión
del mundo, la relación moderna con lo existente se convierte – en su
desenvolvimiento decisivo- en disputa entre visiones del mundo, pero no
entre cualesquiera sino solamente entre aquellas que ya han revestido de
la última resolución las extremas posturas fundamentales del hombre.
Para esta lucha de visiones del mundo y de conformidad con el
sentido de esta lucha, el hombre pone en juego el irrestricto poder del cálculo,
del planeamiento y del cultivo de todas las cosas".[2] A través de los dos últimos
siglos, de acuerdo con las nuevas perspectivas y circunstancias, la
sociedad y las instituciones que le pertenecen, cada una a su manera, y
con procesos de transformación diferentes, se han replanteado y han
encontrado nuevas formas y organizaciones. Ello ha conllevado a la implantación de sistemas políticos y
sociales, a la generalización de prácticas cotidianas y formas
educativas diferentes a las conocidas hasta entonces. Es así como se ha instaurado la democracia en los países donde la
modernización se ha impuesto, la cotidianidad ha valorado las prácticas
diarias y le ha restado importancia a valores trascendentales provenientes
de alguna religión o creencia terrenales, dando pie a nuevos valores
morales; la educación ha tenido que encontrar pedagogías apropiadas para
capacitar individuos que puedan desempeñarse satisfactoriamente, en un
mundo dominado por un paradigma mecanicista y por relaciones de producción
capitalista, donde la tradición en todas sus manifestaciones, a no ser
que se replanteé para apoyar el nuevo régimen, se cuestiona. Las nuevas visiones del
mundo, sean de corte mecanicista u organicista, han requerido para su
construcción de un sujeto que se considera independiente, capaz de mirar
al mundo representado a través de leyes y valores establecidos. Sin embargo, este sujeto que ha creído ser libre frente al mundo,
o bien ha quedado preso de la ilusión de libertad que se le ha prometido
y ha entrado a cumplir un papel específico en el mecanismo establecido, o
ha enfocado sus acciones a soñar con metas que parecen totalizar sus
aspiraciones, sin poder reconocerse así mismo en su propia dimensión. En
medio de todas estas transformaciones han surgido pensamientos como los de
Nietzsche, Marx y Freud, en los cuales, cada uno desde su campo de
reflexión, ha planteado la posibilidad de un sujeto no atado al discurso
del amo, sea que éste se plantee desde el mito y los valores religiosos y
morales, desde los sistemas económicos y las ideologías que los
acompañan, o desde la ciencia y su pretensión de dar cuenta total de la
psiquis y de la condición humana. Este es un sujeto que se sabe definido por las relaciones que
habita; un sujeto activo, situado a partir de su propio deseo, que busca
no perderse en el anonimato de la sociedad de masas; en la pasividad de
las masas que se guían por el líder de turno, en la protección que le
brinda alguna institución, sea ésta la familia o cualquier otra. Este es un sujeto activo, consciente de sus acciones,
consciente de su contingencia y delimitación, que no encuentra
definición sino en su interacción con el mundo[3]. "Sin duda está
estrechamente limitado el tiempo de nuestra vida. Contamos y vemos el número de nuestros años, pero ¿acaso un ojo
moral vio los años de los pueblos? Aunque el alma más allá del tiempo
propio, te haga vibrar el que anhela, tristemente te quedas tú en la fría
orilla, junto a los tuyos y no los conoces".[4] Este
nuevo entendimiento de un sujeto que se define en razón a su pertenencia
al mundo, a relaciones que definen su cualidad y textura, se ha convertido
en motivo fundamental del cuestionamiento y transformación de diferentes
instituciones, entre las cuales se puede mencionar como ilustración, a la
familia. Esta última, por
ejemplo, había desempeñado una importante función, en épocas
anteriores, al habérsele considerado como célula fundamental de la
organización social, debido a su papel como formadora del individuo en su
infancia y adolescencia. La
vinculación de la mujer al mundo laboral y a la esfera de lo público,
incluyendo en este término, la esfera de la cultura y en general del
conocimiento, ha hecho que se replanteen las funciones mismas de la
familia, y le ha posibilitado a la mujer, una reflexión sobre si misma,
su naturaleza y su lugar en la sociedad. Esta reflexión la han venido adelantando diversas mujeres y grupos
feministas, desde la perspectiva de género, pero el cuestionamiento a las
instituciones establecidas, a los discursos dominantes, que se han
considerado únicos, ha tenido escenarios y protagonistas de diferente índole,
permitiendo que alimenten unos y otros de los desarrollos logrados. En ese sentido, cabe decir, que diversos desarrollos de la filosofía,
especialmente en la segunda mitad del siglo veinte, han cuestionado el
discurso único de la modernidad, derivado de una concepción científica
y tecnicista del mundo. Y es importante anotar, que igualmente, el cuestionamiento
que se ha dado desde grupos sociales que habían estado marginados, por
razones de color, de clase social, de origen étnico, de la esfera de la
conducción de la sociedad y del desarrollo del conocimiento, ha llevado a
replantear prácticas y creencias existentes. Pero
esta transformación, no solo se ha dado en las instituciones y prácticas
de los individuos, la ciudad como espacio contenedor de todas estas
manifestaciones, se ha transformado con ellas y ha adoptado diferentes
formas, bien porque el quehacer mismo de sus habitantes las impone, o
porque se ha visto sometida a intervenciones que tienen como base las
nuevas maneras de situarse en el mundo. En ese proceso, algunas ciudades, apenas se han ajustado a los
nuevos dictámenes provenientes de las necesidades sociales y de producción,
a las necesidades de reproducción de sus habitantes; mientras otras se
han ido configurando con acciones provenientes de organismos
administrativos y de gobierno, que las entienden como un sistema que puede
manipularse e imponérsele una manera de funcionamiento. En estas ciudades se nombran responsables que las estudien y
definan sus espacios públicos y privados, sus espacios para la producción
y para el descanso; los espacios para el gobierno, la administración y
para la vivienda[5],
aunque podría decirse, que en la gran mayoría de los casos, lo previsto
en esos planos y planes proyectados, llegue a corresponder cabalmente con
la acción que luego se desarrolla en ellos. En la mayoría de los casos, en esos espacios que se les diseña
pensando en actividades específicas, se desarrollan acciones que no habían
estado programadas, que quizás se intuyeron en el momento de proyectar,
pero no pudieron ser nombradas, pues ello solo puede darse en el momento
de la acción, cuando un sujeto, llevado por su deseo y provisto de su
capacidad creativa, se propone darles forma y los hace visibles. Las
acciones que se desarrollan a partir del surgimiento del deseo, se valen
de formas que quizás, siempre han existido, pero que no han sido puestas
de presente, o han estado definidas de otra manera por otros usos, sin
haber sido reconocidas en su múltiple posibilidad. Esto sucede cuando a la ciudad se le mira solamente desde un solo
punto de vista, cuando se le ve como un mecanismo, que tiene un
funcionamiento donde todo está definido, donde cada uno cumple su papel;
cuando se le considera como contenedora de pasados inmodificables, que
datan de una u otra época. Esto
no sucede cuando ella se mira como evento histórico, contenedor de
acciones de sus habitantes, quienes a su vez se le considera como sujetos
conscientes de su inconsciente, de su contingencia, de su carencia, de su
tendencia a desaparecer y de su posibilidad de crear[6]. Es
desde este sujeto, provisto de esa actitud, de estar en el mundo, que
Lacan llama tachado, y su deseo[7],
que aquí se quiere mirar la ciudad. Desde ahí se quiere encontrar, recorrer e interactuar con sus
geometrías, para reconocerlas en una situación diferente, para que
empiecen a ocupar un espacio en el campo de lo nombrado, de lo simbólico;
un espacio que sea aceptado como el espacio de los encuentros que se
producen a partir del deseo y que pueden expresarse de una y mil maneras. PARA
TI MI AMOR Aquí
el deseo no se entiende como una necesidad instintiva, que debe ser
satisfecha casi de manera automática, sino como aquello que surge porque
ya se ha identificado una carencia, porque se ha reconocido un límite,
porque se ha sentido la necesidad de otro. El deseo está ligado a la identificación de un significante que
se comprende como indicador de un camino, como orientación, como
insinuación para obtener lo que no se tiene, como provocación para ir más
allá. De esta manera, el
deseo mismo se presenta como agente, como motor para llevar adelante una
acción. El deseo aparece
para cada uno como posibilidad de identificar un señuelo, como invitante
a seleccionar un significante particular, en medio del gran tesoro de
significantes, en medio de la gran masa de entes, de ese mundo que está
afuera, que funciona como telón lejano, en medio del desorden y el sin
sentido, en medio de la lógica establecida. El deseo lo acerca, en la medida en que en medio de ellos distingue
su resplandor, sus guiños, identifica su ofrecimiento provocador, la
tentación que invita a seguirlo; o sigue la insinuación tímida que
capta a través de algún estribillo, de un acto fallido o un lapsus, como
diría Freud[9]. HE VISTO A MUCHOS Lacan
habla de ese señuelo en términos de semblante y dice que el encuentro
con él es propio de cada sujeto, es parte de lo que lo hace singular; es
una ventana para comprender su manera de estar escindido, su hiancia, la
presencia en él de su inconsciente. El deseo se convierte en posibilitador, en mediador entre ese mundo
que parece estar por fuera de cualquier sentido propio, y el mundo cercano
que se constituye a partir de ese afuera, de los significantes
seleccionados que se han encadenado convirtiéndose en posibilidad de
ruta. El deseo se ofrece como
puente entre dos orillas que se buscan enlazar, como posibilidad de
acercar dos campos para poder atravesar la fisura, aunque no logre cerrase
nunca. El deseo si bien se
prefigura a partir del campo simbólico que le confiere límites y permite
ser nombrado, y del imaginario que le abre la posibilidad de horizonte y
concatenación, va más allá de ellos, pues desde él, se ofrece la
esperanza de un espacio para la expresión de lo real, del propio goce. Si
bien cada sujeto identifica semblantes que pueden indicarle caminos para
realizar diferentes aproximaciones a lo que constituye su singularidad, a
lo que le marca sus límites, a lo que le indica sus posibilidades; un
mismo significante puede ser identificado como semblante por diferentes
sujetos, sin que ello quiera decir que lo reconozcan de la misma manera,
que indique para todos el mismo sentido y que sea una amenaza para la
singularidad que cada uno posee. Por el contrario, podría decirse, que esa identificación
que cada uno hace, representa la hendidura propia, el camino que ronda el
vacío que atrae, que se rodea pero que no puede llenarse y por ello es el
estímulo permanente para la acción creadora. Lo que ello indica es que ese significante, en tanto es reconocido
por diferentes sujetos, se ofrece para ellos en punto de encuentro, en
invitación a realizar un proyecto común; y en ese sentido, se presenta
como posibilidad de amistad, de amor, de acompañamiento en un camino;
como posibilidad de vínculo social. Solo en ese encuentro, en ese reconocimiento, encuentra una ruta. En
esa identificación se prefigura la oportunidad de constituir un grupo, o
una pareja, alrededor de eso que indica, a sujetos diferentes, una
orientación, un horizonte, una posibilidad de construir un mundo, en el
sentido en que Heidegger lo entiende en "El Origen de la Obra de
Arte" "Mundo no es la mera
acumulación de las cosas presentes, numerables e innumerables, conocidas
y desconocidas. Pero mundo no es tampoco un mundo imaginario representado para que
se añada a la suma de lo presente. El mundo mundeaa y es más existente que lo palpable y perceptible
en que creemos estar inclinados. El mundo no es nunca un objeto que esté ante nosotros y pueda
contemplarse. El mundo es lo siempre inobjetivo a que estamos sometidos mientras
los carriles de nacimiento y muerte, bendición y maldición, nos tienen
extasiados en el ser. Donde se pronuncian las decisiones esenciales de nuestra historia,
tomadas y abandonadas por nosotros, negadas y de nuevo formuladas, allí
mundea el mundo". [11] El
mundo se define día a día, se construye con los movimientos que en el se
den, con los objetos que se tienen a la mano, que están disponibles y
cargados de sentido, con lo que puede conservarse en medio de las
transformaciones y los proyectos, que a veces hacen que ellos se
distancien y se conviertan en un telón lejano que ya casi ni se recuerda
o que se ha alejado totalmente, que ha sido de nuevo disuelto por la
tierra, que con su fuerza tiende a ocultarlo, como dice este autor. CERCANÍAS En
este encuentro se da la posibilidad de llevar a cabo un proyecto común,
que requiere, claro está, el darle forma a través de la acción misma,
el nombrarlo, el definir las etapas que permitan explorarlo, expandirlo, y
en esa medida se convierte en un nuevo significante, en representante de
cada sujeto. El proyecto que
se plantea trae a cada uno resonancias diferentes, habla a cada quien de
lo que lo constituye, de sus memorias, de sus dolores, de sus disfrutes y
abre espacio para que el goce se manifieste. El surgimiento de un
sujeto que pueda nombrar su deseo y a partir de él encontrar las
relaciones con otros, surge con la modernidad, o a pesar de ella, como
nueva posibilidad que introduce una manera diferente de enfrentar lo
cotidiano, de relacionarse consigo mismo, y con el Otro. Ello implica que la ciudad, para este nuevo sujeto, cobra otra
dimensión a partir de su propia manera de situarse en el mundo. Con esta formulación, es posible tratar de continuar con el
propósito inicial que se planteaba en estas notas, como es el de
prefigurar una imagen de ciudad donde sea posible, que los deseos de sus
habitantes tengan cabida, que puedan convertirse en proyectos, que
encuentren espacio para su desarrollo, no solo físico, sino respaldado
por lo institucional, en tanto se considere constitutivo del ser humano.
Esto quiere decir que la ciudad debe contar con espacios que sean
aceptados en lo poco delineado del deseo en su surgimiento inicial, en la
movilidad que conlleva su puesta en escena, en tanto que solo se define,
adquiere forma, a través de la realización de los mismos proyectos.
Al introducir estos espacios, como posibilidad o como materialización,
la imagen de la ciudad, como expresión de las instituciones que rigen los
intereses colectivos y regulan el desarrollo del individuo, se transforma,
ya que no se piensa desde la instituciones concebidas como las poseedoras
de normas inamovibles e intransformables, sino desde las relaciones entre
sujetos que se encuentran a partir de sus deseos, en la identificación de
un mismo significante. Antes
de mirar esta ciudad, que aquí se quiere denominar como la ciudad de los
deseos, es conveniente detenerse en esa ciudad que parece no encontrar
duna definición diferente a la que le asignan las instituciones que la
gobiernan y definen su funcionamiento y desarrollo, esto es la ciudad del
amo. La ciudad del amo En
un artículo anterior, “La ciudad de la ley del Goce” [13], nos referimos a la ciudad que se mira desde el
discurso de los amos en sus diferentes manifestaciones, como aquella que
organiza su sistema social a partir de la creación de instituciones
destinadas a encontrar normas universales que permitan el control del
goce, bien sea a través de la justicia y su manera de implementarse o
bien mediante la educación y sus pedagogías para formar individuos que
se ajusten a lo establecido, sin tener en cuenta las reales posibilidades
de los sujetos que la habitan. En ese artículo se hacía referencia al texto de
Freud,
Totem
y Tabú[14], en el cual este
autor narra que la luego de que los hombres asesinaron al padre
primordial, dueño de todas las mujeres, sintieron culpa y establecieron
la interdicción del goce a través de la ley del incesto. Con ese hecho, la civilidad se inauguró y esta ley entró a
reglamentar la vida cotidiana, al establecer una primera prohibición
entre las relaciones sexuales entre madre e hijo, y más tarde entre padre
e hijas y entre éstas y los hermanos, instaurando con ello un orden
social. Esta ley que ha
pervivido a través de la historia de la humanidad, tiene un efecto
directo en la infancia de cada sujeto, pues la sociedad occidental le ha
asignado a la familia, la función de hacerla cumplir en primera
instancia, pero su presencia se extiende y determina la organización
social en la esfera de lo público, aunque ello no surja de manera
evidente. En este ámbito,
las diferentes instituciones continúan con la tarea de limitar el goce,
iniciada por la ley del incesto, en tanto su función es vigilar los
valores colectivos bien sean ellas instituciones políticas, religiosas,
educativas u otras. La
asimilación de las leyes y el sometimiento del sujeto a su cumplimiento,
requiere de todo un proceso de formación que se inicia en la familia, y
continua con la educación. Allí
se busca que el sujeto se adapte a lo establecido, que despersonalice lo más
posible su acción, que acepte las normas, que cuide del bien colectivo y
que aspire a alcanzar los valores teleológicos, de orden moral, que le
garantizarían su más elevado desarrollo. Al ingresar a esta comunidad, el sujeto comparte imaginarios,
creencias, mitos de origen y de muerte, los cuales son alimentados por las
instituciones mismas, pues la lógica sobre la que se soportan, parte de
ellas. En
el artículo mencionado, hacíamos énfasis en que las diferentes
funciones de controlar el goce habían estado asignadas, por largos períodos
de la historia, a cada uno de los géneros de manera diferente, y que esa
asignación tenía una clara ubicación en espacios específicos de las
ciudades. Hasta la llegada de
la modernidad, y sobre todo, de su consolidación con la modernización,
la gran mayoría de las mujeres, tuvieron como espacio central de sus
actividades, a la casa, y en ella jugaron un importante papel en relación
con hacer cumplir la interdicción impuesta socialmente. La mujer, como encargada de cuidar de los infantes, debería
formarlos para buscar la satisfacción de su goce sexual, en la esfera de
lo social, por fuera de la esfera familiar, de los afectos iniciales de la
infancia, donde le estaba definitivamente prohibido. La esfera de lo público, durante ese mismo lapso, estuvo
generalmente, en manos de los hombres, encargados de afinar los sistemas
educativos, de gobierno y religiosos, que permitieran contar con
individuos adecuados a cada régimen establecido. El desarrollo de la modernidad, abrió espacios para que la mujer
saliera de la esfera privada de la familia, donde cumplía su función, a
la esfera pública, y empezara a compartir con el hombre las directrices
de la vida social. Es en la
modernidad cuando ella entra masivamente, a la esfera laboral, cuando se
le acepta en establecimientos públicos, cuando se le reconoce su
posibilidad y derecho de participación en la vida política, cuando le ha
sido posible mirar su cuerpo por fuera de las creencias que lo condenaban
como portador del mal de la humanidad. Estos
hechos le han permitido pensarse a sí misma y a sus posibilidades en la
esfera que se le ofrece. Su
propia memoria, su relación con los aspectos corporales, su cercanía con
el mundo de la intimidad, han permitido que su participación en esta
esfera, le genere cuestionamientos que no solo le han puesto de presente
su papel y el del otro sexo en la organización de la sociedad, sino que
han tenido consecuencias sobre la misma organización social, al poner de
presente la inequidad en su participación en las esferas de lo público,
la dificultad para hacer valer su manera de orientarse en el mundo, que si
bien puede acogerse a la racionalidad que gobierna dichas esferas,
requiere de espacios para la expresión de sus sentimientos, para escuchar
sus intuiciones, para atender a su propio cuerpo, para introducir otras lógicas
diferentes a las provenientes de la racionalidad científica y tecnológica.
Quizás las actitudes que mujeres de diferentes lugares del mundo,
han ido adoptando, ejemplifican críticas que pensadores ya citados, como
Nietzsche o Freud, ya ponían de presente en el siglo diecinueve y a
principios del veinte; críticas que apuntaban al cuestionamiento de un
mundo organizado alrededor de saberes científicos que se habían
considerado como portadores de verdades absolutas, que pretendían
explicar todos los aspectos de la vida. Y esa salida, también ha tenido incidencia en la ciudad.
Ella ha traído nuevas formas o ha puesto de presente la necesidad
de otras. La
ciudad organizada en torno a la ley del goce, se ha valido de formas
arquitectónicas que simbolizan las instituciones que la acompañan y
salvaguardan; de instituciones religiosas, de gobierno, de educación,
cuya existencia se genera a partir de vigilar al sujeto, de moldear su
comportamiento; de velar por el orden social, por salvaguardarlo de todo
aquello que pueda introducir el caos. Estas formas urbanas y arquitectónicas, se organizan con base en
jerarquías establecidas, que se corresponden con geometrías de
centralidad, de ejes claramente definidos, de yuxtaposición y concatenación;
que se materializan con lenguajes hechos a partir de materiales y
ornamentos, que se han cargado simbólicamente a través de la historia;
que se ven como contenedores de valores éticos y morales que incluyen el
orden, la libertad la igualdad, la fraternidad, y que se exhiben como un
llamado para lograrlos y reconocer su presencia. Estos lenguajes recuerdan la ley a seguir, el límite de la acción,
la posibilidad de castigo, la posibilidad de un retorno a lo informe, la
manera como el otro existe. EL CAMINO RECTO El
control de la ley del goce lleva aparejado el control del comportamiento
de los sujetos, y ello tiene indicaciones en la organización morfológica
de la ciudad, en la determinación de espacios de uso público y de uso
privado. Esta organización
responde a diferentes paradigmas en cada una de las épocas históricas,
pero en la modernidad, es claro que la metáfora del mecanismo y su
funcionamiento, siempre está presente. Los espacios de uso público se conciben como aquellos
que se ofrecen al encuentro de la comunidad alrededor de los valores
establecidos, sea para realizar actividades que les permitan cumplir sus
funciones, sea para reafirmar sus existencias; y los de uso privado, se
relacionan con los que tienen escritura pública a nombre de un grupo de
personas o de un individuo, a quienes o a quien, se les da derecho pleno
sobre el inmueble, claro está de acuerdo con las leyes colectivas,
previamente establecidas. Entre
esos bienes que se consideran privados, que pueden ser de diferente tipo,
figuran como ya se dijo, los espacios de la familia, que tienen la
particularidad de ser espacios para la intimidad, en tanto allí se
permite, de alguna manera, la distensión de sus moradores, claro está,
bajo la responsabilidad de que no afecte el orden establecido. Entre los de uso público, figuran las calles, las plazas, los
parques, los lugares por donde se transita, los que se usan para el
encuentro de quienes realizan alguna actividad común. Pero estos, al igual que los anteriores, también se ven invadidos
por lo particular de quien los recorre y los habita, de sus sueños y
deseos. Ambos, públicos y
privados, se ven afectados por las características de los sujetos que los
moran. La
ciudad concebida y mirada, solamente, desde lo institucional, es una
ciudad compartimentada, reglamentada; sus espacios tienen definiciones
específicas. Se parte de que
el individuo asume comportamientos previstos, y por ello se cree que todo
puede manejarse desde la planificación. Se parte de la idea de un individuo genérico que se desarrolla a
través de su vida de acuerdo con la trayectoria que socialmente se ha
establecido, que pasa por ciertas etapas que ya han sido definidas, y si
ello no sucede, no es porque no sea el ideal a seguir, sino porque hay algún
obstáculo que lo impide, sea de orden social, económico, político,
cultural o físico. Desde ese
conocimiento y teniendo presente los modelos institucionales vigentes, se
diseña la ciudad, y se espera que los sujetos se adapten a ella. Es así como se definen edificaciones para cada una de las
instituciones públicas y privadas y sus áreas de influencia, y también
se definen edificaciones para que los individuos y sus familias habiten;
esto es áreas para la vivienda. Entre
ellas se proyectan espacios para circular entre unas y otras, pero también
para la recreación y el descanso. La
ciudad de los deseos Quizás
en cada uno de esos espacios definidos previamente, los sujetos encuentren
lugares para la realización de su deseo. Quizás muchos de esos espacios que se concibieron para actividades
específicas institucionales o programadas por instituciones para ser
utilizadas en actividades recreativas, culturales o de otro tipo, puedan
ser tomados por los habitantes, pero aquí se quiere proponer una ciudad
donde sus mismas instituciones den cabida a un sujeto consciente de su
deseo, en los términos arriba planteados. Un sujeto que pueda atreverse a llevar adelante sus proyectos,
porque hay espacio para ello; espacios que se redefinen con cada acción.
Estos espacios a la vez que sirven de receptáculo adquieren nuevas
características con la acción misma, al igual que el agua moldea la copa
de una manera diferente a como lo hace el vino. Espacios cerrados o abiertos, mirados desde el sujeto, se ofrecen
como disponibles para que en ellos puedan suceder otros hechos diferentes
a los previstos institucionalmente. La
calle, la plaza, el parque, pueden convertirse en escenario de encuentros
temporales, al igual que los espacios de uso cultural o recreativo. Las calles, por ejemplo pueden adquirir características estéticas
diferentes de acuerdo a lo que en ellas ocurra, de acuerdo a como se les
mire. La
mirada de cada uno de los espacios que configuran la ciudad, a partir del
sujeto y su deseo, cobran otra dimensión. Ellos aparecen como espacios moldeables, para darles forma;
espacios para ser redefinidos por los que en ellos suceda; espacios que
invitan a ser utilizados de acuerdo con el proyecto a realizar; espacios
cuya función es la de permitir la realización de múltiples deseos.
Estos espacios implican otras actitudes, se ven tomados por
improvisaciones, por lo que no se esperaba, por lo que rompe la rutina y
la cotidianidad. Acciones que
tienen diferentes duraciones, intensidades, cualidades y texturas, que
confieren, por la duración que las acompañe, por la clase de acción que
se realice, un especial carácter a ese lugar, llenándolo de memoria y
confiriéndole sentido. Pero
no son sólo los espacios abiertos, como la calle, los parques, las
plazas, las que pueden ser tomados por acciones no previstas, también los
espacios cerrados, especialmente los de casa, que parecería ya estar
definidos de antemano. Estos
espacios en los que se espera que sus habitantes distensionen sus almas y
sus cuerpos, pueden verse tomados de repente, por sentimientos no
esperados, por sueños, aburrimientos o cualquier otro aspecto, que
requiere de la intimidad para manifestarse. No pueden dejar de nombrarse a este respecto, las formas que
adquieren, cuando la mirada poética los toma como tema. UN
PATIO Cuando se plantea que
la ciudad debe contar con espacios que se moldeen de acuerdo con el deseo
de los sujetos, la ciudad pierde la compartimentación dada por la ciudad
de las instituciones. Ya no
se contraponen el espacio de las instituciones como espacio de lo público,
con el espacio de lo privado, y más aún con el espacio de lo íntimo;
sino que unos y otros, espacios íntimos, privados y públicos se ven
afectados por la necesidad de acoger el deseo de los sujetos que los
habitan, se ven abocados a compartir su existencia con lo informe, con lo
que cobra forma con cada proyecto que se proponga, en cada mirada. Esta manera de pensar la ciudad, exige de un campo simbólico que
les de cabida, de instituciones que tengan la capacidad de respaldar
dichas acciones, que comprendan la necesidad de ellas para el ser humano y
les permitan cobrar forma, de tal manera que se propicie el desarrollo de
la singularidad del sujeto, en las características y temporalidad propia
de cada proyecto, con la movilidad que le sea propia. En este tipo de ciudad
no se parte de un individuo en abstracto, sino de un individuo que se
reconoce como sujeto a partir de la mirada del otro, a partir de poder
encontrar caminos que puede recorrer en compañía de otro o de otros.
Con esta afirmación se está dando pie para decir que el deseo
requiere de mas de uno, que puede manifestarse en el amor que se siente
por otro, en los anhelos de compartir la vida con otro, en el encuentro de
intereses comunes alrededor de un proyecto, de un horizonte que se
vislumbra, de una posibilidad de dirección. La ciudad entendida de esta manera, requiere, como ya se dijo, no
solo de espacios físicos, sino de espacios respaldados en lo
institucional, que sean aceptados en lo informe que les es propio;
informe, en tanto promesa de algo por alcanzar, que posee la movilidad y
flexibilidad para lograrse. Esto
hace pensar que si bien en la ciudad, las instituciones se pueden
encontrar con sus correspondientes edificaciones dedicadas al gobierno, a
la educación, a los rituales religiosas, o a otras, también deberían
encontrarse espacios que las mismas instituciones propicien, pero cuyo uso
no esté claramente definido, sino que se pueda definir a través de las
actividades que en ellos se realicen, y en el proceso que éstas generen.
Estos espacios, se conciben con una mayor flexibilidad de uso, en
tanto en ellos se da el encuentro entre sujetos a partir de deseos específicos. La casa como encuentro
del deseo de dos Como
se dijo anteriormente, los proyectos que surgen, necesariamente son de
diferente tipo, en tanto los encuentros también pueden ser de diferentes
características. Podría
ejemplificarse deteniéndose en el espacio que surge cuando el proyecto
que se quiere llevar adelante es de dos que se han identificado uno y otro
como significante, para compartirse mutuamente. Cuando se da el encuentro de los deseos de dos; de creer que
hay la posibilidad de una vida común, de un proyecto común de la pareja,
el destinado a lo que se concibe como la realización del amor. La modernidad parecería que propiciara este encuentro, que los
sujetos se unan a partir de los deseos y no de compromisos familiares o de
cualquier otra índole institucional. La realización de ese encuentro se da generalmente, en el
espacio que se conoce como casa, sea esta de cualquier tipo o tamaño, de
alquiler o propia; lo que importa es que es el espacio que se ofrece como
el lugar del encuentro de la intimidad de dos generada a partir de haber
reconocido la presencia del amor, y a partir de éste, la del goce sexual,
la procreación; un patrimonio. La
casa, como se dijo anteriormente, está vinculada a las instituciones, en
tanto que es desde allí, de donde se imparten las primeras normas sobre
el control del goce, sobre el encaminamiento de un sujeto a la vida
social, pero es en ella donde también se da, la posibilidad de la
intimidad, sea solo o con otro. Desde la mirada
institucional de la ciudad, la sucesión de casas, conforman lo que se
conoce como área residencial. A
estos espacios de la ciudad, al mirarlos desde un modelo social en
abstracto, donde se parte de la homogeneización de comportamientos, o
desde una mera referencia de estrato socio-económico, se les identifica
como una masa homogénea que permite a urbanistas y planificadores,
definir líneas de desarrollo y dar un orden a las actividades a realizar.
Sin embargo, es sabido de todos, que si bien la casa se reconoce
como lugar de la institución familiar, donde un grupo de personas
comparte la vida, es también el lugar donde, de una manera más clara, se
da salida al goce y a su realización. La casa en esa medida, se convierte en el espacio de la intimidad. A través de la
historia, la casa ha sido habitada de muy diferentes maneras; la casa de
la primera modernidad no es la misma que la casa de la segunda mitad del
siglo veinte. En esta última
casa, la madre ya ha salido, pues la modernización así lo ha indicado.
La mujer se ha vinculado al trabajo, y con ella muchas de las
funciones que constituían la casa han salido de ella. Con la salida de la mujer salen muchas de las funciones que en ella
se daban. Sale el nacimiento
a los hospitales y puestos de salud, en busca de mejor atención médica,
en busca de mejores condiciones higiénicas y de salud. La casa, se libera, entonces del primer llanto del que acaba de
nacer, ya no se ensuciará de sangre. Salen las celebraciones:
los
bautizos, las primeras comuniones, los matrimonios se celebran por fuera
de ella, en clubes sociales, en casas comunales, en parques. Sale la muerte en carro fúnebre, a la sala de velación.
De esta manera la casa no oye los llantos, no se impregna de dolor,
ni de malos olores. La casa
se protege de la muerte. Otras
funciones que daban sentido a la vida familiar, y que en muchas culturas
representaban un ritual que recordaba su función y la necesidad de
permanece, también encuentran otros lugares para desarrollarse. La comida, lo que implica su cocción, como la necesidad de
reunirse para comer en familia, son actividades que salen de la casa, que
empiezan a realizarse por fuera de ella, en restaurantes, entre amigos o
solo, sin una clara hora para hacerlo, dejando de lado el ritual y lo que
ello simboliza. ¿Qué queda entonces
de la casa en la actualidad? Este
espacio parece haber quedado libre de sus funciones sociales y se presenta
despojado de compromisos institucionales. Por todo esto, parecería que la casa, en el momento actual, ha
quedado solo para la intimidad. Ella
se ofrece como la primera morada para un proyecto de pareja, para dos que
han intuido que pueden compartir sus vidas incluyendo sus cuerpos, que
pueden a través del uno y del otro poner de presente su goce, dejar que
lo real que los constituye, aflore. El
deseo, en este caso, toma la forma del amor, y desde él, como exorcizando
lo que implica, se abren espacios o simplemente ranuras para que el goce
haga alguna manifestación. La
casa se presenta como espacio a moldear, como perspectiva a darle forma,
con lo que estos sujetos realicen, con la manera como establezcan sus
conexiones. La casa se
empieza a habitar acompañada de los mundos simbólicos e imaginarios que
acompañan a los que la habitan. Allí entran como estímulo y posibilidad de materializar sueños,
ideales de infancia o adolescencia. La casa que se habita
cuando se inicia una vida como adultos, dueños de la sexualidad, cuando
el deseo lleva a dos a configurar un espacio, sea éste una pequeña
habitación o una gran mansión, se habita, desde el primer momento por
los fantasmas de cada uno. Los recuerdos de infancia la invaden, al igual que los
comportamientos de los mayores que se ofrecieron como modelos. Todo ello en medio de la intimidad que se ofrece para ser
compartida. La intimidad se
llena de gestos apenas conocidos, o recordados; de maneras de decir que
traen la memoria de alguien que en algún momento indicó un camino.
La casa se ofrece para ser llenada de temores, de inseguridades, de
sueños y de esperanzas. Empezar a llenar el
espacio de la intimidad implica traer de muchos lados. Recoger del ayer una serie de imágenes que regresan como
fragmentos, que se desplazan y materializan en objetos que se cuelgan en
la pared, o se colocan en algún mueble, en cada uno de los objetos que se
seleccionan para acompañar el lugar, que traen memorias o proyectan sueños
de lo que se quiere alcanzar. Una
imagen que se enmarca, porque da referencia y continuidad, porque pone de
presente una manera de hacer y de ser, porque da un límite. Cada espacio se llena de saberes aprendidos y de otros que se
descubren como aprendidos, solo en el momento de habitar. En los armarios se cuelga la ropa y se dobla de la manera como fue
enseñado. En la cocina se
cuece la comida buscando sabores conocidos, que dieron protección y
placer, que ahora se repiten como vínculo, como agradecimiento, como
consagración del proyecto que va a emprenderse. La cama se hace como se hacia en la casa de origen, solo que ahora
es mas grande y las sábanas son para dos. La almohada será testigo de los secretos de dos. Esa primera casa se
hace con símbolos recogidos en una y otra parte, con cuerpos que apenas
comienzan a hablar y a encontrar un lenguaje propio, a configurar un
espacio de encuentro, donde los límites entre uno y otro se sienten a
veces perdidos. Espacio donde los imaginarios construidos a través del
tiempo sueñan con volverse realidad, donde lo real puede ponerse más
claramente de presente. La
casa es amparada por la estructura simbólica como ese espacio para la
intimidad, como ese espacio que ofrece una pausa en el mundo de lo
establecido, de lo laboral. Mas
allá de ser una unidad en medio de una masa homogénea que se denomina
residencial es un mundo que le da vida a la ciudad donde se encuentra, que
contiene los sueños y dolores, de dos que se plantean una vida en común. Para concluir La ciudad vista desde
los sujetos configurados por su inconsciente, de los sujetos que se saben
carentes y manifiestan su deseo, hace que aparezca con otro colorido, que
la geometría que la configura, sus espacios abiertos, sus rincones, sus
espacios cerrados, sean mirados como posibilidad de realización, que se
conciban como espacios del hacer y para hacer, par ser redefinidos por una
vida que se sabe contingente, que se defina en los límites que les son
propios. Esta manera de mirar
la ciudad propone diferentes mapas, a veces ellos tienen una corta
vigencia, a veces las líneas con las que se los dibuja son livianas y
otras veces, son pesadas, a veces denotan que fueron trazadas rápidamente
y otras ponen de presente, un paso lento. Espacios del deseo, que se construyen paso a paso, a modo de
tejido; que se llenan y se vacían. La
ciudad se vuelve móvil, se vive y se mira ligada al deseo, al amor, al
proyecto, y al tiempo que les es propio, con sus memorias, por las huellas
dejadas por el cuerpo, por las materializaciones logradas. Esta ciudad requiere de un campo simbólico que permita que esto suceda, sin temor a desvanecerse, de instituciones que respalden al sujeto y le permitan sus proyectos, del reconocimiento del Otro como el que despierta lo propio, como posibilitador de un camino. Esta ciudad requiere no dejar ocultar ese sujeto desprendido y contenido en el mundo, provisto de capacidad creativa y crítica. Esto requiere de más de uno. Beatriz
García Moreno. [1].
Las visiones del mundo se están considerando en este texto, en
relación con los planteamientos de Stephen Pepper en “World Hipótesis”. University of
California Press. Los Ángeles, 1970. Aunque ambas
visiones se dan en la modernidad, cada una introduce modelos diferentes
para visualizar el mundo y ubicar el lugar desde donde se aproxima a él
el sujeto. Estas visiones
tienen claras incidencias en la organización de la sociedad en sus
diferentes niveles, sea éste, político, económico, social, cultural. |