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L A   M U J E R    C O N S T R U Y E

W o m e n   w h o   b u i l d

   "DE LA CIUDAD ACTUAL A LA CIUDAD HABITABLE". ANA BOFILL LEVI, arquitecta.                                                                                                                            

 

La ciudad es un ente vivo y complejo que ha nacido y ha pasado por muchas etapas diferentes hasta la actualidad. La ciudad es el lugar en donde se establecen las mediaciones, las relaciones entre las personas, relaciones de todo tipo, desde comerciales o de trabajo, hasta personales, de intereses comunes o colectivos, de amistad o de amor.

En la época preindustrial la ciudad fue creciendo lentamente. Sin embargo desde los primeros asentamientos humanos los hábitat han ido creciendo cada vez más rápidamente y se han organizado sobre el territorio en configuraciones que corresponden a la organización de la sociedad en cada momento histórico. Es decir, existe una relación directa entre la configuración de la ciudad y la estructura social de las personas que la habitan.

Cuando la sociedad no estaba industrializada, las ciudades crecieron lentamente, con una población repartida entre el campo y las ciudades y con una armonía total con la naturaleza, porque sus habitantes se sentían formando parte de la misma, captaron el genius loci o espíritu del lugar. Este espíritu del lugar a veces era tan potente que a la hora de construir sus hábitat las personas representaron a modo de imitación algunas características del mismo. Por ejemplo y tal como explica C. Norberg-Schulz (1979, Genius loci, Electa Editrice, Milano), en Roma hay una parte de la ciudad medieval en donde las calles estrechas y serpenteantes representan los cañones forjados por los ríos en cuyas paredes los antiguos habitantes del Lacio excavaban sus cuevas para habitar.

Todos los pueblos que todavía se conservan como en el siglo pasado y todos los centros históricos de pueblos y ciudades que no han sido demasiado degradados ni reconstruidos, es en donde todavía se puede ver la personalidad de sus espacios urbanos y de su arquitectura, todos estos tejidos urbanos, muchos de los cuales han pasado a ser patrimonio histórico, tienen un encanto, una fascinación especial. Ahora son la atracción de miles de turistas porque son lugares en donde se está bien, a gusto y consciente o inconscientemente se respira la armonía con la naturaleza circundante. Sus habitantes se pueden orientar en el espacio urbano e identificarse con él.

A partir de la industrialización las ciudades de nuestra cultura crecen muy rápidamente, se densifican, las periferias cada vez se desplazan más hacia el exterior en etapas sucesivas. Aparecen pues, las disfunciones creadas por las diferencias entre el centro y las periferias, la segregación social y todos los demás problemas que conocemos y padecemos.

Estas ciudades o barrios de nueva creación han sido diseñados y construidos la mayoría de las veces por hombres, arquitectos, urbanistas, teóricos de la ordenación del territorio así como propietarios, promotores, políticos que a partir de los problemas que causaba la masificación se preocuparon e inventaron muchas y variadas concepciones de cómo había que orientar y ordenar el crecimiento tan rápido de las ciudades. El modelo de ciudad según el cual se han ido construyendo los tejidos urbanos ha sido pensado a partir de la concepción aprobada por el Congreso de Arquitectos de Atenas del 1933 (la conocida Carta de Atenas), liderado por Le Corbusier. Muchos de sus criterios y recomendaciones todavía son utilizados por arquitectos y urbanistas de nuestras ciudades. Este modelo, unido a los efectos de la especulación del suelo y de los intereses particulares del mercado, ha configurado los espacios, el funcionamiento y la imagen de nuestras periferias y de las pequeñas ciudades y asentamientos nuevos de nuestro territorio y tiene como principales fundamentos los siguientes la zonificación de los distintos usos en áreas para cada actividad (barrios dormitorio, zonas industriales, zonas comerciales, zonas culturales, de ocio, deportivas, etc.) y la red de carreteras y de vías rápidas de circulación para llegar con el vehículo privado lo más lejos posible y lo más rápido posible.

Esto ha producido una serie de disfunciones, tal como la degradación de ciertas áreas de los centros históricos, la aparición de ghettos de población por estatus socio-económico o étnico, el movimiento pendular de los que tienen un trabajo remunerado lejos de sus domicilios, la inadecuación de los servicios y de los espacios públicos a la vida cotidiana, el stress y los problemas de salud física y mental. Y estas disfunciones son padecidas particularmente por las mujeres.

Además, nuestras ciudades se han pensado, planificado y construido desde el supuesto de que los géneros tienen unos roles asignados en la sociedad: el hombre es el que tiene un trabajo remunerado con el que alimentar a la familia y la mujer se queda en casa para ocuparse del cuidado de todas las personas de la familia y de la gestión del domicilio y de la vida cotidiana. El hombre arquetípico destinatario de los espacios urbanos es varón, adulto, de 18 a 65 años, con buena salud. Y la prácticamente única composición doméstica para la que se proyectan las viviendas y los servicios y equipamientos, es la de la familia nuclear.

Esta es una realidad parcial puesto que ha empezado a aparecer un cambio en la estructura social en Europa que se observa por el hecho de que la mitad de la población ya no vive en familias nucleares simples y que un cincuenta por ciento de la población femenina en edad de trabajar es activa. En España la tasa de actividad femenina es de un 37,79 %, y de estas, dos de cada tres realizan la doble jornada laboral: la del trabajo remunerado o de producción y la del trabajo doméstico o de reproducción.

Volviendo a los actores de nuestro entorno físico, estos han sido mayoritariamente hombres, varones en edad de trabajar, que han pensado que los habitantes son como él, hombres - varones. El resto de la familia, la mujer, los hijos, los ancianos, los enfermos o las personas en otras situaciones han sido siempre considerados como los otros , la otra realidad ajena a la suya, vista como particular, fuera de la norma y perteneciente a una problemática social. Es el desconocimiento de lo que no es uno mismo. Es el no querer o no saber ponerse en la piel de los demás. Es el no reconocer las diferencias y la diversidad, que se dan cada vez más en las ciudades tanto por género cuanto por etnia o por otros conceptos como la edad, las discapacidades, etc.

Pero la ciudad la viven y la experimentan más las mujeres que los hombres puesto que son las que se mueven más en el espacio urbano público para cumplir las tareas de la gestión doméstica cotidiana. Esto significa que, por un lado, debe considerarse toda la diversidad de personas como destinatarias del entorno urbano y por otro lado, debe pensarse la ciudad desde la perspectiva de genero para adecuar los espacios de la ciudad a la vida cotidiana y hacer que la ciudad sea habitable.

Hay que volver a poner a las mujeres en el centro del espacio público junto con las demás personas que usan el espacio urbano público cada día. Hay que recuperar el saber y la experiencia de las mujeres en la organización de la vida cotidiana, que no solo es el trabajo remunerado sino que son todas las acciones, los momentos, los ratos de gestión doméstica, de ejercicio físico, de ocio, de placer, de creación, de descanso, de contemplación o de no hacer nada. Y sobre todo, hay que romper las fronteras entre espacio público y espacio privado, conceptos del siglo XIX surgidos de la moral masculina, asociados a lo social y lo doméstico y a los roles respectivos de hombres y mujeres. El espacio, tanto el de detrás como el de delante de las fachadas, se vive, y tiene que ser habitable para todas las personas.

Diseñar desde la perspectiva de genero significa diseñar para la diversidad de personas y de situaciones colectivas, para la soledad y para el encuentro, para la intimidad y para la comunidad.

¿Cómo se consigue que la ciudad sea habitable?

Solo se podrá conseguir que la ciudad sea más habitable si transformamos los espacios del entorno urbano para adaptarlos a la vida cotidiana entendida según los conceptos antes descritos, en un proceso y metodología de proyecto que vaya no solo de arriba hacia abajo sino también de abajo hacia arriba. Es decir, para diseñar y proyectar debemos, primero identificar las necesidades y los deseos de la ciudadanía en un proceso de participación y corresponsabilidad conjunta entre usuarios/as  profesionales y personas que están en la política.

Transformar los espacios a nuestro favor, desde nuestra experiencia de vida.

Para cambiar el orden de las cosas deberíamos convertir los espacios que usamos en lugares en donde nuestra existencia como mujeres fuera manifiesta. Lugares en donde se desarrolle la vida cotidiana, entendida como la vida de cada día en el conjunto de todas las actividades que las personas realizamos, sin jerarquizaciones ni separaciones ni segregaciones.

Desde la mujer

Desde hace algunos años un pensamiento desde la mujer se está desarrollando, un pensamiento que pretende actuar en todas las esferas de la organización social, política y económica. Y de acuerdo con esta cultura alternativa que se está formando es necesario también forjar nuevas visiones del hábitat, de sus pueblos, ciudades y territorio. Y a partir de estas nuevas imágenes de la mujer y de sus hábitat, formular estrategias para intervenir como pensadoras y como técnicas, y participar como usuarias y como políticas en la transformación continua de nuestro entorno físico.

Lo primero que debemos hacer es preguntarnos si nos encontramos a gusto en cada uno de los lugares en donde transcurrimos nuestros días. Desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos acostamos por la noche (o al revés si hacemos una actividad nocturna) observar en donde estamos en cada momento, entre paredes, suelo y techo que nos cobijan, nos protegen de las inclemencias del tiempo y además nos facilitan la realización de la actividad que debemos hacer, o nos acompañan y nos reconfortan si nos hallamos en estado de reposo.

La vida de las personas, así como la de los animales, se puede contemplar y definir desde el movimiento o el reposo. Este es un punto de vista muy útil para comprender la vida cotidiana de las mujeres.

Esta observación de cada uno de los lugares que usamos y frecuentamos en relación con lo que hacemos en ellos y nos sentimos dentro de ellos, nos conduce a la descripción de todos y cada uno de los espacios que existen en las ciudades, los pueblos y el territorio. Así llegamos a expresar el estado de la cuestión en lo que se refiere al entorno físico e identificamos las características y cualidades de los espacios, que al compararlas con el grado de satisfacción/insatisfacción producido nos revelan sus carencias, por un lado y lo que deberían aportar, por otro lado.

Este ejercicio no es fácil pues requiere previamente que la mujer se sitúe en una posición de libertad y de rechazo del estereotipo y del rol que se le ha asignado hasta ahora.

Yo intento desde hace algunos años pensar el espacio desde mí misma, poniendo en práctica uno de los objetivos principales de la filosofía de la diferencia que es el partir de ti misma. Tanto como mujer profesional de la configuración de los espacios físicos, que como usuaria de los mismos, me sitúo en las dos posiciones y procuro, dentro de los limites en que me encierran las presiones de la profesión, concebir formas abiertas y flexibles pues no creo útil el lema  la forma sigue a la función, divulgado por la arquitectura racionalista de principios de siglo.

Configuraciones flexibles que se puedan adaptar a cualquier función o uso. Pero ¿como? pues a partir de un trabajo profundo sobre la forma, la geometría de la forma que es la base, el fundamento de todo espacio físico que se pretenda flexible. Una forma cerrada es aquella que al aplicarle un cambio pierde toda su coherencia, su razón de ser o su equilibrio. Una forma abierta es por el contrario, aquella que aún modificándola conserva todos sus atributos y cualidades, es la que se halla incluida dentro de un sistema general geométrico euclídeo o topológico.

Las formas que mejor se adaptan pues a los usos de la vida cotidiana son abiertas y flexibles porque en ellas las funciones especificas pueden ubicarse en un lugar u otro, el llamado organigrama de funciones puede variar, es decir que pueden variar las situaciones y las distancias entre sí de las estancias

Naturalmente las viviendas, los servicios, las fábricas, o los espacios urbanos públicos, no todos pueden resolverse con formas abiertas. Algunos de ellos muy especializados (por ejemplo un hospital) requerirán de configuraciones cerradas adaptadas a cada uno de los requisitos técnicos obligados. Un vagón de metro o una cápsula espacial tampoco podrán tener formas abiertas.

Sin embargo hay muchos espacios para la vida cotidiana que no necesitan definiciones tan acotadas de sus formas, al contrario prefieren formas más abiertas y flexibles que satisfagan más bien la dimensión estética o la confortabilidad de sus habitantes. Son, por ejemplo, las estancias de una vivienda, las escuelas, las salas públicas de encuentro y relación, los centro de recreo, los clubes, las oficinas, los espacios públicos urbanos, algunos talleres o los espacios lúdicos.

Pero todos estos lugares han sido generalmente diseñados con formas cerradas, de manera que las modificaciones en el uso de los espacios suelen ser muy difíciles y las estructuras organizativas de los usos, o las distribuciones, responden a los clichés culturales de nuestra sociedad patriarcal y a los roles asignados a las mujeres. Cuando la forma no puede concebirse tan abierta porque los condicionantes del uso son mayores, o porque las formas de promoción no lo permiten, entonces es muy necesario contar con el conocimiento de los deseos y las necesidades de los usuarios/as.

Siempre hay partes de un proyecto que podrán ser más abiertas y otras que deberán ser muy cerradas y fijas. En cualquier caso pensar en el destinatario/a es esencial y sobre todo en los deseos y necesidades de las mujeres a las que no se les ha tenido nunca en cuenta (a pesar de que algunos promotores nos quieran convencer de que construyen los pisos después de haber hecho encuestas sobre lo que opinan las amas de casa).

He coordinado un proyecto europeo llamado "Las mujeres y la ciudad"  (promocionado por la Fundación María Aurelia Capmany e incluido dentro del IV Programa de acción comunitaria para la igualdad de oportunidades de CEE) en el que uno de los resultados ha sido la realización de un Libro Blanco de análisis del entorno habitado desde el punto de vista del género y de recomendaciones para el diseño de planes y proyectos urbanos desde la vivienda hasta la ciudad.

Algunas conclusiones a la que hemos llegado, en el capitulo que trata del espacio urbano y de la ciudad, son :

- El medio urbano influye en la vida cotidiana de las personas, especialmente de las mujeres.
- Las mujeres (población más pobre) son excluidas como usuarias y como conceptoras y decisoras.
- La zonificación dicotomiza a la sociedad.
- La monofuncionalidad distorsiona la convivencia.
- Muchos pueblos, barrios, distritos deben mejorar infraestructuras y servicios.
- Muchos espacios urbanos carecen de personalidad para facilitar la identificación, la seguridad y el acogimiento.

 Algunos de los objetivos que consideramos importantes en este capitulo son:

- Integrar/mezclar usos, funciones, actividades.
- Dotar barrios infraestructuras/servicios necesarios
- Estimular la creación de espacios intermedios para la relación.
- Los espacios públicos sean auténticos lugares para la comunicación y el fluir de las personas.

Alguna recomendaciones que hacemos para mejorar las ciudades y los espacios urbanos son:

- Tender hacia el modelo de ciudad pluri-nuclear de estructura celular.
- Planificar estructuras de verde-urbano en todos los niveles.
- Diseñar el espacio urbano con estancias y recorridos con criterios de género.
- Desarrollar agrupaciones vecinales con servicios comunes.
- Integrar vivienda/trabajo/comercio/servicios en agrupaciones vecinales, barrios y distritos.  

Anna Bofill Levi, arquitecta.

 
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