ASOCIACIÓN 

L A   M U J E R    C O N S T R U Y E

W o m e n   w h o   b u i l d

  "LA CIUDAD Y EL MAR: PALERMO Y ARGEL". TERESA LA ROCCA, arquitecta.                                                                                                                   


“En los tiempos de la formación,
un día esta ciudad cayó de la montaña,
de su sede sublime y natural.
Mientras descendía la ciudad hacia la mar,
que la atraía por sus seducciones coralinas,
apenas si tuvo tiempo de ocupar el extremo de la costa,
y detenerse en sus arenas....
Muy poco me ha faltado para caer al agua, pensó.”
(Alberto Savinio. “La tragedia de la infancia”)

Este pasaje del libro de Savinio introduce de forma emotiva los dos términos de la comparación: la ciudad y el mar, a través de los sentimientos encontrados que el ser humano siempre ha tenido hacia el mar, la atracción y el miedo. Incluso P. Valery (Eupalino), cuando describe la construcción de un malecón sobre el mar, recurre a estos mismos sentimientos: “Es el radiante umbral de las regiones desconocidas, súbita atracción dispuesta a transformarse en temor supersticioso cuando los hombres ceden ante ella...” El malecón también marca el paso sensible de la estabilidad de la construcción a la inestabilidad del barco.

Pero la emoción no es el único motivo por el que he elegido este pasaje de Savinio. El autor propone también una reflexión sobre la relación entre naturaleza y artificio, sobre la forma en que estos dos órdenes interactúan y, de manera especial, sobre el sentido de nuestro lugar frente a ellos, para superar el tópico que nos ha habituado a mirar la naturaleza como una fuente en vías de extinción, que debemos defender y salvaguardar.

Savinio sitúa la acción del deslizamiento de la ciudad hacia el mar en un tiempo mítico. “En los tiempos de la formación, existía un mundo ardiente y animado en el que la tierra era trabajada no por una razón lenta y circunspecta sino por la aventura de modales rápidos y decididos”, un mundo en el que la más mínima potencia hacía al hombre más responsable de las transformaciones. El "trabajar la tierra" recuerda la esencia del hombre, homo-artifex, que tiene capacidad para transformar y reducir las cosas materiales en un conjunto organizado según un diseño, para dominar conceptualmente la realidad. Retomando una vez más las palabras de Savinio: "Muy poco ha faltado para que cayera al agua". Comprobamos que existe un límite más allá del cual puede producirse la catástrofe. Un límite que no podemos cuestionar como los demás límites. El mar es como un monstruo bello con el que hay que pactar para adquirir la posibilidad de habitar.

Así, el ser humano está frente siempre ante la necesidad de controlar el equilibrio inestable entre la adaptación a un entorno que debe transformar y su propia capacidad para transformarlo. El tema central, como vemos, es el de habitar en la naturaleza.

Afrontar este tema hoy en día significa devolverle toda su complejidad, contrariamente a una tendencia generalizada que considera que la cuestión puede abordarse desde una óptica segregadora, desde disciplinas y operadores diferentes.

La arquitectura de la ciudad en relación con la conformación y construcción de la ciudad-arquitectos. La arquitectura del paisaje en relación con la conformación y control de la ocupación de los lugares naturales paisajistas. Esta tendencia a la separación nos incapacita para acoger lo que está tejido (lo complejo), para descubrir los vínculos existentes entre las cosas. Nos impulsa a segregar los problemas en lugar de relacionarlos e integrarlos y, sobre todo, debilita el sentido de la responsabilidad pues cada uno tiende sentirse responsable únicamente de su especialidad.

Mediterráneo, unidad y diferencias.

El mar.

Vínculo natural entre tierras y hombres, el Mediterráneo es lo que queda de las aguas del Teti de los orígenes del planeta; es hoy una fractura insignificante de la corteza terrestre que el avión atraviesa con una desdeñosa velocidad: una hora de Marsella a Argel; un cuarto de hora de Palermo a Túnez.

En todas partes, el mar ha dejado huellas de su lenta actividad. Sin embargo, son grandes los contrastes que rompen la imagen única del Mediterráneo. El Norte ni es ni puede ser el Sur, el Este ni es ni puede ser el Oeste. El mar nos obliga a vivir juntos, como hermanos enemigos siempre enfrentados aunque, si lo exigen las circunstancias, dispuestos a intercambiarse mercancías, barcos, hombres y creencias. Podríamos decir que existen diez, veinte, cien Mediterráneos, a su vez su subdivididos. Todo cambia de un punto a otro de la costa, de un fondo a otro, de un banco de arena a una capa de piedras.

Del mar.

El mar interior es también el extremo del "gran continente unido euro-afro-asiático" en el que se dan intercambios decisivos, aunque prevalezca la atracción continua hacia sus orillas. Esto explica que el Mediterráneo sea el centro más vivo del universo, un centro que irradia. El movimiento es doble: lo que da el Mediterráneo, lo que recibe el Mediterráneo. Estos intercambios pueden ser calamidades o beneficios. Todo se mezcla o, mejor dicho, todo se funde. Pasado eternamente presente bajo un cielo y un paisaje inmutables a través del tiempo, con una humanidad definitivamente mestizada y cruzada. Lejos de ser una desgracia, esta mezcla es una fortuna. Origina un ritmo, una sensibilidad capaces de reconocer la pertenencia común a este mar y vencer el arrogante aislamiento de las tierras propias.

¿Y respecto del futuro?

Aquí es donde el conflicto entre desarrollo y entorno se agudiza. Aquí, en el sur de Europa, es donde debe surgir un modelo de desarrollo original, que dé cabida a caracteres, lugares y pueblos diversos. No se trata de culpabilizar el desarrollo sino de relativizarlo, interpretarlo, intentar elaborar un modelo propio de desarrollo, rehuyendo la homologación, los modelos fuertes, la rapidez en las transformaciones, a sabiendas de que el Sur valora el sosiego, las altas, las pausas.

El riesgo es oscilar entre dos tipos de derrotas: convertirse en subalternos y abandonar la lengua propia para adoptar la del vencedor, o rechazar esta última para encerrarse en la cárcel en la única lengua. La fuerza no proviene de barreras proteccionistas, ni de la prohibición de las ideas venidas de fuera; surge de la capacidad de apropiarse de otros idiomas, de elaborarlos de manera que se pueda responder al reto del tiempo presente.

Tal vez esto conduzca a un Idioma del Mediterráneo que los demás deseen aprender.

La modernidad y el desarrollo no son un pabellón de guerra alzado contra el mundo antiguo y sus valores. Suponen más bien la dificultad por adaptarse a los cambios de tiempos, por identificar los límites del nuevo mundo, pero siempre desde la libertad, buscando la integración.

Las tres experiencias de proyecto que presento aquí han sido realizadas en diferentes ocasiones: las dos de Palermo son proyectos didácticos, la tercera es el proyecto con el que participé en el concurso para la Plaza de la Mujer y la Paz organizado por el Gouvernorat de Argel y la UNESCO en 1998/99.

Antes de presentar el trabajo de Palermo, considero necesario hacer unas breves reflexiones sobre la ciudad de Palermo.

El antiguo nombre de la ciudad es Panormos, que significa todo puerto. La razón de ser de la ciudad residía en su fácil acostamiento. Toda su historia urbana puede narrarse a través de los cambios en la relación ciudad-mar. Desde su fundación hasta principios del siglo XVII, la ciudad se estructura a lo largo de un eje que discurre entre el mar y la cadena montañosa que la rodea.

Durante siglos, al progresivo y natural enterramiento del puerto corresponde la prolongación y consolidación del eje (denominado Cassaro, que se deriva de Al-Qasar (alcázar), núcleo original de la ciudad) como elemento de ordenación y generación de la forma urbana. Se producen algunos episodios excepcionales de refundación: en el año 1000, los árabes desplazan el centro de poder al este del puerto y construyen la fortaleza Kalsa (al-Halisah) así como un nuevo sistema de fortificaciones.

En 1400, la nobleza siciliana, oponiéndose al Cassaro, traza un nuevo eje, la vía Alloro, siguiendo la misma dirección mar-montaña entre el alcázar árabe y la avenida principal. A comienzos del siglo XVII, los españoles aportan la transformación más radical de la ciudad que tendrá grandes consecuencias para la futura vida urbana: un trazado de eje ortogonal en el centro del Cassaro.

El cruce denominado el Teatro del Sol se convierte en el centro de la ciudad, en su imagen representativa, en su icono. La nueva calle se convierte en el elemento generador de la expansión y, siguiendo una inercia jamás cuestionada, en la dirección preponderante del desarrollo de la ciudad contemporánea. Este automatismo contribuye a relegar la geografía que siempre ha sido considerada como marco de comparación entre la tierra habitada y los elementos naturales que constituyen el entorno.

Proyectos didácticos.

1.“La roca majestuosa”: éste fue el lema que elegimos para participar en el concurso, un juego de palabras con mi nombre y la denominación del promontorio que domina la ciudad, que Goethe definió como el más bello promontorio del mundo.

Se trata de un proyecto que realicé con mis alumnos del laboratorio de licenciatura con ocasión de un concurso organizado por la administración de la ciudad que se titulaba “Palermo proyecta Palermo”, una especie de convocatoria en la que desde los administradores hasta los arquitectos pudieran expresar sus ideas sobre la ciudad.

En polémica con este concurso, un profesor de la facultad de arquitectura, R. Collová Cuello y yo, decidimos participar no como profesionales sino con un trabajo que acabábamos de efectuar en la escuela con los alumnos que realizaban su proyecto de licenciatura. Consideramos que sería más interesante proponer un tema general en el que la ciudad se presentara bajo un nuevo prisma, con el fin de revelar su actual complejidad, que contribuir a la formación de un catálogo de ideas para pequeños problemas como posteriormente lo pusieron de manifiesto los resultados del concurso.

El tema general que propusimos, y que ha constituido la referencia para todos los proyectos que hemos presentado, se basaba en una lectura de las potencialidades de la ciudad contemporánea para transformarse. Estas potencialidades han quedado definidas en numerosos proyectos, entre los que cabe destacar la permanencia de numerosos jardines históricos pertenecientes a la antigua estructura agrícola. El conjunto tiende a restablecer los vínculos, ahora cortados, entre las partes nuevas, antiguas y naturales de la ciudad.

Descripción y observación como actos de conocimiento, de imaginación, una práctica para transformar detalles aparentemente insignificantes en indicios de que la ciudad es un palimpsesto en el que podemos reinscribir incesantemente el juego de la identidad y de la relación. Mi proyecto ha consistido en la propuesta de una infraestructura, concretamente una carretera para subir a Montepellegrino utilizando un sistema de transporte no convencional: el funicular.

El objetivo de esta propuesta era destacar el cambio de relación entre la montaña y la ciudad que dejaba de ser una figura de segundo plano, inseparable de la iconografía tradicional de la ciudad para convertirse en una parte excepcional de la misma. También es la propuesta de un viaje dramático entre la ciudad y el mar, de la experiencia de la aspereza de la montaña.

2. “La ciudad y el agua” es el título que elegimos para el workshop organizado por el Goethe Institut, la ciudad de Palermo y cuatro profesores de la escuela de arquitectura, en noviembre de 1997.

Es el título de una relación, de una frontera, de una geografía, de una cultura campesina y marinera particular, de una cultura mediterránea. Es el título de una situación, de una necesidad y de un artífice continuo. El nombre de una transformación constante, cultivada e inculta.

Pero, para la ciudad, el agua no es sólo el mar. Existen tres ríos, dos de los cuales son ahora subterráneos, y el tercero ha desaparecido prácticamente. También dispone de una densa red de canales que drenan el agua que proviene de las montañas, pequeñas obras de ingeniería que administran el agua como un recurso escaso. Se trata de proseguir la cultura del agua, de descubrir poco a poco los vínculos entre necesidad y cultura.

Hemos formulado preguntas específicas para la interpretación y transformación de la ciudad a partir de su relación con el agua. Concretamente, opté por realizar un proyecto costero desde una óptica específica: la secuencia de todas las plazas con vista o sin vistas al mar, a lo largo de la costa urbana.

Plazas marítimas, plazas protegidas, junto al mar o separadas del mar desde las que se adivina o divisa el mar. Plazas marítimas en las que la proximidad del mar está ligada a una necesidad: la pesca y sus actividades paralelas, y a su ritualización. Lugar civil, a menudo fundación de una pequeña comunidad. Plazas alejadas cuya relación con el mar es posible gracias a una elevación del terreno, aun cuando ésta sea mínima, que depende de la orografía particular de la ciudad.

Inicialmente, construimos una maqueta de la ciudad y de su entorno para demostrar la estrecha relación existente entre lo artificial y la geografía. En ella sólo hemos representamos los elementos que estructuran la ciudad: las calles trazadas en el eje mar-montaña, la autopista, la vía férrea, la posición en la plaza de los edificios más importantes de la ciudad y parte de las montañas que la rodean.

3. Proyecto de habilitación de la plaza Emir Agdelkaber de Argel

Diseñar y rediseñar la ciudad para una mejor comprensión de la misma.

Argel, ciudad al borde del mar.

La ciudad se encuentra a una altitud de 10-18 m sobre el nivel del mar. Desde todos puntos de la ciudad que se encuentran a lo largo del eje mar-montaña se divisa el mar.

El mar se divisa desde:
-la terraza de la Casbah,
-las rampas y terrazas que estructuran la primera expansión de la ciudad (la ciudad colonial),
-la autopista,
-los cementerios de las laderas circundantes,
-el tren cuando entra en la ciudad.

Jardines sobre el mar, no sólo apéndices de grandes parques sino ligados a una tradición de chalés ocultos y contiguos repartidos por la ciudad.

Las costas.

La costa como punto de encuentro entre la tierra emergida y la sumergida. Un límite frágil como el círculo de escayola que se extiende, se oculta bajo la tierra, se eleva, se desliza, se prolonga. Esta mutación continua es propia de las costas.

El régimen de este límite está regulado por las mareas, las corrientes, los vientos, la consistencia de la tierra. Está también estrechamente relacionado con todo lo que sucede bajo del nivel del mar.

Lugar de antagonismo entre la naturaleza y la actividad del hombre que intenta siempre dominar de forma conceptual la realidad con el fin de controlarla. Las costas son, en general, todas estas mutaciones.

Algunas zonas de las costas son, hoy en día, como un proyecto involuntario, una especie de solar en el que todo es aún posible (Les Sablettes). Individualizar esta marginalidad en tanto que valor es un ejercicio necesario para la comprensión de los motivos del cambio.

El puerto es otra ciudad, la ciudad baja.

El tráfico marítimo, separado, constituye el núcleo de la ciudad. Ciudad y puerto mantienen una fuerte relación de complementariedad. Algunas veces, el puerto tiende a invadir la ciudad porque sus crecientes necesidades así lo requieren; otras, le cede terreno porque sus actividades emigran. En esta zona limítrofe es donde se puede detectar el vínculo existente entre la parte alta y la parte baja o descubrir lugares donde la ciudad se extiende hacia el agua, manteniendo a pesar de todo alguna forma de separación.

La plaza Emir Abdelkader.

Un cruce con mucho tráfico, lleno de objetos urbanos: parterres, muros bajos, bocas de ventilación del metro, algunos bancos, una estatua, cuatro palmeras. Situada 26 metros por encima del nivel del mar, la plaza es atravesada por la calle Labri Ben M’Hidi, larga avenida bordeada de árboles que atraviesa todo el casco histórico, cambiando sucesivamente de nombre hasta más allá de la Cashab. Una plaza protegida, separada del mar.

La plaza de la Mujer y de la Paz.

La reacción instintiva fue de liberar completamente la plaza para que fuera posible una relectura de su forma cuadrada y una reelaboración de las posibilidades geométricas y psicológicas que ofrece. Los edificios que la definen, a pesar de la sucesivas construcciones, han sabido mantener un equilibrio frontal y respetar la regla mínima de la composición: más bajos cerca del eje mar-montaña, más altos cerca del eje Labri Ben M’Hidi. Las plantas bajas son las más deterioradas ya que su uso comercial ha aportado modificaciones impropias debido a la anchura de las habitaciones o a su asociación. Nuestro proyecto no interviene sobre este tema, pues no dispone de la información necesaria, aun cuando reconoce su importancia.

La plaza sólo será transitable en la dirección de la calle Labri Ben M’Hidi. Se elimina el tránsito de dos tramos de la calle Colonel Houas, cerca de la plaza. Estos dos tramos podrían sujetarse a una circulación limitada manteniéndose sin embargo la comunicación con las calles adyacentes.

Un nuevo pavimento de piedra calcárea, de diseño ondulatorio, cubre el espacio de la plaza. Un cuadrado perfecto construido en el eje de la calle Colonel Houas, atravesado por la calle Labri Ben M’Hidi, que se distancia de los límites reales del espacio disponible para permitir el acceso a los edificios (incluso tránsito rodado si fuera necesario, aunque reglamentado).

El respeto, a lo largo de los bordes, de los niveles necesarios para la transitabilidad produce un terreno artificial, con diferentes inclinaciones, compensado por las diferentes disposiciones de los accesos a los edificios de la calle que atraviesa la plaza. El nuevo pavimento, como un velo de mujer, se extiende adaptándose a los diferentes niveles, plegándose y elevándose ligeramente.

A lo largo del eje mar-montaña, el pavimento baja como si de una fractura se tratara, cambiando su calidad de piedra trabajada en piedra bruta dispuesta de una forma más suelta. Entre las piedras: tierra batida; y, cuando las piedras se hacen aún más sueltas: tierra para árboles. A partir de aquí, los bordes en relieve de la piedra tallada se transforman en bancos.

La estatua del Emir.

El pavimento de la plaza es como un Haik que recubre todo, esperando el regreso no ya del héroe sino del poeta. La estatua del Emir resulta excesivamente grande para el espacio de la plaza por lo que ni se disfruta ni favorece la visibilidad de la misma. El proyecto propone desplazar la estatua del héroe al borde del mar o al lugar donde Abdelkader detuvo a los franceses, y sustituirla por la imagen del poeta, sentado cerca de la fuente, una estatua más pequeña, familiar y próxima del hombre de la calle.

Teresa La Rocca, Arquitecta (Italia)

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