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L A   M U J E R    C O N S T R U Y E

W o m e n   w h o   b u i l d

  "CIUDAD Y MUJER". MARÍA JOSÉ LASAOSA CASTELLANOS, arquitecta.                


Dice Baudelaire que la ciudad ideal es aquella donde la pasajera actualidad no ignora ni borra el pasado. La ciudad no puede entenderse independientemente de las etapas por las que atravesó en su evolución, ya que cada una de ellas ha dejado una huella indeleble que la ha metamorfoseado en archivo de la historia, pero cuando las alteraciones que ha sufrido a través del tiempo anulan sus señas de identidad y borran las referencias a su pasado. La ciudad muere y sobre su cadáver emerge otra diferente, acaso bastarda, carente de contenido histórico.

A lo largo de la historia, durante el proceso de formación de las ciudades, las mujeres hemos sido invisibles, en ningún momento existimos como sujetos que deciden ni que determinan su configuración. La ciudad se planifica a partir de decisiones políticas que toman los hombres y cuando aparecemos lo hacemos reducidas a objetos de contemplación (frisos, estatuas, etc.). Cuando en 1.768, Johann Zoffany realiza el retrato de los miembros fundadores de la Royal Academy británica, recogiendo para la posteridad a todos sus integrantes, Angélica Kauffmaann y Mary Moser no participan en el debate o tertulia que llevan a cabo los académicos retratados, sino que se las relega a la pared, mediante dos bustos pintados: no son dos personas que crean arte sino meros objetos de arte. La mujer, como sujeto que decide, ha quedado fuera de la historia escrita por los hombres. La ciudad la han diseñado los hombres reflejando una organización basada en sus intereses, y debido a su falta de participación en las responsabilidades afectivas y en los trabajos cotidianos, causan la ruptura de las complejas y delicadas redes de relaciones establecidas, ya que la ciudad que se construye en escasas ocasiones sirve de soporte para ellas. Se construye un aglomerado de funciones separadas que provocan la segregación de espacios, de personas y de formas de vida. La renta, la raza, el género y la edad son motivos de separación y discriminación. Si analizamos la ciudad desde una mirada de mujer, que reflexiona acerca de los espacios que condicionan la vida de los seres humanos que la habitamos y que desarrolla en ella multiplicidad de funciones, se revela cómo repercute en la vida de todos, cómo nos hemos convertido en sus víctimas y la razón por la que muchas ciudades donde hemos dejado retazos de nuestras vidas se han convertido en desconocidas porque nos han robados los afectos y la memoria. En pocos ámbitos como en el del desarrollo urbano son tan palpables los aspectos más negativos, irracionales y destructivos de un crecimiento capitalista tardío y salvaje que, casi nunca, ha puesto el urbanismo al servicio de las necesidades de toda la sociedad.

Si intentamos recordar aquellas plazas y calles del centro histórico de ciudades como Pontevedra, Gerona, Salamanca o Málaga, y sobre ellas superponemos imágenes de sus periferias, nos será fácil constatar cómo en el primer caso nos vienen a la memoria recuerdos concretos de un lugar determinado, de una serie de rasgos definidores, de una personalidad que las hacen únicas y las diferencian, mientras en el segundo caso nos será difícil, cuando no imposible, recobrar un recuerdo que haya permanecido en nuestra memoria por su carácter diferenciador. Jamás sabremos si estamos en una ciudad del Norte o del Sur de España, si el clima es lluvioso o soleado,...

Los elementos estructurales de la ciudad son la casa, la calle, la plaza, los edificios públicos y los límites que la definen dentro de su emplazamiento espacial. Estos elementos responden a necesidades profundas de la ciudad y a condiciones nacidas del entorno físico, clima, paisaje, etc. Si las ciudades que hemos citado tienen características tan diferentes en lo que respecta a su emplazamiento, clima, trazado viario, tipología edificatoria, materiales utilizados...  ¿Por qué el crecimiento de las mismas es idéntico?.

Las periferias son idénticas en todo el mundo porque son el fruto de una especulación salvaje y no de la necesidad de los seres humanos de tener un espacio que sea soporte adecuado a sus actividades y relaciones. Las ciudades han crecido de espaldas a las necesidades y afectos de las personas que las habitamos. No son lugares de encuentro sino de separación. Se han diseñado ignorando las necesidades y el sentir de los ciudadanos y ciudadanas, segregándolas en porciones especializadas, de forma que el tránsito de unos lugares a otros se convierte en una vasta inversión de tiempo y de superación de dificultades. Se dice erróneamente que son ciudades dormitorios, pero no es cierto. Son dormitorios para la casi totalidad de los hombres y algunas mujeres que trabajan lejos de la vivienda y vuelven únicamente a dormir, pero son ciudades donde viven la mayoría de las mujeres, los mayores y los niños. Ciudades inhóspitas donde se aprovecha el espacio residual entre edificios para poner dos bancos y un árbol y llamarle zona verde.

En estas ciudades, construidas de forma ajena a nuestros intereses, se han alzado además insalvables barreras que actúan a modo de obstáculos para el desencuentro de las diferentes personas. ¿Por qué hay lugares para los niños, lugares para los mayores, lugares para las personas con algún tipo de minusvalía? No hace tanto tiempo que calles y plazas eran el lugar de encuentro para todos, espacios donde la imaginación de los niños era capaz de convertir el recodo más insólito en un campamento apache o en el mejor escondite, mientras los mayores observaban y charlaban. Esta forma de vivir la ciudad, de recorrerla, de mirarla, olerla y conocerla crea una relación inolvidable con ella, un afecto que provoca que, al sentirla como algo nuestro, se ame y se cuide. En pequeñas ciudades y pueblos aún es posible esta forma de vida, pero en el resto, en las grandes ciudades, los coches se han hecho los amos del lugar y la especulación la razón única de su crecimiento. La ciudad ya no facilita el ocio, el paseo, el contacto con otros niños, con los mayores. Ya no nos reconocemos en ella.

En la periferia de las ciudades rara vez se ha pensado en la creación de espacios libres que sirvan de sostén a estas actividades y relaciones. Comenzamos en la vivienda y vemos que ya no existen patios que ejerzan de espacio de juego para los niños, en las escaleras hacen ruido y molestan, no molestando en cambio el fragor de los coches. Antes había pequeños patios y jardines traseros que la nueva normativa que rige el diseño de nuestras ciudades ha borrado de un plumazo: la ocupación al 100%, en sótano y planta baja, de la parcela que se va a construir relega esos antiguos espacios a terrazas enlosadas, áridas y feas, que no albergan ningún tipo de vida y que sirven de abrigo para los coches. Así, el niño, con pocos o ningún hermano y sin contacto con sus vecinos, al no existir un espacio de relación, se queda en casa donde, cuando molesta, se le pone delante de la televisión, del ordenador y de su soledad. De la misma manera que se ignoran las necesidades del niño se desdeñan las de los mayores y las de todas las personas, mujeres en su mayoría, que pasan allí la mayor parte de su tiempo.

Las mujeres, además, tienen empleos peor pagados que los hombres, sea por discriminación o por la jornada de trabajo reducida. En consecuencia, las mujeres solas o responsables de familia, ocupan dentro de la ciudad las viviendas de baja renta, sus espacios más degradados. La renta, ligada al género, fuerza a las mujeres a distribuirse en las áreas no privilegiadas. Su dedicación al trabajo remunerado y la resolución del trabajo cotidiano de la familia les obliga a tránsitos entre mercado, tiendas, colegios, el lugar de trabajo, áreas de recreo y la vivienda. Las excesivas distancias desde esta última a todos los demás servicios, en esta ciudad segregada por usos, y los múltiples trayectos, complican enormemente la vida en el transcurso del día. Acceder a algún parque de la ciudad se convierte en una larga excursión que obliga a que los niños siempre vayan acompañados, restándoles independencia. Cuánto mejor es un espacio menos rico pero más accesible para ellos. El trayecto que hacen los niños de medianas y grandes ciudades para ir al colegio es un absoluto desatino. ¿Cómo es posible que se les castigue a viajes interminables en autobús, robándoles tiempo de sueño, de ocio o de relación?. Las relaciones que establecen con sus amigos del colegio no las pueden mantener después en el barrio, donde se les castiga a permanecer en casa, ya que la calle es peligrosa al haberse diseñado sin tener en cuenta sus necesidades.

El diseño de la ciudad determina la calidad de vida de todos, pero especialmente la de las personas sobre quienes recaen más obligaciones cotidianas y sin cuyo consenso se ha determinado su desarrollo. Si la persona es, o debiera ser, la protagonista de la ciudad, veamos cómo la viven las mujeres, los hombres, los niños, los ancianos, los discapacitados físicos... Los espacios libres y equipamientos, ¿Son en realidad para todos ellos?, ¿Qué nivel de accesibilidad tienen para cada uno?, ¿Son los centros históricos lugares vivos?, ¿En función de qué necesidades se ordena el tráfico rodado?. Una organización social más justa y equitativa en todos los órdenes permitiría que los intereses determinantes que condicionan el desarrollo urbano no fueran sólo los especulativos y una falta de visión total acerca de un amplio abanico de necesidades. Hasta el momento son pocos los planes de urbanismo que reducen a límites razonables la expansión urbana, los que han reservado las mejores áreas no edificadas para los equipamientos, los que sitúan estos equipamientos a distancias asequibles de todos los barrios y los que contienen un programa de transporte público.

Es necesaria una renovación de raíz de la concepción del desarrollo urbanístico, invirtiendo su carácter cuantitativo por otro cualitativo, de forma que los recursos existentes se utilicen para paliar y no agravar las carencias de los actuales asentamientos. Es necesaria la toma de conciencia de la igualdad entre todas las personas y la existencia de una conciencia que permita esta paridad. Poner el urbanismo al servicio de la memoria, los afectos y las necesidades de toda la sociedad, utilizándolo como instrumento que facilite la convivencia y el desarrollo de un mundo más amable, diseñando espacios que den prioridad al ser humano y facilite su igualdad.

La demanda social de la ciudad, y en particular la femenina, ha evolucionado desde los servicios básicos hasta una compleja exigencia de calidad urbana adaptada a nuevas formas de vida a la que hasta el momento no se ha dado respuesta. Los espacios son instrumentos que determinan la vida, las actitudes y los actos de las personas que los utilizan. Ya es hora de revisar el marco que los define. Desde el ejercicio profesional cotidiano se deberían plantear alternativas destinadas a mejorar las ciudades que diseñamos, tanto en lo que respecta a la calidad espacial y funcional que condiciona la vida del ser humano, como a la contribución a la conservación de nuestro planeta, limitado en su capacidad de generar recursos y de admitir desechos. Por fin se empieza a plantear la necesidad, incluso obligación, que tenemos los profesionales de la arquitectura de crear ciudades sostenibles, es decir, ciudades respetuosas con el medio ambiente, tanto en su funcionamiento como en su proceso de construcción. Muy lejos de nuestra intención la de intentar dar "recetas" acerca de cómo podríamos conseguir algunos de estos cambios, pero en el diseño de las ciudades en las que habitamos se deberían tener en cuenta aspectos como:  

- Realizar nuevas prácticas de planeamiento más flexibles y próximas a los usuarios.  
- Reconocer los intereses de la vida cotidiana de los diferentes grupos de usuario.
- Considerar el aspecto del género en todos los sectores y estamentos, lo que afectaría a las infraestructuras, a los sistemas de servicio y transporte y, consecuentemente, a la vida cotidiana de las mujeres, que cada día se incorporan en mayor número al mercado de trabajo remunerado a la par que siguen siendo amas de casa y cuidan a niños y mayores.
- Garantizar la igualdad de oportunidades de acceso a los servicios urbanos, creando equipamientos básicos en el ámbito de barrio. La cotidianidad es más amable y accesible en aquellas ciudades donde las diferentes funciones necesarias para la vida se pueden encontrar en escala reducida. La cercanía de viviendas, lugares de trabajo, comercio y servicios, hacen la vida más afable y segura.
- Diseñar los edificios destinados a equipamientos teniendo en cuenta que, además de cumplir las funciones técnicas o sociales para las que han sido destinados, hay personas que por diversas razones tienen que permanecer allí mucho tiempo, como acompañantes de los enfermos en hospitales por ejemplo. Rara vez se prevén espacios cómodos y cálidos y para ellos.
- Encontrar una nueva lógica para los espacios públicos, basada en el diseño de recorridos cualificados, apoyados en una red reconocible y segura que articule el esqueleto funcional de la ciudad, soldando todos los espacios aislados de los equipamientos y permitiendo su integración y su coordinación.
- Utilizar el planeamiento como un medio para mejorar las condiciones de habitabilidad de las ciudades, ya que en la actualidad se busca un sólo objetivo: la utilización del espacio como moneda de cambio, generando un beneficio económico y creando plusvalías.
- Rechazar un urbanismo cuyo interés primordial es plasmar en planos los usos del suelo, la localización de la actividad, la segmentación del territorio... olvidando que en esos espacios viven personas que se interrelacionan a otra escala.
- Reconocer la importancia de las innovaciones sociales cotidianas de todos los grupos sociales, por encima de los objetivos técnicos y económicos dominantes en este momento.

En cuanto a la movilidad, se hace necesaria la inversión en el territorio público, creando una red de sistemas de transporte colectivo que permita a hombres y mujeres beneficiarse de él. Se han hecho cuantiosas inversiones a gran escala, red de autopistas, pero no se ha resuelto el problema del transporte a pequeña escala, donde acaso sea más preciso.
Crear un sistema de transporte estrechamente conectado con los equipamientos comerciales, educativos y otras facilidades diarias en diferentes escalas de niveles.
Dotar de infraestructuras descentralizadas a barrios o pueblos, que faciliten la organización de las actividades diarias, estrechamente conectadas con un sistema de transporte público para largas distancias, que permita viajar tanto al lugar de trabajo como a áreas comerciales, sanitarias, educativas, de ocio...
Prever facilidades que potencien a pequeña escala el transporte a pie y en bicicleta, protegiéndolo del agresivo tráfico rodado. En los grandes planes de urbanismo no aparecen los espacios de transporte utilizados por la gran mayoría de la población: aceras, áreas peatonales, carriles-bus, escaleras... El automóvil no es un medio universal de desplazamiento, sin embargo se siguen realizando inversiones en infraestructuras de gran capacidad que no usan la mayoría de la población y que tienen consecuencias medioambientales muy negativas, sólo para satisfacer las necesidades de movilidad de un escaso 30 % de la población, que en su mayoría son hombres en edad activa, es decir, para beneficiar a un modelo productivo y de desarrollo territorial que busca ventajas para los sectores que están en el poder.
Las mujeres podemos ser catalizadoras de nuevas políticas de movilidad. Usamos el transporte público con más frecuencia e intensidad que los hombres y, además, solemos caminar. Estamos familiarizadas con los medios de transporte colectivos así como con sus deficiencias. Estamos, pues, en posición de mejorar el transporte público y poner en funcionamiento un eficaz sistema que compita con el automóvil.

Las únicas energías inagotables y que no producen residuos son las renovables: sol, luz, viento, mareas... La arquitectura vernácula ha utilizado tradicionalmente estas energías y ha diseñado el cobijo en función de su máximo aprovechamiento. Es necesario minimizar el consumo de energía para evitar una utilización excesiva de petróleo, carbón o energía nuclear.

a) Utilizar los recursos que ofrece el clima, diseñando los elementos constructivos para aprovechar sus ventajas.
b) Reducir al mínimo la utilización de materiales que no sean reciclables, de proceso de elaboración contaminante o que sean escasos en el planeta, así como evitar en la construcción substancias contaminantes.
c) Respeto de la construcción hacia el enclave donde se ubica, no sólo formalmente, sino teniendo en cuenta los materiales que se utilizan.  
d) Planteamiento global de la construcción, teniendo en cuenta su ciclo completo: materiales y energía utilizados desde su extracción, manufactura, transporte, construcción, uso, mantenimiento, demolición y reciclaje de los residuos.

Sólo a partir de la educación puede lograrse paulatinamente la formación y pervivencia de una conciencia social que permita la paridad: educación en la responsabilidad y en la igualdad de los sexos, de riqueza, de posibilidades, de raza... Por esta razón nos gustaría finalizar con una reflexión que refleja las condiciones de las ciudades que van a heredar nuestros hijos:

"... Antes teníamos miedo del bosque. Era el bosque del ogro, del lobo, de la oscuridad. Era el lugar donde podíamos perdernos. Cuando nuestros abuelos nos contaban cuentos, el bosque era el lugar preferido para ocultar trampas, enemigos, angustias...
... En cambio, nos sentíamos seguros entre las casas, en la ciudad, entre los vecinos. Era éste el lugar donde buscábamos a nuestros compañeros y nos encontrábamos para jugar juntos. Era nuestro mundo...
... Todo ha cambiado con el curso de pocas décadas. La ciudad ha perdido sus características, se ha vuelto peligrosa y hostil. El bosque se ha vuelto bello, luminoso, objeto de sueños y deseo; la ciudad se ha vuelto fea, gris, agresiva, peligrosa, monstruosa...
... La ciudad ya no tiene habitantes, ya no tiene personas que viven sus calles, sus espacios: el centro es un lugar para trabajar, comprar, ir a la oficina, pero no para vivir allí; la ciudad ha perdido su vida...
... La ciudad se ha convertido en el bosque de nuestros cuentos...". 
Francesco Tonucci, La ciudad de los niños, 1.997.

Es para todos nosotros una obligación poner los medios necesarios para que, desde la infancia, las personas que en el futuro van a decidir el modelo de ciudad, sean conscientes de todo lo que esto implica:

"... si la planificación no se ha levantado sobre el ideal comunitario que presupone siempre signos de convivencia y entendimiento, la ciudad sumerge a su habitante en la soledad. En una teoría urbanística hecha a la medida humana, la ciudad debe ser la prolongación de la casa; el ámbito a donde apuntan los vectores de la vida individual, y donde ésta encuentra los márgenes que la constituyen como parte de una colectividad estimuladora y enriquecedora...
... un desmesurado poder tecnológico que sacrifica, para nutrir su ineludible necesidad de expansión, el trazado humano de la ciudad. Este sacrificio implica la desaparición del suelo histórico, de la memoria colectiva que expresa la continuidad en el tiempo y el reencuentro con un pasado que, asumido como cultura, fortalece y dignifica el presente. Inmersa en la instantaneidad sin recuerdos, la conciencia pierde cualquier relación que la cobije en un marco total de referencias."  
Emilio Lledó (La máquina de la ciudad: entre la naturaleza y la técnica).  

María José Lasaosa Castellanos, arquitecta.

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