ASOCIACIÓN 

L A   M U J E R    C O N S T R U Y E

W o m e n   w h o   b u i l d

   "TRAS LAS HUELLAS DEL SER: LUGARES CONSTRUÍDOS". MARÍA DEL RÍO, historiadora.


Ante todo quiero agradecer a Cristina García-Rosales y a Ana Estirado la posibilidad de asistir a este V Encuentro en la Arquitectura, que me ha proporcionado tantas claves para entender la ciudad, y por extensión para entenderme a mí misma. Y agradecer también su esfuerzo y su trabajo, que hacen posible la existencia de foros como éste, en el que arquitectas y arquitectos alientan el desarrollo de espacios diferentes y nos permiten, a los que no pertenecemos a esta disciplina, entrar a formar parte del  pensamiento y la creación de auténticos lugares para ser.

Los lugares son mucho más que espacios construidos, son ámbitos de vida, puentes que tiende la memoria al olvido y a la necesidad de existencia futura. Así el hermoso proyecto de Teresa la Rocca, con el mar como vértice, lugar de reivindicación del valor de la pausa, ante la vertiginosa actividad que el progreso alimenta, pone el espacio en la adecuada relación con el tiempo, y al ser consigo mismo y con su espacio, relacionando los lugares más distantes: suburbios, vertederos... con la ciudad abierta a la mirada y al recorrido de los pies que caminan.

La evidencia del ser es el estar, y es ubicable, se encuentra manifiesta en los bordes del espacio ocupado, y gracias a ese aparente vacío, que no es tal, y que lo envuelve, es por el que la percepción de la exterioridad de los cuerpos se hace posible; el ser no es aprehensible límite contra límite, pared contra pared, piel contra muro; sino como afecto del espacio comprendido entre él y el límite, como posibilidad de relación entre él y el resto de los cuerpos presentes también en el lugar en que se encuentra. El grupo Las Mujeres y la Ciudad alienta este sentir del espacio no constreñido, hacerlo propio. Vincularlo al afecto y al quehacer cotidiano, buscando hacer posible la movilidad, a través de la mejora en la accesibilidad no selectiva del transporte público, de vías practicables, de comunicaciones no rodadas: elaborando propuestas que hagan de barrios y redes de transportes elementos propicios al deseo de habitar el suelo que se pisa y las paredes que lo distribuyen.

El espacio, en tanto lugar para ser, se nutre del afecto y no existe previo al estar ocupado sino como pre-ocupación de la mujer o el hombre que lo habita. Su esencia es el encuentro del ser consigo mismo y con el otro. El ser humano social interviene el espacio inevitablemente, por ello su cambio ha de llevar implícito un cambio en los conceptos espaciales. La ciudad se expande geográfica y demográficamente de manera aparentemente imparable, (sobre todo en los países más pobres) pero parece perder su esencia misma: la irrenunciable necesidad que han de sentir sus habitantes de habitarla. Como afirma Luis Segundo Arana la ciudad es algo más que un asentamiento humano; se adscribe al desarrollo del individuo desde su percepción y es fruto de la identidad y de la diferencia, de la suma de experiencias y proyectos de vida; cada avenida, cada jardín, cada casa... se vuelven referentes del paisaje y del ser humano que lo transciende vinculándolo al pensamiento  y a la memoria.

En la importante tarea de edificar, de urbanizar, de construir, cabría esperar que estuviera incluida también la memoria: geográfica, sociológica, histórica y emocional, de las mujeres y de los hombres a los que se dirige. La viabilidad de proyectos en este sentido se pone de manifiesto en las obras presentadas por Hella Bousema y Hend Mrabet en Túnez, o en las construcciones de Soheir Farid, en Egipto; porque todo proyecto de arquitectura implica un proyecto de vida, no es unidireccional, sino que queda enmarcado por el ser y por el estar del ser, y por lo tanto queda intervenido desde su esencia por la necesidad de proyección recíproca entre él, el habitante, y el medio ambiente en el que se enclava.

Existe un modo de construir cuyo eje vertebrador es el crecimiento del ser humano y otro que lo deja al margen, y cuyos argumentos no pasan de ser teorías más o menos afortunadas. La necesidad de ciudades que crezcan al abrigo de la memoria, cuyo tejido estructural corra parejo al devenir humano que las sostiene, a la naturaleza sobre la que se asientan y a las necesidades concretas que las articulan es acuciante, sobre todo en un tiempo en el que la ciudadanía puede ser cualquier cosa menos idéntica. )Dónde quedan los lugares para el desarrollo de mujeres y hombres diferentes: para la infancia, para la vejez, para los grupos cada vez mayores de inmigrantes, para los discapacitados física y psíquicamente, para los económicamente desfavorecidos, y para tantos seres humanos cuya vida no se fundamenta en los mismos parámetros que los que la sociedad del bien-estar favorece?. La perspectiva de género es necesaria, porque como afirma Annie Vrychea, incluye otras disciplinas, como la antropología o la sociología que redimensionan el concepto de lugar construido, y lo hacen formar parte de la identidad del ser que los habita; porque atiende a la sociedad de manera responsable, posibilitando, como nos dice Ascensión Martínez, un verdadero sentimiento de ciudadanía. Afortunadamente arquitectas y arquitectos, como Pedro López; Montserrat Periel; o Marina Sender y Maite Palomares nos demuestran que es posible encontrar soluciones no excluyentes, realmente eficaces, hermosas y viables.

Las palabras de la escultora Eva Lootz: "construir es construirse, para luego desprenderse de sí", son, quizás, la clave olvidada y necesaria para la creación de espacios para la vida. La ciudad, la calle, la casa, no son entidades diferenciadas y dispersas, sino revelaciones del espíritu, un estado del alma, afirma Bachelard; devienen de la experiencia y del deseo en intimidad. La ciudad inscribe al ser humano en su estructura como cuerpo sensible, necesitado de diálogo, proporcionándole espacios donde percutir. Se vuelve habitable porque le procura lugares re-presentados para la vida, para la identidad, el recogimiento o el encuentro, haciendo que la constancia del habitar haga de cada lugar un posible asentamiento para la memoria. La ciudad, la calle, la casa, son el soporte para la creación de un yo coherente y referenciado, donde las presencias, y también las ausencias, tengan cabida.

La ciudad habitable acoge, se conforma por superposición de huellas. No importa la forma final, porque nunca la adquiere totalmente; se encuentra en continua transformación, atenta a los cambios, metamorfoseándose constantemente, para adaptarse, como una auténtica piel, a los seres humanos que la habitan. Sin duda cabría decir de ellas, citando las palabras de Ítalo Calvino, que las ciudades pueden dividirse en dos tipos, "las que a través de los años y de las mutaciones siguen dando forma a los deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la ciudad o son borrados por ella".

María del Río, Historiadora.
Participante en el V Encuentro en la Arquitectura

                                                                                                                                               Volver