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L A M U J E R C O N S T R U Y E W o m e n w h o b u i l d |
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"TRAS LAS HUELLAS DEL SER: LUGARES CONSTRUÍDOS". MARÍA DEL RÍO, historiadora. |
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Los
lugares son mucho más que espacios construidos, son ámbitos de vida,
puentes que tiende la memoria al olvido y a la necesidad de existencia
futura. Así el hermoso proyecto de Teresa la Rocca, con el mar
como vértice, lugar de reivindicación del valor de la pausa, ante la
vertiginosa actividad que el progreso alimenta, pone el espacio en la
adecuada relación con el tiempo, y al ser consigo mismo y con su
espacio, relacionando los lugares más distantes: suburbios,
vertederos... con la ciudad abierta a la mirada y al recorrido de los
pies que caminan. La
evidencia del ser es el estar, y es ubicable, se encuentra manifiesta en
los bordes del espacio ocupado, y gracias a ese aparente vacío, que no
es tal, y que lo envuelve, es por el que la percepción de la
exterioridad de los cuerpos se hace posible; el ser no es aprehensible límite
contra límite, pared contra pared, piel contra muro; sino como afecto
del espacio comprendido entre él y el límite, como posibilidad de
relación entre él y el resto de los cuerpos presentes también en el
lugar en que se encuentra. El grupo Las Mujeres y la Ciudad
alienta este sentir del espacio no constreñido, hacerlo propio.
Vincularlo al afecto y al quehacer cotidiano, buscando hacer posible la
movilidad, a través de la mejora en la accesibilidad no selectiva del
transporte público, de vías practicables, de comunicaciones no
rodadas: elaborando propuestas que hagan de barrios y redes de
transportes elementos propicios al deseo de habitar el suelo que se pisa
y las paredes que lo distribuyen. El
espacio, en tanto lugar para ser, se nutre del afecto y no existe previo
al estar ocupado sino como pre-ocupación de la mujer o el hombre que lo
habita. Su esencia es el encuentro del ser consigo mismo y con el otro.
El ser humano social interviene el espacio inevitablemente, por ello su
cambio ha de llevar implícito un cambio en los conceptos espaciales. La
ciudad se expande geográfica y demográficamente de manera
aparentemente imparable, (sobre todo en los países más pobres) pero
parece perder su esencia misma: la irrenunciable necesidad que han de
sentir sus habitantes de habitarla. Como afirma Luis Segundo Arana la
ciudad es algo más que un asentamiento humano; se adscribe al
desarrollo del individuo desde su percepción y es fruto de la identidad
y de la diferencia, de la suma de experiencias y proyectos de vida; cada
avenida, cada jardín, cada casa... se vuelven referentes del paisaje y
del ser humano que lo transciende vinculándolo al pensamiento
y a la memoria. En
la importante tarea de edificar, de urbanizar, de construir, cabría
esperar que estuviera incluida también la memoria: geográfica, sociológica,
histórica y emocional, de las mujeres y de los hombres a los que se
dirige. La viabilidad de proyectos en este sentido se pone de manifiesto
en las obras presentadas por Hella Bousema y Hend Mrabet en Túnez,
o en las construcciones de Soheir Farid, en Egipto; porque todo
proyecto de arquitectura implica un proyecto de vida, no es
unidireccional, sino que queda enmarcado por el ser y por el estar del
ser, y por lo tanto queda intervenido desde su esencia por la necesidad
de proyección recíproca entre él, el habitante, y el medio ambiente
en el que se enclava. Existe
un modo de construir cuyo eje vertebrador es el crecimiento del ser
humano y otro que lo deja al margen, y cuyos argumentos no pasan de ser
teorías más o menos afortunadas. La necesidad de ciudades que crezcan
al abrigo de la memoria, cuyo tejido estructural corra parejo al devenir
humano que las sostiene, a la naturaleza sobre la que se asientan y a
las necesidades concretas que las articulan es acuciante, sobre todo en
un tiempo en el que la ciudadanía puede ser cualquier cosa menos idéntica.
)Dónde quedan los lugares para el desarrollo de mujeres y hombres
diferentes: para la infancia, para la vejez, para los grupos cada vez
mayores de inmigrantes, para los discapacitados física y psíquicamente,
para los económicamente desfavorecidos, y para tantos seres humanos
cuya vida no se fundamenta en los mismos parámetros que los que la
sociedad del bien-estar favorece?. La perspectiva de género es
necesaria, porque como afirma Annie Vrychea, incluye otras
disciplinas, como la antropología o la sociología que redimensionan el
concepto de lugar construido, y lo hacen formar parte de la identidad
del ser que los habita; porque atiende a la sociedad de manera
responsable, posibilitando, como nos dice Ascensión Martínez,
un verdadero sentimiento de ciudadanía. Afortunadamente arquitectas y
arquitectos, como Pedro López; Montserrat Periel; o Marina
Sender y Maite Palomares nos demuestran que es posible encontrar
soluciones no excluyentes, realmente eficaces, hermosas y viables. Las
palabras de la escultora Eva Lootz: "construir
es construirse, para luego desprenderse de sí", son,
quizás, la clave olvidada y necesaria para la creación de espacios
para la vida. La ciudad, la calle, la casa, no son entidades
diferenciadas y dispersas, sino revelaciones del espíritu, un estado
del alma, afirma Bachelard; devienen de la experiencia y del deseo en intimidad. La ciudad
inscribe al ser humano en su estructura como cuerpo sensible, necesitado
de diálogo, proporcionándole espacios donde percutir. Se vuelve
habitable porque le procura lugares re-presentados para la vida, para la
identidad, el recogimiento o el encuentro, haciendo que la constancia
del habitar haga de cada lugar un posible asentamiento para la memoria.
La ciudad, la calle, la casa, son el soporte para la creación de un yo
coherente y referenciado, donde las presencias, y también las
ausencias, tengan cabida. La
ciudad habitable acoge, se conforma por superposición de huellas. No
importa la forma final, porque nunca la adquiere totalmente; se
encuentra en continua transformación, atenta a los cambios, metamorfoseándose
constantemente, para adaptarse, como una auténtica piel, a los seres
humanos que la habitan. Sin duda cabría decir de ellas, citando las
palabras de Ítalo Calvino, que las ciudades pueden dividirse en dos
tipos, "las
que a través de los años y de las mutaciones siguen dando forma a los
deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la ciudad o
son borrados por ella". María
del Río, Historiadora. |