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L A M U J E R C O N S T R U Y E W o m e n w h o b u i l d |
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"LAS
PLAZAS MEDITERRÁNEAS PARA LAS MUJERES Y LA PAZ: DATOS CULTURALES Y MEDIOS
POLÍTICOS". |
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¿Podría
uno creer que esta ciudad posee una vocación particular y que mantiene
con la arquitectura una relación privilegiada? No
tengo competencia alguna para hablar sobre arquitectura, no voy a
hablarles acerca de su arte, voy a explicarles por qué me he implicado
esta mañana, por qué he intentado organizar los concursos de
Arquitectura y crear una red de ciudades que, suscrita bajo iniciativa
de la UNESCO, se llame simbólicamente: “Las Plazas Mediterráneas
para las Mujeres y la Paz”. Explico su nombre: Hemos elegido el
bello nombre de “La Plaza”,
porque designa un lugar emblemático en la ciudad donde se reunían los
poderes políticos, culturales y sociales. Hemos elegido el de “La Paz” porque pensamos que un buen diseño de la ciudad,
contribuye a su apertura y a la vida en armonía de sus habitantes, sea
cual sea su clase social, sexo o cultura. La cultura mediterránea ha
otorgado a la humanidad y al arte de vivir, sus propias formas arquitectónicas,
el patio y la plaza, contrarias y complementarias, dos formas que no cesan de
interpelarnos. Estas
son las reflexiones que deseo realizar con Vds. con ocasión de
participar en el “V Encuentro en la Arquitectura” de la Universidad
de Alcalá, pues aclararán el por qué
he introducido a la arquitectura en el corazón de mi trabajo,
cuyo objetivo final es reforzar la participación de las mujeres y
promover la democracia y la paz en el entorno Mediterráneo, con las
mujeres y, también, para las mujeres. ¿Cómo
escaparse de la arquitectura? Se dice que para apreciar el nivel de
democracia de un país hace falta saber
cual es el “estatus” de las mujeres. Me gustaría parafrasear esto y decir que para conocer el nivel cultural de un país
basta con contemplar sus ciudades, su urbanismo y las decisiones
arquitectónicas de sus dirigentes. A-culturalismo, subdesarrollo,
capitalismo salvaje, megalomanía de poder, autoritarismo o democracia
participativa, con relación al entorno, a los niños, a la estética, a
la ética... Las ciudades se leen como libros abiertos y nosotros somos
capaces de leer sus secretos, sus problemas más profundos, la historia
de sus instituciones a lo largo de sus calles, de sus muros y
encintados, de sus barrios residenciales, de sus guetos; en los lugares
de culto y en los lugares “corrompidos”, en las vías de gran
velocidad que atraviesan las ciudades, en sus monumentos... que, a
veces, son simples pastiches de épocas pasadas, las llamadas “edades
de oro” que están en la memoria de las gentes... Los tonos del hormigón
colado a la orilla de los desiertos, los árboles arrancados, las
recordadas mezquitas de
Damas, nos dicen más sobre los príncipes que han gobernado, que al
leer algunos tratados de
Ciencias Políticas. Los dorados altares barrocos con complicadas
esculturas dentro de la sobria y austera Mezquita de Córdoba, nos
aclaran más sobre Felipe, que un libro de historia. Más de un aspecto
de la arquitectura aparece incluido dentro del cuerpo de las Ciencias
Humanas, nos hace entender la sociedad y nos proporciona medios para
actuar . Lo
que a mi me parece, que no soy arquitecta, que me ocupo de la condición
de las mujeres, que me intereso por la democracia y por la cultura, es
que el grado de funcionamiento de un país puede ser apreciado por medio
de su arquitectura. ¿No es verdad, por otra parte, que hoy más que
nunca las ciudades y su diseño se encuentran en el centro del debate
político y que son una prueba más de su “buen gobierno” ? Las
ciudades parecen ser, cada vez con mayor fuerza, protagonistas de las
relaciones entre los países, son capaces de comunicar directamente, se
apoderan del prestigio, antes atributo
exclusivo de los estados. Y
cuando hablo de “cultura” quiero sobre todo expresar la capacidad
que posee una sociedad de integrar los cambios provocados por los
efectos de la globalización, a través de modelos de desarrollo económico
y social, cada vez más presentes. Se trata de la capacidad de acompañar
a estos movimientos. Para nuestra región esta observación es
fundamental, en la medida en la que prácticamente ninguna de las
ciudades del entorno mediterráneo ha sabido crear vínculos, puentes,
entre los núcleos históricos de importancia cultural en los que su
desarrollo urbano se ha producido a partir de la segunda guerra mundial.
Tal como yo, sin duda Vds., se habrán paseado por Sicilia, por La
Sardana, por Les Pouilles, por Andalucía, por Kabylia y se habrán dado
cuenta como esas zonas mediterráneas han tenido y tienen dificultades,
en acompañar a estas transformaciones económicas y sociales. Y si
decimos con razón, que las ciudades mediterráneas se caracterizan por
sus ramblas,
por “la Gran Vía” de las películas del neorrealismo
italiano, por las terrazas, por los paseos marítimos, por las calles
umbrías, por las plazas, protagonistas de la vida urbana, haría falta
añadir también las imágenes actuales de centros asfixiados, atrapados
por las nefastas consecuencias surgidas ante la dificultad de organizar
adecuadamente el crecimiento brutal de la población, los éxodos
rurales, la modernización o la masificación del hábitat. La primera
vez que visité Les Pouilles, Sicilia o Andalucía... me quedé
impresionada por el fenómeno de las “verrugas” que rodean los
centros históricos y que representan una parte muy importante de los
asentamientos humanos. Antes
de llegar al corazón de la civilización, a la “cultura” de las
ciudades, se atraviesa un zona terrorífica que carece de edad y de
significado, que carece de belleza y de alegría. Y llegando al centro,
uno se encuentra con vestigios dormidos, a menudo abandonados por sus
habitantes y entregados a un uso indebido. ¿Qué podría decirse de la
Casbah de Argel, del barrio Panier en Marsella? Hoy, hay que admitirlo,
se nota una cierta mejoría, al menos en lo que concierne al Mediterráneo
Europeo. Bajo el impulso de la Unión Europea algunos gestores de
ciudades parecen haberse hecho cargo del problema. Así se pueden citar
los Programas de Rehabilitación de Lisboa, de Marsella, de Bari o de
Palermo, que se están
desarrollando en estas ciudades y en sus cascos históricos. Barcelona,
Nápoles y otras ciudades intentan con éxito, atrapar el tiempo. La
reapropiación de los cascos históricos es uno de los índices que
marcan el despertar de estas ciudades y su entrada en la modernidad. Los
medios económicos y financieros puestos a disposición de algunas
ciudades del sur, explican en parte ese cambio espectacular; para
entender los hitos culturales del sur moderno, hacen falta razones económicas. Durante
todo el S.XIX el sur se convirtió en una región sobre explotada y pobre
dentro del conjunto, que no conoció el desarrollo industrial de las
grandes ciudades del norte y cuando lo consiguió fue para convertirse
en un territorio “deslocalizado”, después de haber sido una reserva
de mano de obra. El sur apenas acaba de salir de esa época terrible, en
la que barrios enteros se hundían. La
primera vez que visité Lisboa, hace veinte años, era la ciudad de la soledad, de la nostalgia, con sus palacios abandonados, sus calles
insalubres, el barrio del puerto con sus pequeños restaurantes de
pescado, en el límite absoluto de unas mínimas condiciones higiénicas.
También visité Marsella hace veinticinco años y era la avanzadilla
europea de las ciudades hormigueros, desordenadas y empobrecidas del
norte de África con barrios enteros arruinados. Y entonces en Nápoles
se alcanzaba la cota más sublime, por lo grotesca, una ciudad que
estaba más próxima a Goya que a Boticelli. El sur, que había sido el
determinante histórico en el plano cultural, que había erigido modelos
de ciudades, de arquitectura, modelos de entender la belleza, se había
quedado distanciado en la historia. El S.XX encontró a estas grandes
metrópolis transformadas en ciudades dormitorios, sobre las que los
cambios acaecidos después de la segunda guerra mundial, habían
producido un efecto de estallido, de aplastamiento. Les
hablo de las ciudades como paseante, no como especialista en historia
urbana. Estos son los pensamientos que me han movido a promover, dentro
de la UNESCO, actividades con relación a la arquitectura. Como testigo
de estos “hitos”, testigo desgarrador, perteneciente a una generación
puente que conoce la ciudad mediterránea provinciana centrada en un
nudo histórico y que se encuentra colérica ante la ciudad
explosionada, imposible, aquella donde las mujeres y los hombres han
perdido toda referencia. Estas ciudades, con sus “áreas
dormitorios” que, en contraposición con las ciudades norteñas, jamás
se llegaron a transformar en ciudades modernas. Haría falta ver allí,
entre otras cosas, la marca de la ciudad mediterránea antigua
concentrada en torno a su centro y que gira sin cesar a lo largo de los
siglos, en torno a su plaza, su piazza,
su pace, su djemaa, sin
poderla trascender. Cuando pienso en mi pobre ciudad de Argel- que
mantuvo en cautividad, no se si Vds lo saben, a un ilustre muchacho
oriundo de Alcalá de Henares, a Cervantes- bien puedo decir que allí
el desastre es aún mayor, porque el esquema está próximo al
paroxismo: el centro ha sido invadido por la periferia, el mundo rural
ha clavado su espada en el corazón de la ciudad, igual que el torero
clava su espada en el corazón del toro, para matarlo. Y si hoy todavía
es capaz de seducir, es porque las obras, o mejor dicho las “malas
obras” de los hombres, no pueden impedir su belleza. No
es evidente escoger la arquitectura como campo de reflexión y de
intervención. Los programas de mujeres están sobre todo enmarcados
dentro de las ciencias humanas tradicionales, después, tímidamente, se
abordan otras disciplinas como las ciencias de la salud, el psicoanálisis...
pero la arquitectura... poco o nada. Las iniciativas como las del grupo
La Mujer Construye son raras y hacen que se planteen interrogantes,
dudas, que provienen de las propias mujeres arquitectas. Muchas nos
preguntan... ¿Por qué plantear esta cuestión en términos de
diferencia entre sexos? ¿Por qué abordar la problemática de las
ciudades a través de la participación de las mujeres? Casi todos los que participan en nuestras encuestas sobre la
ciudad nos plantean: ¿por qué es tan importante pensar el lugar de las
mujeres en la arquitectura? Hay
al menos dos buenas razones para hacerlo. Hemos
visto el impacto de la arquitectura, de las decisiones urbanísticas y
de lo que revelan, sobre la manera de hacer política. Haría falta
insistir ahora sobre los vínculos entre la parte imaginada y la parte
aprisionada de las ciudades, en los proyectos diseñados por una
sociedad. El arte de construir las ciudades nos enseña más sobre
nuestras sociedades que los estudios y estadísticas. El diseño de
nuestras ciudades nos dice de golpe donde se sitúan los poderes de la
Ciudad. La Plaza della Signoría de
Florencia ¿no es un resumen de la historia política del Renacimiento?
Construida a la vez que el “David” de Miguel Ángel, que el
“Hercules y Cactus” de Bandelli, afirma la continuación del poder
de los Médicis y el triunfo de la idea republicana. La Plaza de la
Signoría, antes de ser una puesta en escena de artistas, ilustraba el
poder de los ciudadanos sobre la Iglesia y sobre el Príncipe. Partiendo
de esta constatación, quisiera decir ahora que la elección de la
implantación de las ciudades, de sus plazas, de sus arterias, sus
relaciones con el campo circundante, la implantación tanto de los
lugares de culto como de cultura, tienen un peso muy importante en el
devenir social. Estamos todos de acuerdo hoy en reconocer la parte de
responsabilidad que tiene el diseño arquitectónico de la ciudad en la
violencia urbana. Ya se han destruido entornos de ciudades, en
los países que han tenido los medios económicos para llevar a
cabo algunos de los más
terribles sueños calamitosos, durante los años sesenta. Pero
diréis ¿por qué las mujeres? Porque sencillamente consideramos que lo
que concierne a las ciudades es de orden político y nosotros hemos
emprendido una acción general para promover la participación de las
mujeres en la vida política de sus países. Esta preocupación de
reforzar el papel de las mujeres en la arquitectura, converge y vuelve a
unir las múltiples intervenciones desarrolladas por el movimiento
feminista después de los sesenta, para hacer admitir que las mujeres no
deben de ser constreñidas en los papeles de madres y de amas de casa
sino también han de ser consideradas como individuos capaces de
promover un mundo de pensamientos, de ideas y de creación. El impacto
de la arquitectura y del urbanismo es demasiado importante para que las
mujeres no reivindiquen dentro de las reglas del juego, un papel a la
medida de sus capacidades profesionales. A través de la arquitectura,
se puede comprender y concretar una voluntad de cambio. Mejor que la
sociología, que la economía, la arquitectura y el urbanismo son
capaces de inscribir en la realidad los pilares de un modo distinto de
“pensamiento”, de análisis. Transforman el saber en “objetos”
tangibles que se pueden tocar por la mano, y tienen, esto es evidente,
influencias sobre los comportamientos, sobre las relaciones sociales.
Pueden ayudar a escribir nuevas formas de vida. ¿Cómo entonces no se
puede querer garantizar el acceso de todas y de todos al proceso de
construcción de las ciudades, a todos los que poseen el arte de diseñar
y de construir las ciudades? Partiendo de este comentario, no se trata
entonces de establecer ventajas en los problemas particulares que se
encuentran las mujeres para acceder a los puestos de decisión en estos
campos, así como en otros sectores de la vida social. Se trata de una
cuestión de simple justicia, pero también porque hemos hecho una
apuesta, la apuesta de que las mujeres tienen otras cosas que decir. Y
ahora hablaré sobre la segunda buena razón por la que deseo que más
mujeres arquitectas participen en proyectos de decisión. Quisiera
hacer una pausa que les invite a recoger bien el sentido de mis palabras
siguientes. No pretendo hacer aquí una larga disertación sobre el
feminismo pero no me quedará más remedio que resumir un largo camino
lleno de debates y de controversias, al punto en el que hoy nos
encontramos, en equilibrio entre las tesis de la diferencia -sexual- y
de la igualdad -de sexos-. La diferencia biológica, la diferencia de la
naturaleza, no puede considerarse como el parámetro exclusivo que
determina nuestra demanda de una mayor participación, y por otra parte,
la igualdad de derechos, no implica similitud. Es a partir de esto sobre
lo que hacemos la apuesta de que las mujeres tienen cosas diferentes que
decir, y que son necesarias para el conjunto de la sociedad. Es una
diferencia cultural construida a partir de la diferencia de papeles que
determinan intereses diferentes, preocupaciones distintas, en las que
basamos nuestra marcha. Son
este conjunto de diferencias las que hace falta promover, las que hace
falta ayudar a que se tomen en cuenta. Esta
obligación se encuentra en el corazón del cambio y de la modernidad, y
sitúa a las mujeres en una posición privilegiada en las
transformaciones de la sociedad. Porque ellas tienen todo por ganar con
el cambio, porque ellas son ellas mismas en su identidad más íntima,
en el corazón de un gran transformación, las mujeres se encuentran a
la cabeza de los movimientos que transforman
nuestras costumbres y nuestras maneras de vivir. Las mujeres desean y
piden que las ciudades, la organización del tiempo, del trabajo, del
ocio, se conviertan en objetos de discusión, de concertación. Proponen
convertir estos temas en objetos prioritarios. Ellas saben que la delincuencia, la seguridad de los
niños, la defensa de las zonas verdes, tienen una incidencia directa
sobre su vida, sobre la de su familia. Las mujeres arquitectas están
encontrándose exactamente con estas preocupaciones y saben que existen
soluciones que ellas pueden aportar. Esta
cuestión de aproximación sexual bien fundamentada, es recurrente. Y
descoloca, inquieta. Ciertas jóvenes profesionales rehúsan dejarse
llevar por la problemática de la diferencia de sexos. Ellas no tienen,
según dicen, ninguna dificultad en su trabajo. Si aceptamos esta visión
de las jóvenes, habría que admitir que las mujeres son realmente
diferentes, porque las estadísticas nos dicen que las mujeres estamos aún
en minoría, y algunas veces incluso ausentes en los grandes campos del
pensamiento, de la creación, de la política, de la ciencia.... Las que
están allí, es de manera excepcional, a título de ejemplo. Y las que
han llegado a estar “bis a bis”, o de “igual a igual”, su vida
es un ejemplo de largo y difícil recorrido por el que han tenido que
pasar, para pensar, crear y conquistar esa habitación
propia que nos describió Virginia Wolf. George Sand, la escritora
enfadada; Camile Claudel, la escultora internada; Marie Curie, premiada
con el Nóbel gracias a su marido; Charlotte Perriand, que se escapó por
los pelos de la influencia de Le Corbusier; tantos destinos difíciles y
significativos. Una
palabra más sobre la cuestión de la aproximación a través de la
diferencia de géneros. Se trata de explicar lo que yo llamo el lugar
privilegiado de las mujeres en el cambio. Esta aproximación puede
parecer optimista porque en general, el papel de las mujeres en el
mantenimiento de las tradiciones está muy a menudo, por delante de su
capacidad para los cambios. Sobre esta cuestión de las mujeres y de la
modernidad, hemos constatado que a menudo, en efecto, las mujeres ponen
freno a los cambios. ¿No será que ellas tienen como prioridad la
educación de los más pequeños, a los que transmiten las imágenes,
los papeles? La superioridad del pequeño varón en el gineceo nos dice
mucho sobre adoración materna de su “virilidad”, y ese afecto
libidinoso de las mujeres, se transforma en machismo. Todos y todas serán
entonces prisioneros de un sistema que asignará a cada uno su lugar. Las
mujeres son todavía, las más fervientes sostenedoras y defensoras de
un sistema que las discrimina. Como tienen miedo al cambio, se vuelven
frágiles. El patriarcado puede perpetuar su poder sobre las mujeres,
haciéndolas dependientes, otorgándoles el poder del hogar,- un mito de
vida que aún perdura en el Mediterráneo, porque ellas quieren y hacen
respetar “la ley de los hombres”. Si pensaran diferentemente, sin
quisieran diferentemente, si desearan seguir otra regla, serían
excluidas del grupo, de la casa, de la familia. Hace falta darles medios
para conseguir la libertad. No todas las mujeres pueden emprender una
vida de “aventura” unidas a grupos vanguardistas, pagando un precio,
a veces, demasiado fuerte. Hoy en día son cada vez más numerosas para
desear, para poder y para tener ganas de un cambio. Pero deben, en
primer lugar, asegurar su papel de madre, sea cual fuere la participación
del padre, ellas son las principales responsables de todo lo que
concierne a la familia. Más que la diferencia de sexos, es la familia,
lo que explica la discriminación de las mujeres. Cuando
eligen el cambio, son más libres porque tienen, sin duda, menos
privilegios que defender. Y también, como durante siglos han sido
obligadas a resolver los problemas de la cotidianeidad, tienen un
sentido práctico al aproximarse a las ciudades, porque es nuestro tema,
la ciudad y la casa; tienen una mirada crítica enriquecida, libre de
dogmatismo, atada a la realidad. Esto no quiere decir que sean incapaces
de soñar. No caeré en la imbecilidad de creer que las mujeres van a
cambiar el mundo, no, hoy no pienso ya más que en los grandes
movimientos para el cambio. Las mujeres tienen un lugar importante
cuando se sitúan al lado del cambio porque se sienten formando parte de
él. Sabemos del papel que asumen en las modificaciones de la familia y
en la relación entre las distintas generaciones. Como los niños, ellas
piden reformas, pero al mismo tiempo deben de asumir las consecuencias. No
se tiene la costumbre de decir que la mujer tiene al menos una doble
jornada de trabajo, en la oficina y en casa. Haría falta aportar la
prueba indiscutible de que ellas acompañan a la evolución, pagando un
precio demasiado alto. Entonces, las residencias de ancianos, las
guarderías, los espacios de ayuda para jóvenes y mayores, todo ello
les concierne más que a ninguno dentro de la Ciudad. ¿Como van ellas a
participar en los asuntos de la Ciudad sino dando un paso adelante,
hacia sus intereses? Están situadas en la primera fila del cambio,
tienen el deseo de cambiar, pero sólo en la medida en
que su herencia -la educación de los niños- forme parte del
conjunto del cuerpo social, o al menos se sostenga gracias a él. ¿Ha
sido motivado por el azar que aquí mismo, el año pasado, se rindiera
un homenaje a una mujer pionera cuyo talento se dio a conocer a través
de “una cocina”? ¿Ha sido el azar de que a una arquitecta, Grethe
Schutte-Lihoztki, fuera homenajeada en esta misma aula y dentro del IV
Encuentro en la Arquitectura, por haber sido la primera que pensó en la
necesidad de organizar un espacio para cocinar? En
los trabajos preparatorios que hemos realizado para el IV Foro de las
Mujeres del Mediterráneo que se celebrará en Dubrovnik en julio de
2001 con el tema “Las Mujeres y la Ciudad”, hemos constatado el
papel importante de las mujeres en la gestión de las crisis y de los
conflictos en el interior de los suburbios, y su muy activa presencia
dentro de las asociaciones que se dedican al diálogo entre culturas.
Para terminar con este punto voy a mostrarles uno de los resultados de
los coloquios organizados en Marsella para la preparación del Foro. Nos
habíamos reunido con unos grupos de mujeres de los barrios del norte de
la ciudad, barrios de emigrantes que conocen todos los problemas que se
puedan Vds imaginar. Pues bien, esas mujeres, sin ninguna instrucción,
se pusieron de acuerdo en decir que una de las causas de la
delincuencia, era la autopista que separaba el barrio de la ciudad. He
aquí lo que resume lo que nos han dicho las organizadoras de estos
Encuentros, la arquitectura, está hecha para el hombre y para la mujer
y, es necesario repetirlo, pues esta evidencia a menudo se olvida dentro
los planes urbanísticos, aunque hay que también reconocer que existe
una evolución actualmente dentro de Europa, y que los planificadores,
hombres o mujeres y sus ayudantes,
y los políticos, hombres o mujeres, son cada vez más sensibles hacia
estos problemas. Pasearse por una ciudad europea se ha convertido en un
placer, placer para los ojos, placer para el cuerpo. La ciudad y sus
espacios arrancados a los coches, sus lugares para la estancia, para
callejear por sus callejuelas. La
modernidad posee atributos que se han dado en llamar femeninos. Sin
querer reabrir el debate infinito de lo femenino y de su
contrario, aceptemos esta definición y digamos presuntuosamente que las
ciudades del mañana serán femeninas. Para
concluir con esta contribución al trabajo del V Encuentro en la
Arquitectura, querría insistir sobre la hermosa declaración de
Cristina G.- Rosales, que ha dicho: “Queremos,
mediante nuestro grupo La Mujer Construye, comunicar a nuestros amigos
de otros países del Mediterráneo, nuestras ganas de conocerles y
transmitirles nuestro deseo de construir entre todos un mundo
mejor.” Yo me uno a estas palabras con otras sobre el
Mediterráneo que es el segundo punto de estos Encuentros. En
nuestra región Mediterránea, esta declaración de principios, conocer al otro, tiene una resonancia particular. Nuestro tiempo
presente, por no hablar más que de este momento, está atravesando
muchas crisis, tensiones, guerras, violencia que ha circulado desde una
orilla a la otra, durante siglos. Nos miramos demasiado a menudo, como
enemigos. Hoy todavía. Y cuando realizamos informes exacerbados- sobre
racismo o xenofobia- constatamos que nos consideramos extranjeros unos
de los otros. Haría falta
reconocer que hemos recibido por herencia un mundo difícil. Detrás de
un mar azul, tan azul... existen guerras y conflictos por la conquista
de un territorio y también por la defensa de la supremacía de dioses
celosos y exclusivos. Estos antagonismos, hoy en día, toman otras
caras, pero no estamos tan lejos de la época cuando la Armada
Invencible del Rey Carlos V fue a Túnez para castigar a Barbarroja por
haber osado desafiar la supremacía del Emperador Cristiano en el
Mediterráneo! Carlos V, el vencedor de los musulmanes, sería recibido
con alegría en Roma por el Papa y por el pueblo, como heredero del
destructor de Cartago. La historia no rompe jamás sus amarras,
alimenta, sin tregua, la fe de los hombres en su destino y la envidia de
su victoria sobre los otros. Hoy en día han surgido otras máscaras, máscaras
escondidas que se llaman integrismo, racismo, xenofobia, el odio al
“otro”. ¿Como
podemos vivir tan cerca los unos de los otros con tanto odio, tantos
obstáculos para comprenderse mejor, para respetarse? Existe una
respuesta, modesta pero concreta, que las arquitectas fundadoras de La
Mujer Construye y organizadoras del Curso de Primavera, aportan ante
esta pregunta. Ellas aportan un contenido sustancial a este pensamiento,
que es el mestizaje. Porque no es suficiente saber que desde el balcón
de una habitación del Hotel Reina Sofía en Algeciras, allí donde se
reunieron los poderes europeos para repartirse África, desde ese balcón
se ven las costas marroquíes. Hace falta todavía comprender al otro,
aceptar sus diferencias y encontrar el camino para el diálogo. Esta
inquietud es lo que ha conducido a los países de la Unión Europea a
lanzar la idea de crear una zona Euromediterránea donde se desarrollen
encuentros, crear una cooperación para reducir las diferencias entre
las dos orillas. Para el éxito de tal empresa se han embarcado en
Programas de desarrollo económico pero también en intercambios
culturales, en el reforzamiento de la sociedad civil, de las mujeres, de
los universitarios, de las ONGs, de los intelectuales, de los artistas,
de los defensores de los derechos humanos. Esta política lanzada en
1996, es con la que nosotros debemos de contribuir. La arquitectura no
es un tema que se preste a la comparación común, al reparto. ¿No
tenemos nosotros en común, cada uno a nuestra manera, la “casa
mediterránea”? No nos encontramos con un hilo conductor que se
mantiene en todos los vocablos, en todas las lenguas, el patio
romano, sin el que Sevilla no sería Sevilla, el
patio romano que los árabes ahora están obstinados en reivindicar.
Ese patio romano que marca mi
infancia en la gran casa turca que mi bisabuelo tenía sobre la cornisa
de Santa Eugenia en Argel, cercana a los baños romanos donde se
encuentra el mausoleo de mi familia. Continuidad, recuerdos... que puedo
decir cuando desde el piso séptimo de mi hotel, en pleno corazón de
Valencia, cuando el día se acaba, viendo la sucesión de cubiertas
aterrazadas dominadas, por aquí y allá, por las torres cuadradas de
las Iglesias, como si fueran minaretes, el espectáculo me hace pensar
irresistiblemente en Fez... Qué importa si al descender a tierra uno no
ve más que las fachadas barrocas de la España post-musulmana, que
llega a su cima en un palacio transformado en museo, el Museo Nacional
de Cerámica González Martí. Qué importa que desde lo alto de mi
poste de observación, utilizando, ensoñadoramente y con audacia, la
historia, las ciudades y su arquitectura, piense en todas estas
similitudes y en sus rezagados fondos de conquistas, de reconquistas, de
partidas, de migración, de mezclas, de mestizajes. Sí, de mestizajes. Esta
vuelta al pasado nos puede ser hoy de mucha utilidad. El mestizaje
evidente de nuestras culturas significa algo en relación a las
diferencias. Si se comparan nuestras ciudades, ¿se podría pensar
razonablemente que queremos unir nuestras maneras de trabajar, de crear?
Es evidente que la distancia entre las dos orillas se hace cada vez más
grande. Tan grande que a veces me recuerda a una novela de Saramago, en
la que la Península Ibérica se separa del continente y flota a la
deriva en medio del Océano, y tengo la impresión que el Magreb se
despega, tan fuerte está en mí
la idea que el sur del Mediterráneo, entre las dos orillas, no está
separado, se despega y se va a la deriva hacia no se sabe
donde...hacia lo desconocido, tanto que yo misma no me puedo ni imaginar
pues estoy impregnada y unida en este mestizaje. Europa
está construida sobre las ruinas del Imperio Romano, en una configuración
consecuencia de la ruptura en dos del mundo mediterráneo por la llegada
de los musulmanes en el S.VII. El mundo cristiano se desarrolló hacia
los territorios desconocidos de lo que hoy es el norte de Europa. La
Reconquista Cristiana, con sus avatares del S. XIX, la pérdida de sus
colonias y de parte de su pasado, aunque sea difícil de volver la página
y olvidar, para unos y para otros. Somos todos, unos y unas, otros y
otras, los que hemos de formar parte de la reconstrucción de este mundo
Mediterráneo. Un Encuentro como este que nos reúne en torno a la
arquitectura es una manera modesta pero eficaz de tejer lazos entre
nosotros y de impedir que se vaya a la deriva demasiado lejos, esta
“Isla del Occidente”, que es como los ancianos geógrafos árabes
llamaban a los países del Magreb, que significa occidente en árabe. Es
con este espíritu con el que yo he lanzado la idea de un Concurso de
Arquitectura para las Mujeres de los países del Mediterráneo. Tejer
lazos, abandonar las imágenes negativas, los estereotipos. Enseñar que
existen, allí al lado, al sur del sur, otros, hombres y mujeres que
comparten las mismas ambiciones, los mismos sueños, que tienen también
talento, que saben hacer bien las cosas, sus oficios. Mujeres que
piensan en sus ciudades, que luchan por sus derechos. Hace falta mostrar
que se puede participar en la aventura humana sin pertenecer a uno sólo
de los lados, sino a todos. Wassyla Tamzali, UNESCO Ex-directora del Programa “Mujeres del Mediterráneo” |