ASOCIACIÓN 

L A   M U J E R    C O N S T R U Y E

W o m e n   w h o   b u i l d

  "LAS PLAZAS MEDITERRÁNEAS PARA LAS MUJERES Y LA PAZ: DATOS CULTURALES Y MEDIOS POLÍTICOS". 
   WASSYLA TAMZALI, UNESCO, ex- directora del programa "Mujeres del Mediterráneo".
                                                                                                   


Estoy muy contenta de estar hoy de nuevo en Alcalá de Henares, donde he venido ya varias veces siempre por motivos que tienen que ver con la arquitectura. Puedo decir, por ello, que para mí esta ciudad está ligada a la arquitectura. La primera vez fue para reunirme con los responsables del Ayuntamiento y proponerles la organización de un concurso de arquitectura abierto a las arquitectas de los países ribereños del Mediterráneo; la segunda, para dirigirme a los estudiantes dentro del marco del Curso de Primavera, por invitación del grupo de arquitectas La Mujer Construye y del Instituto Español de Arquitectura en el “IV Encuentro en la Arquitectura: La casa mediterránea”; la tercera, fue para discutir un proyecto ambicioso lanzado por el Instituto Español de Arquitectura y apoyado por el Rector de la Universidad, que intentaba organizar la primera Trienal de Mujeres Arquitectas del Mediterráneo; y, cuando mi propuesta del concurso fue aceptada, volví de nuevo con los miembros del jurado- Gae Aulenti de Milán, Teresa La Rocca, arquitecta ganadora del concurso de arquitectura de Argel, etc- para visitar el lugar del concurso en Alcalá de Henares, la Plaza del Huerto de los Leones situada detrás de la Iglesia Magistral-Catedral, cerca de la Plaza de los Santos Niños, con objeto de establecer las bases del concurso. Hoy me encuentro de nuevo aquí, delante de Vds.

¿Podría uno creer que esta ciudad posee una vocación particular y que mantiene con la arquitectura una relación privilegiada?

No tengo competencia alguna para hablar sobre arquitectura, no voy a hablarles acerca de su arte, voy a explicarles por qué me he implicado esta mañana, por qué he intentado organizar los concursos de Arquitectura y crear una red de ciudades que, suscrita bajo iniciativa de la UNESCO, se llame simbólicamente: “Las Plazas Mediterráneas para las Mujeres y la Paz”. Explico su nombre: Hemos elegido el bello nombre de “La Plaza”, porque designa un lugar emblemático en la ciudad donde se reunían los poderes políticos, culturales y sociales. Hemos elegido el de “La Paz” porque pensamos que un buen diseño de la ciudad, contribuye a su apertura y a la vida en armonía de sus habitantes, sea cual sea su clase social, sexo o cultura. La cultura mediterránea ha otorgado a la humanidad y al arte de vivir, sus propias formas arquitectónicas, el patio y la plaza, contrarias y complementarias, dos formas que no cesan de interpelarnos.

Estas son las reflexiones que deseo realizar con Vds. con ocasión de participar en el “V Encuentro en la Arquitectura” de la Universidad de Alcalá, pues aclararán el por qué  he introducido a la arquitectura en el corazón de mi trabajo, cuyo objetivo final es reforzar la participación de las mujeres y promover la democracia y la paz en el entorno Mediterráneo, con las mujeres y, también, para las mujeres.

¿Cómo escaparse de la arquitectura? Se dice que para apreciar el nivel de democracia de un país hace falta saber  cual es el “estatus” de las mujeres. Me gustaría parafrasear esto y decir que para conocer el nivel cultural de un país basta con contemplar sus ciudades, su urbanismo y las decisiones arquitectónicas de sus dirigentes. A-culturalismo, subdesarrollo, capitalismo salvaje, megalomanía de poder, autoritarismo o democracia participativa, con relación al entorno, a los niños, a la estética, a la ética... Las ciudades se leen como libros abiertos y nosotros somos capaces de leer sus secretos, sus problemas más profundos, la historia de sus instituciones a lo largo de sus calles, de sus muros y encintados, de sus barrios residenciales, de sus guetos; en los lugares de culto y en los lugares “corrompidos”, en las vías de gran velocidad que atraviesan las ciudades, en sus monumentos... que, a veces, son simples pastiches de épocas pasadas, las llamadas “edades de oro” que están en la memoria de las gentes... Los tonos del hormigón colado a la orilla de los desiertos, los árboles arrancados, las  recordadas mezquitas  de Damas, nos dicen más sobre los príncipes que han gobernado, que al leer  algunos tratados de Ciencias Políticas. Los dorados altares barrocos con complicadas esculturas dentro de la sobria y austera Mezquita de Córdoba, nos aclaran más sobre Felipe, que un libro de historia. Más de un aspecto de la arquitectura aparece incluido dentro del cuerpo de las Ciencias Humanas, nos hace entender la sociedad y nos proporciona medios para actuar .

Lo que a mi me parece, que no soy arquitecta, que me ocupo de la condición de las mujeres, que me intereso por la democracia y por la cultura, es que el grado de funcionamiento de un país puede ser apreciado por medio de su arquitectura. ¿No es verdad, por otra parte, que hoy más que nunca las ciudades y su diseño se encuentran en el centro del debate político y que son una prueba más de su “buen gobierno” ? Las ciudades parecen ser, cada vez con mayor fuerza, protagonistas de las relaciones entre los países, son capaces de comunicar directamente, se apoderan del prestigio, antes  atributo exclusivo de los estados.

Y cuando hablo de “cultura” quiero sobre todo expresar la capacidad que posee una sociedad de integrar los cambios provocados por los efectos de la globalización, a través de modelos de desarrollo económico y social, cada vez más presentes. Se trata de la capacidad de acompañar a estos movimientos. Para nuestra región esta observación es fundamental, en la medida en la que prácticamente ninguna de las ciudades del entorno mediterráneo ha sabido crear vínculos, puentes, entre los núcleos históricos de importancia cultural en los que su desarrollo urbano se ha producido a partir de la segunda guerra mundial. Tal como yo, sin duda Vds., se habrán paseado por Sicilia, por La Sardana, por Les Pouilles, por Andalucía, por Kabylia y se habrán dado cuenta como esas zonas mediterráneas han tenido y tienen dificultades, en acompañar a estas transformaciones económicas y sociales. Y si decimos con razón, que las ciudades mediterráneas se caracterizan por sus ramblas,  por “la Gran Vía” de las películas del neorrealismo italiano, por las terrazas, por los paseos marítimos, por las calles umbrías, por las plazas, protagonistas de la vida urbana, haría falta añadir también las imágenes actuales de centros asfixiados, atrapados por las nefastas consecuencias surgidas ante la dificultad de organizar adecuadamente el crecimiento brutal de la población, los éxodos rurales, la modernización o la masificación del hábitat. La primera vez que visité Les Pouilles, Sicilia o Andalucía... me quedé impresionada por el fenómeno de las “verrugas” que rodean los centros históricos y que representan una parte muy importante de los asentamientos humanos.

Antes de llegar al corazón de la civilización, a la “cultura” de las ciudades, se atraviesa un zona terrorífica que carece de edad y de significado, que carece de belleza y de alegría. Y llegando al centro, uno se encuentra con vestigios dormidos, a menudo abandonados por sus habitantes y entregados a un uso indebido. ¿Qué podría decirse de la Casbah de Argel, del barrio Panier en Marsella? Hoy, hay que admitirlo, se nota una cierta mejoría, al menos en lo que concierne al Mediterráneo Europeo. Bajo el impulso de la Unión Europea algunos gestores de ciudades parecen haberse hecho cargo del problema. Así se pueden citar los Programas de Rehabilitación de Lisboa, de Marsella, de Bari o de Palermo, que  se están desarrollando en estas ciudades y en sus cascos históricos.

Barcelona, Nápoles y otras ciudades intentan con éxito, atrapar el tiempo. La reapropiación de los cascos históricos es uno de los índices que marcan el despertar de estas ciudades y su entrada en la modernidad. Los medios económicos y financieros puestos a disposición de algunas ciudades del sur, explican en parte ese cambio espectacular; para entender los hitos culturales del sur moderno, hacen falta razones económicas.

Durante todo el S.XIX el sur se convirtió en una región sobre explotada y pobre dentro del conjunto, que no conoció el desarrollo industrial de las grandes ciudades del norte y cuando lo consiguió fue para convertirse en un territorio “deslocalizado”, después de haber sido una reserva de mano de obra. El sur apenas acaba de salir de esa época terrible, en la que barrios enteros se hundían.

La primera vez que visité Lisboa, hace veinte años, era la ciudad de la soledad, de la nostalgia, con sus palacios abandonados, sus calles insalubres, el barrio del puerto con sus pequeños restaurantes de pescado, en el límite absoluto de unas mínimas condiciones higiénicas. También visité Marsella hace veinticinco años y era la avanzadilla europea de las ciudades hormigueros, desordenadas y empobrecidas del norte de África con barrios enteros arruinados. Y entonces en Nápoles se alcanzaba la cota más sublime, por lo grotesca, una ciudad que estaba más próxima a Goya que a Boticelli. El sur, que había sido el determinante histórico en el plano cultural, que había erigido modelos de ciudades, de arquitectura, modelos de entender la belleza, se había quedado distanciado en la historia. El S.XX encontró a estas grandes metrópolis transformadas en ciudades dormitorios, sobre las que los cambios acaecidos después de la segunda guerra mundial, habían producido un efecto de estallido, de aplastamiento.

Les hablo de las ciudades como paseante, no como especialista en historia urbana. Estos son los pensamientos que me han movido a promover, dentro de la UNESCO, actividades con relación a la arquitectura. Como testigo de estos “hitos”, testigo desgarrador, perteneciente a una generación puente que conoce la ciudad mediterránea provinciana centrada en un nudo histórico y que se encuentra colérica ante la ciudad explosionada, imposible, aquella donde las mujeres y los hombres han perdido toda referencia. Estas ciudades, con sus “áreas dormitorios” que, en contraposición con las ciudades norteñas, jamás se llegaron a transformar en ciudades modernas. Haría falta ver allí, entre otras cosas, la marca de la ciudad mediterránea antigua concentrada en torno a su centro y que gira sin cesar a lo largo de los siglos, en torno a su plaza, su piazza, su pace, su djemaa, sin poderla trascender. Cuando pienso en mi pobre ciudad de Argel- que mantuvo en cautividad, no se si Vds lo saben, a un ilustre muchacho oriundo de Alcalá de Henares, a Cervantes- bien puedo decir que allí el desastre es aún mayor, porque el esquema está próximo al paroxismo: el centro ha sido invadido por la periferia, el mundo rural ha clavado su espada en el corazón de la ciudad, igual que el torero clava su espada en el corazón del toro, para matarlo. Y si hoy todavía es capaz de seducir, es porque las obras, o mejor dicho las “malas obras” de los hombres, no pueden impedir su belleza.

No es evidente escoger la arquitectura como campo de reflexión y de intervención. Los programas de mujeres están sobre todo enmarcados dentro de las ciencias humanas tradicionales, después, tímidamente, se abordan otras disciplinas como las ciencias de la salud, el psicoanálisis... pero la arquitectura... poco o nada. Las iniciativas como las del grupo La Mujer Construye son raras y hacen que se planteen interrogantes, dudas, que provienen de las propias mujeres arquitectas. Muchas nos preguntan... ¿Por qué plantear esta cuestión en términos de diferencia entre sexos? ¿Por qué abordar la problemática de las ciudades a través de la participación de las mujeres?  Casi todos los que participan en nuestras encuestas sobre la ciudad nos plantean: ¿por qué es tan importante pensar el lugar de las mujeres en la arquitectura?

Hay al menos dos buenas razones para hacerlo.

Hemos visto el impacto de la arquitectura, de las decisiones urbanísticas y de lo que revelan, sobre la manera de hacer política. Haría falta insistir ahora sobre los vínculos entre la parte imaginada y la parte aprisionada de las ciudades, en los proyectos diseñados por una sociedad. El arte de construir las ciudades nos enseña más sobre nuestras sociedades que los estudios y estadísticas. El diseño de nuestras ciudades nos dice de golpe donde se sitúan los poderes de la Ciudad. La Plaza della Signoría de Florencia ¿no es un resumen de la historia política del Renacimiento? Construida a la vez que el “David” de Miguel Ángel, que el “Hercules y Cactus” de Bandelli, afirma la continuación del poder de los Médicis y el triunfo de la idea republicana. La Plaza de la Signoría, antes de ser una puesta en escena de artistas, ilustraba el poder de los ciudadanos sobre la Iglesia y sobre el Príncipe. Partiendo de esta constatación, quisiera decir ahora que la elección de la implantación de las ciudades, de sus plazas, de sus arterias, sus relaciones con el campo circundante, la implantación tanto de los lugares de culto como de cultura, tienen un peso muy importante en el devenir social. Estamos todos de acuerdo hoy en reconocer la parte de responsabilidad que tiene el diseño arquitectónico de la ciudad en la violencia urbana. Ya se han destruido entornos de ciudades, en  los países que han tenido los medios económicos para llevar a cabo algunos  de los más terribles sueños calamitosos, durante los años sesenta.

Pero diréis ¿por qué las mujeres? Porque sencillamente consideramos que lo que concierne a las ciudades es de orden político y nosotros hemos emprendido una acción general para promover la participación de las mujeres en la vida política de sus países. Esta preocupación de reforzar el papel de las mujeres en la arquitectura, converge y vuelve a unir las múltiples intervenciones desarrolladas por el movimiento feminista después de los sesenta, para hacer admitir que las mujeres no deben de ser constreñidas en los papeles de madres y de amas de casa sino también han de ser consideradas como individuos capaces de promover un mundo de pensamientos, de ideas y de creación. El impacto de la arquitectura y del urbanismo es demasiado importante para que las mujeres no reivindiquen dentro de las reglas del juego, un papel a la medida de sus capacidades profesionales. A través de la arquitectura, se puede comprender y concretar una voluntad de cambio. Mejor que la sociología, que la economía, la arquitectura y el urbanismo son capaces de inscribir en la realidad los pilares de un modo distinto de “pensamiento”, de análisis. Transforman el saber en “objetos” tangibles que se pueden tocar por la mano, y tienen, esto es evidente, influencias sobre los comportamientos, sobre las relaciones sociales. Pueden ayudar a escribir nuevas formas de vida. ¿Cómo entonces no se puede querer garantizar el acceso de todas y de todos al proceso de construcción de las ciudades, a todos los que poseen el arte de diseñar y de construir las ciudades? Partiendo de este comentario, no se trata entonces de establecer ventajas en los problemas particulares que se encuentran las mujeres para acceder a los puestos de decisión en estos campos, así como en otros sectores de la vida social. Se trata de una cuestión de simple justicia, pero también porque hemos hecho una apuesta, la apuesta de que las mujeres tienen otras cosas que decir. Y ahora hablaré sobre la segunda buena razón por la que deseo que más mujeres arquitectas participen en proyectos de decisión.

Quisiera hacer una pausa que les invite a recoger bien el sentido de mis palabras siguientes. No pretendo hacer aquí una larga disertación sobre el feminismo pero no me quedará más remedio que resumir un largo camino lleno de debates y de controversias, al punto en el que hoy nos encontramos, en equilibrio entre las tesis de la diferencia -sexual- y de la igualdad -de sexos-. La diferencia biológica, la diferencia de la naturaleza, no puede considerarse como el parámetro exclusivo que determina nuestra demanda de una mayor participación, y por otra parte, la igualdad de derechos, no implica similitud. Es a partir de esto sobre lo que hacemos la apuesta de que las mujeres tienen cosas diferentes que decir, y que son necesarias para el conjunto de la sociedad. Es una diferencia cultural construida a partir de la diferencia de papeles que determinan intereses diferentes, preocupaciones distintas, en las que basamos nuestra marcha.  Son este conjunto de diferencias las que hace falta promover, las que hace falta ayudar a que se tomen en cuenta.

Esta obligación se encuentra en el corazón del cambio y de la modernidad, y sitúa a las mujeres en una posición privilegiada en las transformaciones de la sociedad. Porque ellas tienen todo por ganar con el cambio, porque ellas son ellas mismas en su identidad más íntima, en el corazón de un gran transformación, las mujeres se encuentran a la cabeza de los movimientos que  transforman nuestras costumbres y nuestras maneras de vivir. Las mujeres desean y piden que las ciudades, la organización del tiempo, del trabajo, del ocio, se conviertan en objetos de discusión, de concertación. Proponen convertir estos temas en objetos prioritarios. Ellas saben que la delincuencia, la seguridad de los niños, la defensa de las zonas verdes, tienen una incidencia directa sobre su vida, sobre la de su familia. Las mujeres arquitectas están encontrándose exactamente con estas preocupaciones y saben que existen soluciones que ellas pueden aportar.

Esta cuestión de aproximación sexual bien fundamentada, es recurrente. Y descoloca, inquieta. Ciertas jóvenes profesionales rehúsan dejarse llevar por la problemática de la diferencia de sexos. Ellas no tienen, según dicen, ninguna dificultad en su trabajo. Si aceptamos esta visión de las jóvenes, habría que admitir que las mujeres son realmente diferentes, porque las estadísticas nos dicen que las mujeres estamos aún en minoría, y algunas veces incluso ausentes en los grandes campos del pensamiento, de la creación, de la política, de la ciencia.... Las que están allí, es de manera excepcional, a título de ejemplo. Y las que han llegado a estar “bis a bis”, o de “igual a igual”, su vida es un ejemplo de largo y difícil recorrido por el que han tenido que pasar, para pensar, crear y conquistar esa habitación propia que nos describió Virginia Wolf. George Sand, la escritora enfadada; Camile Claudel, la escultora internada; Marie Curie, premiada con el Nóbel gracias a su marido; Charlotte Perriand, que se escapó por los pelos de la influencia de Le Corbusier; tantos destinos difíciles y significativos.

Una palabra más sobre la cuestión de la aproximación a través de la diferencia de géneros. Se trata de explicar lo que yo llamo el lugar privilegiado de las mujeres en el cambio. Esta aproximación puede parecer optimista porque en general, el papel de las mujeres en el mantenimiento de las tradiciones está muy a menudo, por delante de su capacidad para los cambios. Sobre esta cuestión de las mujeres y de la modernidad, hemos constatado que a menudo, en efecto, las mujeres ponen freno a los cambios. ¿No será que ellas tienen como prioridad la educación de los más pequeños, a los que transmiten las imágenes, los papeles? La superioridad del pequeño varón en el gineceo nos dice mucho sobre adoración materna de su “virilidad”, y ese afecto libidinoso de las mujeres, se transforma en machismo. Todos y todas serán entonces prisioneros de un sistema que asignará a cada uno su lugar.

Las mujeres son todavía, las más fervientes sostenedoras y defensoras de un sistema que las discrimina. Como tienen miedo al cambio, se vuelven frágiles. El patriarcado puede perpetuar su poder sobre las mujeres, haciéndolas dependientes, otorgándoles el poder del hogar,- un mito de vida que aún perdura en el Mediterráneo, porque ellas quieren y hacen respetar “la ley de los hombres”. Si pensaran diferentemente, sin quisieran diferentemente, si desearan seguir otra regla, serían excluidas del grupo, de la casa, de la familia. Hace falta darles medios para conseguir la libertad. No todas las mujeres pueden emprender una vida de “aventura” unidas a grupos vanguardistas, pagando un precio, a veces, demasiado fuerte. Hoy en día son cada vez más numerosas para desear, para poder y para tener ganas de un cambio. Pero deben, en primer lugar, asegurar su papel de madre, sea cual fuere la participación del padre, ellas son las principales responsables de todo lo que concierne a la familia. Más que la diferencia de sexos, es la familia, lo que explica la discriminación de las mujeres.

Cuando eligen el cambio, son más libres porque tienen, sin duda, menos privilegios que defender. Y también, como durante siglos han sido obligadas a resolver los problemas de la cotidianeidad, tienen un sentido práctico al aproximarse a las ciudades, porque es nuestro tema, la ciudad y la casa; tienen una mirada crítica enriquecida, libre de dogmatismo, atada a la realidad. Esto no quiere decir que sean incapaces de soñar. No caeré en la imbecilidad de creer que las mujeres van a cambiar el mundo, no, hoy no pienso ya más que en los grandes movimientos para el cambio. Las mujeres tienen un lugar importante cuando se sitúan al lado del cambio porque se sienten formando parte de él. Sabemos del papel que asumen en las modificaciones de la familia y en la relación entre las distintas generaciones. Como los niños, ellas piden reformas, pero al mismo tiempo deben de asumir las consecuencias.

No se tiene la costumbre de decir que la mujer tiene al menos una doble jornada de trabajo, en la oficina y en casa. Haría falta aportar la prueba indiscutible de que ellas acompañan a la evolución, pagando un precio demasiado alto. Entonces, las residencias de ancianos, las guarderías, los espacios de ayuda para jóvenes y mayores, todo ello les concierne más que a ninguno dentro de la Ciudad. ¿Como van ellas a participar en los asuntos de la Ciudad sino dando un paso adelante, hacia sus intereses? Están situadas en la primera fila del cambio, tienen el deseo de cambiar, pero sólo en la medida en  que su herencia -la educación de los niños- forme parte del conjunto del cuerpo social, o al menos se sostenga gracias a él. ¿Ha sido motivado por el azar que aquí mismo, el año pasado, se rindiera un homenaje a una mujer pionera cuyo talento se dio a conocer a través de “una cocina”? ¿Ha sido el azar de que a una arquitecta, Grethe Schutte-Lihoztki, fuera homenajeada en esta misma aula y dentro del IV Encuentro en la Arquitectura, por haber sido la primera que pensó en la necesidad de organizar un espacio para cocinar?

En los trabajos preparatorios que hemos realizado para el IV Foro de las Mujeres del Mediterráneo que se celebrará en Dubrovnik en julio de 2001 con el tema “Las Mujeres y la Ciudad”, hemos constatado el papel importante de las mujeres en la gestión de las crisis y de los conflictos en el interior de los suburbios, y su muy activa presencia dentro de las asociaciones que se dedican al diálogo entre culturas. Para terminar con este punto voy a mostrarles uno de los resultados de los coloquios organizados en Marsella para la preparación del Foro. Nos habíamos reunido con unos grupos de mujeres de los barrios del norte de la ciudad, barrios de emigrantes que conocen todos los problemas que se puedan Vds imaginar. Pues bien, esas mujeres, sin ninguna instrucción, se pusieron de acuerdo en decir que una de las causas de la delincuencia, era la autopista que separaba el barrio de la ciudad. He aquí lo que resume lo que nos han dicho las organizadoras de estos Encuentros, la arquitectura, está hecha para el hombre y para la mujer y, es necesario repetirlo, pues esta evidencia a menudo se olvida dentro los planes urbanísticos, aunque hay que también reconocer que existe una evolución actualmente dentro de Europa, y que los planificadores, hombres o mujeres y sus  ayudantes, y los políticos, hombres o mujeres, son cada vez más sensibles hacia estos problemas. Pasearse por una ciudad europea se ha convertido en un placer, placer para los ojos, placer para el cuerpo. La ciudad y sus espacios arrancados a los coches, sus lugares para la estancia, para callejear por sus callejuelas.

La modernidad posee atributos que se han dado en llamar femeninos. Sin  querer reabrir el debate infinito de lo femenino y de su contrario, aceptemos esta definición y digamos presuntuosamente que las ciudades del mañana serán femeninas.

Para concluir con esta contribución al trabajo del V Encuentro en la Arquitectura, querría insistir sobre la hermosa declaración de Cristina G.- Rosales, que ha dicho: “Queremos, mediante nuestro grupo La Mujer Construye, comunicar a nuestros amigos de otros países del Mediterráneo, nuestras ganas de conocerles y  transmitirles nuestro deseo de construir entre todos un mundo mejor.” Yo me uno a estas palabras con otras sobre el  Mediterráneo que es el segundo punto de estos Encuentros. En nuestra región Mediterránea, esta declaración de principios, conocer al otro, tiene una resonancia particular. Nuestro tiempo presente, por no hablar más que de este momento, está atravesando muchas crisis, tensiones, guerras, violencia que ha circulado desde una orilla a la otra, durante siglos. Nos miramos demasiado a menudo, como enemigos. Hoy todavía. Y cuando realizamos informes exacerbados- sobre racismo o xenofobia- constatamos que nos consideramos extranjeros unos de los otros.  Haría falta reconocer que hemos recibido por herencia un mundo difícil. Detrás de un mar azul, tan azul... existen guerras y conflictos por la conquista de un territorio y también por la defensa de la supremacía de dioses celosos y exclusivos. Estos antagonismos, hoy en día, toman otras caras, pero no estamos tan lejos de la época cuando la Armada Invencible del Rey Carlos V fue a Túnez para castigar a Barbarroja por haber osado desafiar la supremacía del Emperador Cristiano en el Mediterráneo! Carlos V, el vencedor de los musulmanes, sería recibido con alegría en Roma por el Papa y por el pueblo, como heredero del destructor de Cartago. La historia no rompe jamás sus amarras, alimenta, sin tregua, la fe de los hombres en su destino y la envidia de su victoria sobre los otros. Hoy en día han surgido otras máscaras, máscaras escondidas que se llaman integrismo, racismo, xenofobia, el odio al “otro”.

¿Como podemos vivir tan cerca los unos de los otros con tanto odio, tantos obstáculos para comprenderse mejor, para respetarse? Existe una respuesta, modesta pero concreta, que las arquitectas fundadoras de La Mujer Construye y organizadoras del Curso de Primavera, aportan ante esta pregunta. Ellas aportan un contenido sustancial a este pensamiento, que es el mestizaje. Porque no es suficiente saber que desde el balcón de una habitación del Hotel Reina Sofía en Algeciras, allí donde se reunieron los poderes europeos para repartirse África, desde ese balcón se ven las costas marroquíes. Hace falta todavía comprender al otro, aceptar sus diferencias y encontrar el camino para el diálogo.

Esta inquietud es lo que ha conducido a los países de la Unión Europea a lanzar la idea de crear una zona Euromediterránea donde se desarrollen encuentros, crear una cooperación para reducir las diferencias entre las dos orillas. Para el éxito de tal empresa se han embarcado en Programas de desarrollo económico pero también en intercambios culturales, en el reforzamiento de la sociedad civil, de las mujeres, de los universitarios, de las ONGs, de los intelectuales, de los artistas, de los defensores de los derechos humanos. Esta política lanzada en 1996, es con la que nosotros debemos de contribuir. La arquitectura no es un tema que se preste a la comparación común, al reparto. ¿No tenemos nosotros en común, cada uno a nuestra manera, la “casa mediterránea”? No nos encontramos con un hilo conductor que se mantiene en todos los vocablos, en todas las lenguas, el patio romano, sin el que Sevilla no sería Sevilla, el patio romano que los árabes ahora están obstinados en reivindicar. Ese patio romano que marca mi infancia en la gran casa turca que mi bisabuelo tenía sobre la cornisa de Santa Eugenia en Argel, cercana a los baños romanos donde se encuentra el mausoleo de mi familia. Continuidad, recuerdos... que puedo decir cuando desde el piso séptimo de mi hotel, en pleno corazón de Valencia, cuando el día se acaba, viendo la sucesión de cubiertas aterrazadas dominadas, por aquí y allá, por las torres cuadradas de las Iglesias, como si fueran minaretes, el espectáculo me hace pensar irresistiblemente en Fez... Qué importa si al descender a tierra uno no ve más que las fachadas barrocas de la España post-musulmana, que llega a su cima en un palacio transformado en museo, el Museo Nacional de Cerámica González Martí. Qué importa que desde lo alto de mi poste de observación, utilizando, ensoñadoramente y con audacia, la historia, las ciudades y su arquitectura, piense en todas estas similitudes y en sus rezagados fondos de conquistas, de reconquistas, de partidas, de migración, de mezclas, de mestizajes. Sí, de mestizajes.

Esta vuelta al pasado nos puede ser hoy de mucha utilidad. El mestizaje evidente de nuestras culturas significa algo en relación a las diferencias. Si se comparan nuestras ciudades, ¿se podría pensar razonablemente que queremos unir nuestras maneras de trabajar, de crear? Es evidente que la distancia entre las dos orillas se hace cada vez más grande. Tan grande que a veces me recuerda a una novela de Saramago, en la que la Península Ibérica se separa del continente y flota a la deriva en medio del Océano, y tengo la impresión que el Magreb se despega, tan fuerte está en mí la idea que el sur del Mediterráneo, entre las dos orillas, no está separado, se despega y se va a la deriva hacia no se sabe donde...hacia lo desconocido, tanto que yo misma no me puedo ni imaginar pues estoy impregnada y unida en este mestizaje.

Europa está construida sobre las ruinas del Imperio Romano, en una configuración consecuencia de la ruptura en dos del mundo mediterráneo por la llegada de los musulmanes en el S.VII. El mundo cristiano se desarrolló hacia los territorios desconocidos de lo que hoy es el norte de Europa. La Reconquista Cristiana, con sus avatares del S. XIX, la pérdida de sus colonias y de parte de su pasado, aunque sea difícil de volver la página y olvidar, para unos y para otros. Somos todos, unos y unas, otros y otras, los que hemos de formar parte de la reconstrucción de este mundo Mediterráneo. Un Encuentro como este que nos reúne en torno a la arquitectura es una manera modesta pero eficaz de tejer lazos entre nosotros y de impedir que se vaya a la deriva demasiado lejos, esta “Isla del Occidente”, que es como los ancianos geógrafos árabes llamaban a los países del Magreb, que significa occidente en árabe. Es con este espíritu con el que yo he lanzado la idea de un Concurso de Arquitectura para las Mujeres de los países del Mediterráneo. Tejer lazos, abandonar las imágenes negativas, los estereotipos. Enseñar que existen, allí al lado, al sur del sur, otros, hombres y mujeres que comparten las mismas ambiciones, los mismos sueños, que tienen también talento, que saben hacer bien las cosas, sus oficios. Mujeres que piensan en sus ciudades, que luchan por sus derechos. Hace falta mostrar que se puede participar en la aventura humana sin pertenecer a uno sólo de los lados, sino a todos.

Wassyla Tamzali, UNESCO Ex-directora del Programa “Mujeres del Mediterráneo”

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