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L A M U J E R C O N S T R U Y E W o m e n w h o b u i l d |
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"CIUDADES PROYECTADAS.(Una reflexión sobre Barcelona)" Mª ÁNGELES DURÁN, Catedrática de Sociología del CSIC. |
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Presentación Este ensayo se ha escrito en dos tiempos. El primero fue el de la
preparación de una ponencia titulada “Ciudades
proyectadas”, que expuse en la sesión del mismo nombre, compartida con
Saskia Sassen, dentro del Debat sobre “La
ciutat de les Dames”, en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona.
El segundo consistió en la incorporación al texto de las sugerencias aportadas
por los otros participantes en el Debat, tanto ponentes como asistentes. Jugó
también un papel decisivo el estímulo del propio lugar en que se celebraban
las reuniones. La doble hilera de ventanales del último piso del CCCB, que
permiten una visión amplia y próxima de la ciudad de Barcelona, actuaron como
un texto abierto que invitaba silenciosamente a la lectura de sus páginas
construidas. 1.-
Las ideas sobre el espacio. El espacio matemático no tiene límites. Es un agregado continuo de
puntos, un número infinito de dimensiones. En el siglo III a C., en Alejandría,
Euclides compiló el saber de su tiempo sobre las relaciones entre posiciones en
este mundo abstracto y dio a su obra el nombre de Elementos. Se llama desde entonces espacio euclidiano, en geometría,
al espacio en que existe una correspondencia de uno a uno entre todos los puntos
y los múltiplos ordenados de un número real o complejo. A este tratamiento de
la distancia entre puntos se le llama métrica euclidiana. El espacio geométrico es homogéneo e imperturbable. Sus reglas de
relación son exactas y están ahí desde siempre, esperando a ser descubiertas
(las proporciones entre los ángulos, las formas de los poliedros), pero sin
tiempo de promulgación ni vigencia social. La capacidad humana de desenvolverse
en este infinito continuo de posiciones ha sido, desde siempre, objeto de
reflexión: primero, de la filosofía y, después, de otras ciencias. A través de la vista se recibe la información sobre los tres planos
humanos esenciales del espacio: la altura o plano vertical, la anchura o plano
horizontal y la profundidad o plano sagital. También la arquitectura y la ciudad han sido creadas a partir de
productos mentales, y no sabemos con exactitud cuál es la equivalencia entre
nuestras ideas y la “realidad exterior”. Para referirnos a ella tenemos que
generar conceptos, palabras, definiciones, aplicar sistemas de medidas, pesos y
escalas. Y, cuando aplicamos mediciones, por precisas que sean, sólo puede
tratarse de aproximaciones. Aproximaciones suficientes o no, y que cada época
trata de hacer más exactas y precisas en algún sentido: que nos sirva con
cierta eficacia para prevenir acontecimientos externos. O aproximaciones, -y
esto es más difícil- que no sólo ayudan a predecir sino a entender los hechos
que vivimos. La arquitectura y el urbanismo están en el límite de la difícil síntesis
entre estos dos tipos de saberes que pretenden conocer por la medida o predicción
desde fuera y por el entendimiento desde dentro. 2.-
La organización de la memoria. Junto a la capacidad o
ejercicio inmaterial del recuerdo, hay otras formas de memoria que se ayudan y
refuerzan mediante objetos materiales. También tienen memoria las
instituciones, y las ciudades. De hecho, son muchos los macro-sujetos que se
obligan formalmente a un ejercicio de recuento cada año, presentando sus
recordatorios en un acto público al que llaman precisamente “la
aprobación de la memoria”. Su memoria, porque no es individual sino
compartida, necesita la negociación y el consenso de los interesados; y es de
este componente colectivo de la memoria urbana, de este pacto de recuerdos, de
lo que tratarán las páginas siguientes. Estas páginas tratarán del deseo de ciudad. ¿Deseo de qué, por quién?.
Hay otras palabras próximas que podrían sustituir a “deseo” en este título
de ahora. Por ejemplo, “proyecto”, “voluntad”, “aspiración”, o
“planes”; pero ninguna reúne los muchos matices del deseo. La “voluntad” es excesivamente firme y consciente. La “aspiración”
marca con intensidad la distancia entre el plano de lo que hay y lo que podría
haber, cortando la relación entre los dos niveles. Aunque en este ensayo se
mantendrá el título de “ciudad
proyectada” para conservar el que tuvo la sesión del Centre
de Culture Contemporania de Barcelona, el “proyecto”
o el “plan” tampoco valen para
empezar, porque resultan demasiado elaborados para un ejercicio de acercamiento,
de descubierta. Llevan visiblemente aparejadas las ideas de organización, de
acuerdos, de plazos y entregas, de instrumentos y objetivos. La primera impresión
de los lectores, al asociar Barcelona y “proyectada”, será que pretendemos
hablar del Eixample, de la Feria de Muestras, de las viviendas de Hospitalet o
de la Villa Olímpica. Tanta concreción en plano, piqueta y cemento, intimida
un poco a las ideas que aún no se han explorado o a los sentimientos que no han
sabido emerger; les asusta y achican. Por ello “deseo”
es una buena palabra para empezar. Tiene, además, otras ventajas. El deseo
aparece en la base de la voluntad, de la aspiración, del proyecto y del plan.
Anterior a todos ellos, los absorbe y expande, los panteiza y contagia. Si las memorias individuales son tornadizas y complejas, las memorias
colectivas son aún más inextricables, enredadas en un entramados de memorias
singulares y comunes, que requieren expertos para interpretarlas. A medida que
los sujetos individuales desaparecen, el poso de su memoria particular se
aligera, y solo en parte se traspasa a la memoria de los vivos. Hanna Arendt
define la ciudad como una memoria organizada. Memoria, sí, ¿pero de quién, de
qué? La ciudad la componen sus gentes, igual que sus edificios y dotaciones.
Girourd ha visto bien esta relación entre historia social e historia arquitectónica.
En España, el tema ha ocupado a
muchos autores, y rara es la ciudad que no publica (-especialmente desde la
constitución del Estado de las Autonomías y la transferencia de
responsabilidades a organismos regionales y locales-) primorosos libros sobre su
historia y la evolución de su trazado y sus construcciones. También se han
potenciado los museos locales, que contribuyen a institucionalizar en cada caso
una peculiar memoria de la ciudad. Estas
memorias se ofrecen al viajero, al visitante, como cartas de presentación. Son
condensaciones de presente y pasado y cubren una completa geografía del
recuerdo. Pero la historia que cuentan abunda en hechos notables y en hombres en
los que poco se reconoce la gente de a pie. Se echa en falta una memoria más
precisa, más dedicada o activa. El sujeto colectivo de la ciudad cuyas trazas
se han buscado y recogido en estas obras, ha engullido la historia de las
mujeres como si de una historia irrelevante o menor se tratase. ¿Dónde mirar,
entonces, para reconocerse?. La
mayoría de las memorias ofrecen a las mujeres y a la gente común sólo una
identidad vicaria. Han de reconocerse en la memoria de otros, en la narración
ajena. Y sin embargo, como Sennet pone magistralmente de relieve en “Carne
y piedra”, las construcciones hablan un lenguaje propio, lleno de sentido,
que proporciona a quien vive entre ellas una señal de identidad. ¿Cómo
escapar a la determinación de las formas? ¿Cómo construir o re-construir
identidades colectivas nuevas, levantándolas sobre el agobio de una ausencia
compacta y espesa? Las piedras y el cemento imponen a la carne el peso
ideológico de su lenguaje sólido, de su resistencia a la voluntad de cambio. La
memoria configura poderosamente la identidad, en un proceso que hacemos entre
cada uno y los otros, al que no escapamos. No hay refugio suficientemente
protegido que permita mantenerse a cubierto de la identidad que otros nos
asignan, a la que nos fuerzan y doblegan. Si la ciudad, si los múltiples
sujetos individuales y colectivos que la componen, nos otorgan una identidad
histórica incompatible con la identidad que reclamamos para el futuro, la tarea
de des-identificación es previa y doblemente costosa que la tarea de proyectar
y hacerse. ¡Qué confusión de direcciones, qué agotador consumo de energía
en la fricción!. Un deseo de historia y de memoria, sí. Pero no demasiada, ni
la que otros nos adscriban sin nuestro consentimiento. 3.-
Mitos y patrimonio histórico. Lo
que diferencia la memoria de una caótica yuxtaposición de fragmentos es que la
memoria tiene sentido. La memoria requiere e impone un orden, una organización.
Por eso la memoria, tanto la individual como la colectiva, necesita sujetos y
argumentos, etapas y desenlaces. En cierto modo, la memoria es una narración o
relato. Pero este relato no se produce en el vacío, ni pasa a nuestro lado como
el rayo de sol, sin rompernos ni mancharnos. La memoria crea identidad, ilumina
y destruye a la par. Levanta y deshace sujetos y episodios, volcando sobre ellos
el haz de su linterna o dejándolos a oscuras. Kerby llega a decir que el self,
la identidad, va emergiendo en la práctica de la narración, de la interpretación
de la historia, a medida que se anudan las narraciones de otros y las
auto-narraciones. Barcelona,
la ciudad fundada sobre asentamientos ibéricos de los que guarda escasa
memoria, recibió al nacer un nombre muy largo: Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, y fue esta última
palabra, que los romanos pronunciaban como Barkino, la que prevaleció en el
recuerdo y a la que han sido fieles sus pobladores durante más de dos mil años.
Hay muchos modos de acceder a la memoria de Barcelona, y los libros de Historia
son sólo uno de ellos, aunque el más consensuado y eficiente. También los
edificios y la toponimia del callejero encierran una memoria de la ciudad que se
ofrece a la interpretación del espectador y el caminante. Cada
época trae la pretensión de ser nueva, y de re-nacer, por lo que en cada
pretendido re-nacimiento hay siempre el riesgo de un sueño ilusorio, lo que
Panofsky prevenía como un autoengaño. Para que una época se acepte como nueva
se requiere un borde, un umbral que separe las identidades del antes y el después
y la admisión de esa frontera de separación entre dos identidades tiene mucho
de acto de voluntad, de imposición o consenso. ¿Qué sujetos cambiaron y, al
cambiar ellos, proyectan su cambio sobre los que mantuvieron fijos? ¿quién
tiene capacidad de imponer la interpretación de la continuidad y el cambio?. Para
Gadamer, el pasado no tiene sentido por sí mismo, salvo para mí y ahora. La
historia la “elegimos” cada día desde el presente, aunque dentro de límites.
El pasado impone límites a las posibilidades de reinterpretación. Pero esos límites,
que para algunos son muy estrictos, para otros son tan flexibles, tan abiertos,
que en la práctica no tiene fronteras. No tanto porque se contradigan, diciendo
“sí” donde otros han visto y dicho “no”, cuanto porque borren lo que
otros vieron y vean lo que otros borraron. A fin de cuentas, el ejercicio de
mirar y reconocer es agotador y sólo caben dentro unos pocos sujetos y hechos
priorizados. La mayoría quedan fuera de visión y el historiador es, igual que
el arquitecto, un jerarquizador o introductor de arché, de orden, que edifica
la memoria del tiempo. Las
ciudades gastan enormes sumas de dinero en conservar su patrimonio histórico,
en rehabilitarlo. Pero en la historia de sedimentos y sucesiones que es la
historia de cualquier ciudad (dicen que dos centímetros de polvo cubrirían
cada año las calles de Roma si no se barrieran, cada siglo dos metros), la
recuperación de la historia plantea siempre el problema ontológico de la
verdad: ¿Cuál es la verdadera historia de una ciudad? ¿Es más verdadero el
período romano que el medieval, el renacentista que el barroco o el actual que
el modernista? ¿Es más verdadera la ciudad ennoblecida que se somete al
lifting de la “gentrificación” o la ciudad que evidencia decrepitud y
vejez, palacios parcelados y alijares techados de uralita? Junto
a la historia de los acontecimientos, la memoria se entrevera de otras
referencias sin pretensión de autenticidad. Son los mitos. Su capacidad de
ordenar el recuerdo – y empujar el futuro – es tan fuerte como la de los
acontecimientos, y aunque inventados, falsos o no comprobables, sus
consecuencias son igualmente verdaderas y reales. En cierto modo, los mitos son
más poderosos que la historia, porque son más difíciles de rechazar y no
requieren certificación. Se crean, cambian y olvidan con mayor facilidad, y
responden mejor a las urgencias del presente. Aunque a veces, la linde entre
historia y mito es tan débil que el uno alimenta o ciega a la otra, y
viceversa. También es común que a los mitos propios se les llame historia y a
los ajenos, literatura o fantasía. Las
ciudades crean y recrean constantemente sus propios mitos, sus interpretaciones
fantásticas. Sólo algunas de ellas se refieren al pasado, o a figuras
humanizadas, y de entre la variedad de mitos que pueblan la memoria de la ciudad
y los ciudadanos, cabe al des-velador la tarea de elegir para su recuerdo los
que mejor cuadren en su composición de la memoria. Cándida Martínez ha
analizado el papel de los mitos griegos –origen de tantas pervivencias
actuales- en la asignación de los espacios públicos y privados,
respectivamente, a hombres y mujeres. De los dioses de la cosmogonía griega, sólo
Hermes y Hestia habitaban en la Tierra entre los hombres. Hermes es y
representa el mensajero, el que protege los espacios públicos, la información
y los caminos. Hestia, que es diosa y no dios, protege y guarda los hogares, el
interior de las cosas, el corazón de la ciudad. A los hombres les correspondía
identificarse con el espacio público, con la competición y la palabra
discutida en el ágora, mientras las mujeres debían recluirse en el interior de
las viviendas (-en el interior de los interiores-) y algunas de entre ellas se
consagraban como vírgenes al culto de Hestia. Jenofonte (“Económico”) y Aristóteles (“La
Política”) promovieron esta separación de espacios, esta polaridad, como
esencial a la estructura urbana. En Roma, Hestia continuó bajo la advocación
de Vesta, y en sus templos redondos se guardaba, bajo la custodia de las
vestales, el permanente fuego sagrado de la ciudad. La
memoria es poco estable, y responde enseguida a las labores de abono y poda. Por
eso se somete constantemente a curas de embellecimiento, borrado, ampliación y
olvido. Los mitos juegan un papel importante en este proceso, y si los mitos no
resuelven las necesidades del momento, siempre cabe reinventarlos o hacerlos
aparecer bajo contenidos nuevos. Eso fue en cierto modo lo que intentó Cristina
de Pizán a comienzos del siglo XV en su libro “La
ciudad de las damas”, en que repasa mitos e historias de mujeres desde su
perspectiva más favorable. Igual
que las piedras y los caminos, los mitos contribuyen a crear la ciudad. Un buen
mito da tanto juego, o más, que un escudo heráldico o una muralla. Resulta
sin embargo embarazosa la confusión del presente urbano, la inutilidad de los
antiguos mitos. Ni Hermes ni Hestia sirven ya para representarnos. Entre otras
cosas más prosaicas o fútiles, Hermes es el nombre de un programa de e-mail,
que sirve para enviar señales a casa. Hestia sigue aguardando en el hogar, pero
hoy hay pocas vestales que le rindan tributo. El cielo es un espacio profanado
por las rutas aéreas y el Olimpo cubierto de nieve y nubes se desliza bajo el
avión como un monte cualquiera, coronado por la estela de burbujas brillantes
que dejan tras sí las aeronaves. Se
han borrado los perfiles de los mitos que había, porque están huecos y no
saben ya hablar. Pero no han nacido los mitos nuevos, los que reflejen la nueva
figura de las mujeres carnales y menores, al mismo tiempo viajeras como Hermes y
guardadoras de hogar como Hestia. No se puede aguardar más. Si las ruinas, las
leyes y la ciencia no bastan para devolver a las mujeres una memoria que nunca
les dejaron conservar habrá que llamar en su ayuda a los inventores de cuentos,
a los que urden historias cautivadoras con las palabras. 4.-
La deconstrucción de la escenografía urbana. La
ciudad es un señuelo, una oferta permanente de identidades, una invitación a
la fusión: pero, ¿Fusión en qué, a costa de qué?. Si la memoria urbana es
parte de la identidad colectiva, y si la identidad colectiva es el terreno del
que emergen las identidades privadas: ¿Cómo podrá afirmarse la identidad y la
memoria de quien no ocupa lugar en la escena, en la representación?. ¿Qué
formas de identidad propician las ausencias, las posiciones vicarias o
derivadas, adorativas incluso de las identidades ajenas?. Si
la memoria es una acumulación organizada, un acopio sin bordes evidentes: ¿Quién
podrá resguardarla y mantenerla? ¿Quién recibirá su legado? Una de las
experiencias más conocidas de defensa de la memoria de grupos sociales en
riesgo de perderla es la de Dolores Hayden en Los Ángeles, a través de una
pequeña corporación sin ánimo de lucro llamada “The power of place”. Comenzaron su trabajo en 1984, como parte
del esfuerzo por entender la ciudad en que vivían, y en el experimento han
colaborado vecinos, historiadores, diseñadores y artistas. Trataron (-y siguen
en ello, tras la publicación de un libro con el mismo título-) de “situar
la historia de las mujeres y de los grupos étnicos en el centro de la ciudad,
en los lugares públicos”. Para ello definen el paisaje como una historia
pública, y se oponen a un conservacionismo limitado a los edificios ricos o de
los arquitectos famosos. No les interesa el tipo de reconstrucciones que
distorsionan el pasado real, exagerando la riqueza y poder de unos pocos y
denigrando el presente. Su sentido del lugar es más complejo, más
participativo, y debe más al esfuerzo cotidiano y a los humildes y poco bucólicos
paisajes del trabajo que a los esplendores palaciegos y al brillo de los días
de fiesta. Sobre
el suelo de la ciudad convergen muchas historias territoriales, y no sólo las
de las de las crónicas o documentos oficiales. Entre estas historias parciales
(¿No son parciales, también, las otras?) cobran vida las historias de clase,
las de mujeres, las de grupos étnicos (viviendas, locales de inmigración). La
memoria de la reproducción social no es romántica ni se presta fácilmente a
engalanamientos, pero es verdadera. Su destrucción, a menudo presentada como un
ejercicio de limpieza o embellecimiento de la ciudad, priva de lugares reales de
referencia a quienes no tuvieron otros a los que acceder y aferrarse. En cierto
modo, el barrio tiene más identidad, se vive más y es un archivo arquitectónico
en que poco a poco, inevitablemente, se convierten las ciudades, siempre hay una
tensión entre lo auténtico y su falsificación. ¿Son las ruinas más
verdaderas que la reconstrucción de lo que fueron?. Aunque Dolores Hayden ha
dado la voz a un movimiento social, su trabajo no es utópico. Al contrario, lo
que pretende es dotar de topos, de lugar, a los que no lo tienen y evitar que lo
pierdan quienes ya lo tuvieron y aspiran a conservarlo. Respecto
a la ausencia en la arquitectura o en la memoria construida , hay un importante
texto de Peter Eisenman titulado “Moving Arrows, Eros and other Errors”, traducido al español y
publicado en 1988 en la revista “Arquitectura” con el título “Castillos
de Romeo y Julieta”. El texto es un ejercicio de arquitectura y un
discurso filosófico al mismo tiempo, y cuenta con el respaldo de un nutrido
grupo de arquitectos, delineantes y maquetistas que colaboraron con su proyección.
No extraña que varios años más tarde Lillyman et al. recogiesen en su libro “Critical Architecture and Contemporary Culture” (1994), una polémica
entre Eisenman y Derrida, desatada precisamente a partir de este artículo. En
el texto referido, la policromía de las ilustraciones sirve para asignar
colores diferentes, fácilmente reconocibles, a las curvas de nivel en la
orografía de la ciudad de Verona, a las ruinas conservadas y atribuidas al
castillo o torre de Romeo, a la cripta de Julieta, al cardo y decúmano sobre el
suelo de la ciudad. A partir de esta constatación, similar o la de innumerables
ejercicios de recuperación arquitectónica de la memoria, Eisenman y sus
colaboradores introducen una nueva escala de realidad. Agrandan los espacios de las memorias ausentes, conectan –desplazándolas-
las arquitecturas que en su día fueron distantes, hacen hueco para los deseos y
las ensoñaciones, materializan lo que nunca hubo y lo dotan de tangibilidad y
forma. El título del artículo, en castellano, es descriptivo y fácilmente
comprensible, pero hace falta, para entenderlo bien, releer el título original.
La flecha es la iconografía tradicional del tiempo que se mueve, y Eisenman
introduce en su análisis la idea de la no-inmutabilidad de los hechos, de las
verdades cambiantes. También, y no por casualidad, trae a colación a Eros como
principio del cambio. Eros como responsable del
abandono del Paraíso, origen de la expulsión por el ángel flamígero.
Eros dulce de esplendor y vida, contradictorio Eros que conduce a Julieta y
Romeo a la cripta de Tánatos. Para no insistir en exceso en la tragedia, el título
se desmarca de la presión de las imágenes previas, sugeridas por Arrow y Eros,
con un juego fonético y simbólico: sólo son errors, errores, sueños. La realidad rota y fragmentada,
re-construida tras el ejercicio de maquetación y cambio de proporciones y
texturas, vuelve al redil del canon, despierta de la utopía para reencontrar lo
cotidiano. En
una escala infinitamente más modesta, sin otro apoyo formal que una foto vulgar
y un plano trasladados a acetato, otros autores también han tratado de jugar,
antes de conocer este estudio, al mismo juego en que Eisenman se revela como
maestro. No se trataba, en el caso de quien esto escribe, de la ciudad de Verona
sino de Madrid. No había castillos, sino un triángulo poblado de figuras en
piedra y el gran letrero que anuncia el Congreso de los Diputados. La cripta de
Julieta era el esquema de una cocina, una habitación standard poco elaborada de
las que sirven para el diseño de las viviendas V.P.O. (viviendas de protección
oficial), y que usan los vendedores de fregaderos y hornos eléctricos. Contra
la memoria solemne, política y externa, de las mujeres mitológicas del
frontispicio, se superponía la memoria del quehacer de cada día, la cocina y
el fregadero, el espacio ritual de la privacidad engañosa y el trabajo
incesante. Sobre el nombre broncíneo, algunas letras se correspondían, por
pura coincidencia, con las formas redondas del desagüe y los círculos de las
placas para el fuego. Memorias de Historia, de vida, de trabajo. Memorias
de-construidas y vueltas a levantar. Eros como justificación en la segregación
de los espacios, en la ausencia del Congreso. ¿Será posible enderezar la
flecha del tiempo, resarcirse del error de la ausencia?. La
pobreza y el dolor de la memoria merecen algo más que un tratamiento paliativo.
Quienes sólo estuvieron presentes en la excusa de la piedra, necesitan
recuperar memorias queridas e incitadoras que puedan sentir como vivas y
propias. No les basta el esporádico divertimento, el juego, el ensayo. Antes o
después, será necesaria la sustitución de las estatuas y las formas, el
cambio de la perspectiva y de la escala. Frente
a la lectura estandarizada de la ciudad (el circuito, la guía oficial, el
trayecto turístico), hay otras formas más trabajosas, pero igualmente
verdaderas, de acercarse a ella. Son las aproximaciones desde la ausencia, la
queja y el deseo de cambio, que buscan el sentido por encima o más allá de los
aparentes significados neutrales de las cosas. Las guías para turistas ofrecen
con frecuencia una disección de la ciudad dividida entre lo que conviene ver y
lo que no. Los edificios, panorámicas, parques o museos se categorizan por
estrellas: tres, dos, una, nada. El nada de las guías turísticas cubre a
menudo la ciudad real, la habitada, la que se transforma y participa de la
transformación universal. Luego veremos qué dice al lector ocasional el plano
común de Barcelona, el que regalan los hoteles con el patrocinio de las cadenas
de grandes almacenes o la asociación de pequeñas botigas
próximas. La
ciudad de imagen inconfundible, panorámica, tiene mucho de teatralidad, de
museo. Algún autor un poco reticente ha llamado a este tipo de ciudades “exquisite
corpses” o cadáveres exquisitos. La ciudad se reconoce a sí misma como
un espacio escénico. Se prepara para ello facilitando lugares abiertos para la
representación: balconadas y observatorios, lugares dominantes (una plaza, una
encrucijada, un montículo o patio) que crean el teatro sin necesidad de
edificio. Una representación continuada de sus personajes y relaciones, donde
unos pocos tienen papel propio y la mayoría son coro, o ni siquiera eso. En
fechas señaladas, el teatro toma corporeidad. Deja de ser solamente un lenguaje
de signos arquitectónicos, o ese nivel intermedio que es la ciudad argumentada
para los espectáculos de luz y sonido, y se hace representación pura en la
fiesta o en la chirigota. Como los moros y cristianos de Alicante, las fallas de
Valencia, los nacimientos y crucifixiones en Elche o Seo de Urgel, las bandas y
alegorías en Cádiz o Las Palmas, los desfiles conmemorativos o el Alarde de Irún
y Fuenterrabía. 5.-
Identificación espacial y multilocalidad. La
identificación espacial no se limita al lugar concreto de residencia, y combina
elementos locales, regionales, nacionales e internacionales. Tampoco es homogénea,
y en algunos sujetos priva la identificación de barrio sobre la de la ciudad, o
la de la región sobre el país, o viceversa. Todavía, el impacto de la
identidad supranacional es escaso en España, donde el 56% de la población no
ha viajado fuera del país, solamente un 18% lo han hecho en edad joven, un diez
por ciento ha vivido fuera de España durante más de un año, y otro diez por
ciento viaja frecuentemente al extranjero. Para dos tercios de la población, la
identificación espacial es principalmente local, para un 23% nacional y para un
8% supranacional. (CIRES, 1994-1995). La
identificación espacial no es igual en todas las ciudades españolas. Una
encuesta del CIS sobre Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao (E. N 1863, 1990)
muestra el grado diferente de pertenencia por origen a cada una de estas
ciudades, aunque el paso del tiempo ha restado algo de validez a los resultados
generales de este estudio. En Madrid se refleja una composición heterogénea
por origen: menos de la mitad de sus habitantes son madrileños de nacimiento, y
en el área metropolitana la proporción apenas supera la cuarta parte. En
Barcelona y Bilbao, las capitales superan la mitad de oriundos, aunque no así
sus áreas respectivas. En Valencia, capital, la pertenencia por origen es
similar a las otras ciudades citadas, y más alta en el área. Si
el origen tuviera un gran impacto en la satisfacción por vivir en la ciudad,
Madrid tendría que ofrecer índices de satisfacción inferiores a las otras
ciudades, y no es así: los venidos de fuera se adaptan bien, y crean ciudad al
vivirla. En general, los habitantes de las grandes ciudades españolas se
muestran satisfechos de residir en ellas. Valencia da el perfil de mayor
satisfacción, seguida de Bilbao, Madrid y Barcelona. Desde la fecha de la
encuesta citada hasta hoy tanto en Valencia como en Bilbao y Barcelona se han
realizado grandes obras que han mejorado la identificación con el casco urbano.
Estas
cifras dan una aproximación al posible sentimiento de identificación con las
ciudades, pero no se corresponden exactamente con él. Los cambios de lugar de
residencia, el tiempo compartido entre la vivienda principal y la secundaria, el
hábito de pasar fuera de la vivienda principal muchos días al año por motivos
laborales, o muchos de los días significativos, como las vacaciones, generan
nuevos tipos de identidad especial con nuevas y distintas organizaciones
espacio-temporales. 6.-
El significado de lo que vemos: una reflexión sobre Barcelona. 6.1-
Las imágenes privilegiadas de Barcelona. Las
imágenes de la ciudad son múltiples, como múltiples son los actores que
tienen capacidad de emitir su imagen y ponerla en circulación. Para
el viajero que llega a Barcelona y necesita desplazarse sin guía de un sitio a
otro, la mejor ayuda es un plano. Sabedores de que así sucede a miles de
personas cada día, los comercios y los servicios turísticos editan pequeños
rectángulos de papel con el trazado de las calles y los nombres de las más
importantes. Generalmente, la identificación de los que pagan la imprenta
aparece a los lados del mapa, que se convierte así en un plano-anuncio que
propaga al mismo tiempo imágenes de la ciudad y reclamos publicitarios. Como
los regalan en los hoteles y se utilizan profusamente, estos planillos son
poderosos instrumentos de creación de imagen de la ciudad, y una herramienta
barata y fácilmente accesible para el análisis sociológico. Los
nombres de las calles, y sus transformaciones, son una fuente inagotable de
memoria. No tienen la concreción y la fuerza de los palacios o fortalezas, pero
a menudo les sobreviven. Ligeros, compartidos, transportables, son los primeros
en crear lugar. Además del espacio que la
engloba y limita, la ciudad reconoce y singulariza, dándoles nombre, una
multitud de espacios interiores y exteriores. Toman nombre las calles, los
barrios, las plazas, las puertas, los edificios principales. En Barcelona, igual
que en otras ciudades europeas, llama la atención la riqueza lingüística
empleada en nombrar los lugares: a cada sitio le corresponde una categoría y
una función. Hay calles, avenidas, rondas, pasajes, paseos, plazas, torrentes,
muelles, rieras, jardines, parques, arcos y portales. El
nombre es una transacción en que el primer nominador ejerce un derecho de señalamiento,
una imposición de voluntad. Si el nombre es aceptado, se convierte en hábito,
en costumbre natural. Pero la resistencia al uso puede ser duradera, y el nombre
se alterna o convive con otras denominaciones. Carecer de nombre, o de lugares
que repiten el nombre que se ha tenido, es desaparecer, morir. Entre los nombres
y los lugares no hay solamente una relación unidireccional. El espacio
indiferenciado se singulariza en el nombre, pero el lugar devuelve alguna de sus
características al nombre que lo identifica, y se fusiona en la toponimia. Más
allá de la topo-nimia, que es nombre de lugar, y lugar con nombre, se encuentra
la ectoponimia, el espacio vacío de los lugares sin nombre y los nombres sin
lugar. Los grupos carentes de reflejo histórico vuelven sus ojos a los ectopónimos,
bautizándolos o apropiándolos secretamente. Así, conviven geografías explícitas
y tácitas, paisajes abiertos y caminos reservados a los excluidos. Todos los
grupos fabrican espacios y lugares, estén donde estén, y acotan simbólicamente
los territorios propios. Los muros, las puertas o las torres que limitan físicamente
los espacios son más visibles, pero no menos poderosos que otras barreras y
mojones del ámbito de los signos y las convenciones. El
plano utilizado para esta ocasión lo patrocina una asociación de comerciantes
y hoteleros. Sobre un fondo beige neutro, las calles sugieren el vacío de
edificaciones mediante el tono blanco, que es la ausencia de colores. Los
parques y jardines motean el plano de verde, las estaciones del metro en rojo,
azul el mar y los estanques. Los diseñadores han resaltado especialmente nueve
monumentos de la ciudad, ilustrándolos con una figura: son el Monument
a Colom, la Catedral, la Font de Canaletes, el Arc de Triomf, la Sagrada
Familia, la Pedrera de Gaudí, el pebetero de los Juegos Olímpicos del 92, la Casa Museu Gaudí, una escultura del Parc
Joan Miró y un Palau flanqueado de fuentes monumentales que el lector no identifica
porque su representación está acompañada por dos letreros (Palau
Victoria Eugenia y Palau Alfons XIII)
y no sabe a cuál de ellos (o tal vez a ambos) corresponde. Si
los monumentos elevados en el plano a la categoría de ilustración son un buen
indicador de las señas de identidad que quiere ofrecer la ciudad sobre sí
misma, no hay duda de que prima la representación de la obra de los artistas
catalanes contemporáneos, en los que Barcelona se reconoce y proyecta: sobre un
total de nueve ilustraciones, tres son de Gaudí y una de Miró. También se ha
primado el recuerdo de principios del siglo XX. El Arc
de Triomf, el monumento a Colom y
la Font de Canaletes son hitos urbanos
que coronan el arranque de grandes avenidas o el acceso marítimo a la ciudad.
Resultan casi inevitables en la escenografía de lo colosal y del tráfico
rodado. En cuanto a Montjüic, el valor representativo del conjunto no es sólo
por las edificaciones sino por la grandeza del entorno natural y las alturas que
dominan la ciudad. De
lo que hasta ahora hemos visto, no se desprende una inmediata evidencia de
connotaciones de género; una antorcha, un arco, una fuente, una escultura, ¿se
asocian más con hombres que con mujeres?. Sin duda los hacedores de la
imaginaria urbana actual han sido sólo varones y podemos discutir si habría
variado en algo su temática y sus formas si las hubiesen creado mujeres. En
cuanto a los sujetos cuya memoria se homenajea mediante las ilustraciones de los
monumentos, sólo uno de ellos es un personaje histórico. La estatua de Colon
recuerda al descubridor, pero no a la reina que promovió sus descubrimientos.
El edificio actual más famoso (la fama cambia de dueño cada pocos años) es la
Sagrada Familia, un templo expiatorio re-significado hoy de creación cultural.
Con ese templo se evoca a la más misteriosa de las familias humanas, una Madre
y un Hijo cuya filiación enlaza directamente con el Padre divino mientras niega
al padre humano de cada día otro papel que no sea el de mero dador de nombre,
afecto y custodia. 6.2.-
El poder de la toponimia. La
primera ojeada al callejero produce algo de desazón por la densidad de señales
que emite. El significado de tantos mensajes no puede descifrarse en el primer
minuto, y el orden subyacente en la toponimia va emergiendo poco a poco,
requiriendo múltiples y continuadas miradas. Además del detenimiento, hace
falta reflexión y un poco de esfuerzo clasificatorio para ordenar las ideas y
calibrar los juicios iniciales. Es
evidente que gran parte de la población de Barcelona vive fuera de los límites
del mapa que contemplamos y sólo el núcleo más público de la ciudad merece
los honores de incluirse dentro de ellos: pero no es fácil dilucidar el sentido
y las consecuencias de esta falta de presencia. Ni de saber si tan manifiesta
ajenidad significa protección de lo privado o desinterés y exclusión de lo público. Los
pequeños letreros con el nombre de las calles son letreros normalizados y
vienen todos en catalán; no sólo son “carrer”
o “plaças”, sino que hasta los reyes (Alfons XIII) suenan de modo distinto que en castellano. Igual sucede
con los rótulos de las placas metálicas de cada esquina; aún quedan algunos,
olvidados de arrancar, que recuerdan el vaivén de las lenguas y la Historia y
permiten constatar, por ejemplo, la continuidad entre el actual carrer
Pelai y la anterior calle Pelayo.
El lector no puede dejar de recordar el cardo y el decumano de la época romana,
ni de preguntarse cuál sería la toponimia ibérica para estos montes y valles
cuando aún no estaban poblados, ni en qué lengua se nombrarán las ruinas de
hoy en el futuro, cuando otros imperios gobiernen a los hombres y mujeres que
allí vivan.
Las
calles se hacen más claras y legibles en la zona que ocupa el centro del plano.
Contribuye a ello su mayor longitud y su trazado regular y simétrico; pero
también, sin duda, la colocación de este trozo de retícula en el corazón del
plano, en un lugar central ante los ojos del lector. Este punto medio es el Eixample,
dividido por los ejes del Passeig de
Gracia y la Avinguda Diagonal, que
surcan el plano de arriba a abajo y de izquierda a derecha.
Acostumbrados como estamos a la orientación cardinal en los mapas, automáticamente
suponemos que la parte alta se orienta al norte y la derecha al este, pero nada
en el plano nos autoriza a creerlo. Alrededor
de la Plaça de les Glòries Catalanes
se despliega una geografía de proximidad (Aragó, Valencia, Mallorca, Provença,
Roselló, Córsega) que tiene mucho de política. Pero también hay hueco para
la memoria de lugares más distantes, como Tánger y Bolivia, Brasil, Madrid,
Roma, Nicaragua y Ecuador. Una
buena proporción de la toponimia se dedica a recordar personajes políticos, y
entre ellos es patente la ausencia de nombres de mujeres. No es raro, porque la
toponimia actual es la huella de época pretéritas, en las que a las mujeres
les estaba vedado hasta el uso de la palabra pública y del voto. Ahora bien, ¿qué
sucederá en el futuro?. ¿Seguirán las calles ejerciendo su magisterio de
memoria y perpetuando su ausencia?. Las únicas mujeres con lugar propio, y aún
así muy pocas, lo son por razón de parentesco, como hijas o esposas de varones
coronados: la Plaça de la Reina María
Cristina, el Passeig de Isabel II o
el carrer de la Princesa. El
dédalo de calles del barrio gótico se recuadra en el plano con una línea de
puntos, queriendo decir que de ese espacio se ofrece otra versión a mayor
escala en el reverso. La ampliación permite gozar de una lectura más detenida
y detallista del callejero medieval, aunque la toponimia ha estado sometida a
casi veinte siglos de control, creación y olvido. Los nombres que todavía se
mantienen son supervivientes evolucionados, pero la mayoría fueron cayendo
derribados por sucesivos ocupantes y homenajes. Quizá por ese proceso de
filtraje natural, las calles del barrio antiguo tienen los nombres más eufónicos
y sugerentes, son los que mejor se compenetran con la mirada ignorante pero
bienintencionada del viajero que desconoce los pormenores de la Historia y rápidamente
inventa historias para dotar a esos nombres de un contexto, de un sentido. Para
recordar la provincia romana de la que formó parte, el eje perpendicular al mar
se llama Via Laietana. El recuerdo de
los poderes e instituciones religiosas es muy amplio en esta zona: en un rápido
recuento de la nómina de santos aparecen al menos dieciocho varones (S. Jaume,
S. Miguel, S. Francesc, S. Felip Neri, S. Silvestre, S. Cugat, S. Joan, S. Pere,
S. Onofre, S. Agusti, S. Just, S. Sever, S. Domenech, S. Pau, S. Josep,
S.Augusti, S. Nicolau, S. Climent) frente a un número mucho más reducido de
mujeres (Sta. Llucía, Sta. Anna, Sta. Madrona, Sta. Caterina, Sta. María). La
participación de las mujeres en el reconocimiento e institucionalización de la
santidad es evidentemente muy deficitaria. Algunos santos, como San Pere, han
dado lugar a todo un barrio y las denominaciones de las calles funden la
referencia topográfica con el recuerdo del santo; así han nacido los nombres
de “Sant Pere Mès Alt”, “Sant Pere
Mitjó” y “Sant Pere Més Baix”.
Santa María también se repite, no sólo en calle y plaza sino bajo varias
advocaciones: del Mar, de Betlem,
del Pi, de la Mare de Deu de la
Mercé. Además
de los santos, hay otras muchas referencia a entidades o figuras religiosas: la
calle de los Templaris, la calle y
plaza de Beates, la de Trinitat,
de la Verónica, del Ave María, de
los Sagristans, de la Pietat
Clara, del Carme, del Angel, del Bisbe
Caçador, del Cardenal Casañas. Por
lo que se refiere a la nobleza estamental, hay más referencias nominales en el
Eixample, que se mira en la Edad Media, que en este barrio. Una calle diminuta
se dedica a la Reina Elionor y otras más
amplias a la Princesa, la Virreina,
la Marquesa y la Comtessa,
sin más precisiones sobre el personaje que originó la dedicatoria. También
han conseguido un hueco en el recuerdo, aunque en lugar menos central que Ramón
Berenguer el Gran, o
Jaume I. Las
actividades económicas y los antiguos oficios son otro filón de
denominaciones: tienen calle los Escudellers,
y los Escudellers Blancs. Hay una
plaza Comercial y una calle del Comerç
y cerca de ellas perviven o reviven las calles de la Fusteria,
la Esparteria, la Pescateria, la Vidrieria
y la Fromatgeria. Sin que tenga una relación directa con la memoria ausente, la mirada se detiene sola en nombres evocadores, que por sí mismos son bellos y fueron naturales aunque tal vez se apliquen hoy a lugares desconchados y venidos a menos: la imaginación se enciende y el oído se apacigua ante la belleza y el sonido de algunas palabras, de algunas combinaciones de gracia en la cadencia y asociación de ideas. Así sucede con el carrer del Hostal d’en Sol y del Bonaire; con el carrer de la Barra de Ferro, el de la Séquia, el Pou de la Figuereta, el Portal Nou y la plaça de la Llana. Un mundo que hoy parece arcádico y feliz en su agrarismo surge tras la evocación de los carrers de Timó, Milans, Carabassa y Códols. Otros nombres son sorprendentes, remiten a historias dramáticas o burlescas cuyo desenlace ignoramos y atraen justamente por eso: ¿cómo no inventar historias al paso por los carrers de Tres Llits, la Lleona y Les heures?. La
mirada alrededor: del trono de la Reina de los Cielos a la exposición de sillas
Jacobsen. No
quisiera terminar sin contar en voz alta (o en palabra escrita, que tanto monta
como monta tanto) las imágenes de Barcelona que ofrecen los amplios ventanales
del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, y que han llamado
insistentemente mi atención desde el comienzo de estas sesiones. Desde
esta altura, lo primero que se ve es la bóveda natural, el cielo cubierto de
intermitentes nubes y claros; eso proporciona el marco cromático, a ratos azul
y a ratos de un blanco grisáceo y algodonoso.
La consciencia de la situación del lugar, en un contexto de barrio, pesa
mucho aunque se mire desde la cristalera. También el recuerdo del propio
edificio del Museo y del patio del Centre
que acabamos de atravesar. El gran patio central descubierto es colosal y los
muros ofrecen un orden simétrico de huecos recercados. Más que cerramiento, lo
que llama la atención al atravesar el patio es la profusión de orificios, de
ojos múltiples y unidireccionales abiertos en las fachadas interiores. Como un
mimo gráfico, como un jardín ficticio que dulcifique la dureza granítica del
suelo, cada ventana de tonos neutros se acompaña de un dibujo ligero: curvas
frente a rectas, también simétricas y pautadas, pero de un ritmo más rápido,
menos monocorde, realzado por el color caliente del fondo del zócalo que en los
medallones de amarillo brillante combina las frases piadosas y el enmarque
floral y romántico. Este patio se llamaba antiguamente, cuando el edificio era
la Casa de la Caritat, el Pati de les Dones, porque en este ala era donde se
alojaban las mujeres. De
los mitos a los que me he referido en los epígrafes anteriores dan buena cuenta
el tejadillo y la peana que presiden una de las paredes, cobijando a San Miguel
victorioso del dragón. El tejadillo y el dosel trasero son de azulejo, y los
colores (azul, blanco, verde) traen reminiscencias de antiguos alfares. El ángel
guerrero y el monstruo narran una pelea entre el Bien y el Mal tan antigua como
el mundo, que también ha servido para glorificar el oficio de soldado. Sin
apenas transición, casi sin umbral, al entrar en el Centre dejamos atrás San
Miguel para depositar la confianza en el monstruo mecánico domesticado sobre
cuyo lomo de escalones vamos trepando hacia los pisos superiores. Rígida y
palpitante, la escalera plateada requiere de nosotros una fe en su eficiencia
que le concedemos sin asomo de duda. Frente
a la arquitectura del edificio del patio, que crea los espacios cerrándolos, la
arquitectura del edificio moderno crea espacios abriéndolos al máximo, expandiéndolos
con ayuda del cristal y el acero. Una vez arriba, junto a la visión de
la bóveda de la ciudad, de su cielo, se superpone la de los pájaros que lo
surcan. Son muchas la gaviotas que vuelan de un tejado a otro, y las palomas, y
los pequeños gorriones. El mar es apenas una línea, un segmento azul que se
dibuja por encima de cúpulas y torres. No lejos de aquí, en la Rambla de
Canaletas, los pájaros sin voz que ahora sólo se ven, levantan una continua
algarabía. Las
alturas, como lugares poderosos por sí mismos, sirven de asiento a otros
poderes; a un lado Montjüic, donde se asienta, entre otras, la
institución militar: al otro, el Tibidabo, sede de otro poder y
contrapoder, a menudo aún más poderoso que el primero, acompañado hoy por la
torre de comunicaciones de Foster, que simboliza el cuarto poder del mundo
moderno. El
perfil de la montaña del Montjüic, que es muy puro, tiene una herida, una
superposición que destaca en la distancia como avanzadilla de un cambio que se
avecina; es una torre alta, un bloque de pisos cuadrangular que pronto se verá
acompañado de otros. También destacan las torres Mapfre, el globo cautivo, la
de Atarazanas y las tres chimeneas protoindustriales que se han mantenido por su
valor literario y simbólico. Una
torre demuestra en la lejanía el triunfo de la técnica sobre la ley de la
gravedad; la torre enorme e inclinada resulta ser un puente recién inaugurado,
uno de los de mayor vano en el mundo. Tanto como un puente, esa figura inclinadísima
es una declaración filosofal, un gesto de desafío y dominio. También
a lo lejos, más cerca del mar, resaltan campanarios
antiguos, a los que desde aquí no se puede atribuir significado: ¿Corresponderán,
acaso, a templos levantados en honor de la Merced o de Santa Eulalia, figuras
femeninas y protectoras de la ciudad? Pero
no todo lo que se ve son edificios singulares o monumentos históricos. Desde
los ventanales también se divisan edificios modestos, caseros, rematados con
azoteas de puerta estrecha, barandilla y geranios. Las antenas de televisión
picotean los altos de palos negros, y el nivel económico de los inquilinos
puede medirse por el tamaño y la abundancia de las nuevas antenas parabólicas.
Unos
arbolitos recién plantados entre el cemento del suelo van llenando de verde simétrico
lo que antes fueran decrépitas viviendas. Cuando vuelva a bajar, entre grúas,
perforadoras y pasarelas metálicas, pasaré junto a la hornacina que cobija una
pequeña Virgen gótica con el Niño de pie sobre sus rodillas, y echaré un
vistazo al Patio Manning, al claustro con adornos incisos y artesonados
de la antigua Casa de la Caridad. Los nombres de las calles inmediatas
son bellos (Montealegre, Valldonzella), pero los muros están repletos de
grafittis y las pequeñas plazas construidas para esponjar el barrio son
aparcamientos saturados de motocicletas y cubos comunales de basura. Bajo los árboles,
en los bancos de esas placitas minúsculas, se sientan jubilados solitarios, la
mayoría mujeres. La tienda de la esquina, de regular tamaño, refleja bien la
nueva inmigración: su rótulo proclama que es el Superstore
Asian Food. Justo
enfrente del ventanal, a la altura de los ojos, se desenroscan las formas
redondeadas de la cúpula inconfundible de Sant Pere Nolasc, con hileras
amarillas de teja esmaltada, festoneadas de verde. El contrapunto a la curvatura
del techo lo pone un alto pináculo, que marca el punto de origen de las
restantes formas. Aunque desde aquí no se alcance a verlo con detalle,
probablemente esa enhiesta banderilla tiene un significado más profundo que el
mero ornamento. Tal vez no sea pináculo, sino símbolo o signo, y por encima de
lo que ahora parece un jarrón barroco haya habido una cruz o una escultura de
María. Más
allá emerge, entre casetas de ascensores y buhardillas apenas remozadas, un
remate ultramoderno de cristal tintado y metales relucientes. Como el resto del
edificio lo ocultan las fincas colindantes, este extraño armazón parece un
sombrero loco flotando sobre ladrillos y
revocos tradicionales. Pudiera ser el capricho de un millonario excéntrico, que
ha convertido la casa del portero en un ático neoyorkino, pero me dicen que la
impresión es engañosa y el remate de cristal y acero forma parte de una lógica
y un orden, de un edificio de similares características que desde aquí no
puede adivinarse, y que se alza como otra isla en medio del mudable panorama
urbano. El anuncio luminoso de Philips
y el giratorio del BBV plantan nombras
empresariales entre el bosque de tejados. Al
otro lado de la calle hay un espacio vaciado por la piqueta que espera a su
reconversión –largamente demorada- en Facultad de Historia. Limítrofes al
hueco se levantan las medianas de los edificios vecinos. Como esas lianas que
dejan su huella incisa en los troncos de los árboles a los que han estado
arrolladas, las medianeras muestran la cicatriz de los muros que antes se
apoyaron en ellas, y se ven restos de azulejos, tubos y colores descoloridos. De
algunas ventanas penden sábanas y ropas puestas a secar, que atestiguan el pálpito
de la vida aunque quitan formalidad al paisaje. Justo
al lado del CCCB, integradas en el conjunto, se abren la plaza y la iglesia de
la Mare de Deu del Angels, en quien
reconozco mi propio nombre. La iglesia es antigua, remansada, con torre y nave.
Ha sido restaurada hace poco, y aún sigue en proceso: para atestiguar el origen
de los fondos que permiten la puesta al día, cuelgan grandes cartelones con la
identificación de los promotores. En el interior de la iglesia, blanco y
piedra. Una hermosa nervadura de arcos acordonados fragmenta el interior en
espacios diferenciables, aunque el conjunto es único y continuo. Como signo de
los nuevos tiempos, la que fuera una construcción destinada a la veneración de
la Mare de Deu, ya no expone a los
visitantes la efigie de la Madonna, de una Mujer y un Niño cuya continuidad
iconográfica podemos rastrear hasta la antigua Isis con el niño Horus. Tampoco
quedan ya ángeles, mensajeros entre las orillas del Cielo y la Tierra,
criaturas intermedias y construidas pacientemente por el imaginario colectivo
con la ayuda de los toros alados mesopotámicos,
las Astartés fenicias, las victorias o niké griegas, los Apolos, Eros y
cupidos grecolatinos y tantos otros personajes míticos que poblaron la fantasía
de los pueblos mediterráneos. La Reina de los Cielos y su corte celestial han pasado el cetro a los poderes de la nueva época, y en el interior de la antigua iglesia se presenta ahora una exposición comercial. Conmemora las modestas glorias del diseño que sirve de avanzadilla técnica y estética para los servicios de producción y venta. Donde antes estuvo el trono de la Madre y su etérea base de ángeles y querubines mofletudos, lo que vemos hoy es una exposición de sillas vanguardistas, inventadas en los lejanos países del Norte de los que ahora también importamos nuevos mitos. Mª Ángeles Durán, Catedrática de sociología del CSIC. |