LA MUJER CONSTRUYE          

"CIUDADES PROYECTADAS.(Una reflexión sobre Barcelona)"  Mª ÁNGELES DURÁN, Catedrática de Sociología del CSIC.

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Se es lo que se quiere ser. O lo que nos dejan ser los otros.

Presentación

Este ensayo se ha escrito en dos tiempos. El primero fue el de la preparación de una ponencia titulada “Ciudades proyectadas”, que expuse en la sesión del mismo nombre, compartida con Saskia Sassen, dentro del Debat sobre “La ciutat de les Dames”, en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. El segundo consistió en la incorporación al texto de las sugerencias aportadas por los otros participantes en el Debat, tanto ponentes como asistentes. Jugó también un papel decisivo el estímulo del propio lugar en que se celebraban las reuniones. La doble hilera de ventanales del último piso del CCCB, que permiten una visión amplia y próxima de la ciudad de Barcelona, actuaron como un texto abierto que invitaba silenciosamente a la lectura de sus páginas construidas.

1.- Las ideas sobre el espacio.

El espacio matemático no tiene límites. Es un agregado continuo de puntos, un número infinito de dimensiones. En el siglo III a C., en Alejandría, Euclides compiló el saber de su tiempo sobre las relaciones entre posiciones en este mundo abstracto y dio a su obra el nombre de Elementos. Se llama desde entonces espacio euclidiano, en geometría, al espacio en que existe una correspondencia de uno a uno entre todos los puntos y los múltiplos ordenados de un número real o complejo. A este tratamiento de la distancia entre puntos se le llama métrica euclidiana.

El espacio geométrico es homogéneo e imperturbable. Sus reglas de relación son exactas y están ahí desde siempre, esperando a ser descubiertas (las proporciones entre los ángulos, las formas de los poliedros), pero sin tiempo de promulgación ni vigencia social. La capacidad humana de desenvolverse en este infinito continuo de posiciones ha sido, desde siempre, objeto de reflexión: primero, de la filosofía y, después, de otras ciencias.

A través de la vista se recibe la información sobre los tres planos humanos esenciales del espacio: la altura o plano vertical, la anchura o plano horizontal y la profundidad o plano sagital.

También la arquitectura y la ciudad han sido creadas a partir de productos mentales, y no sabemos con exactitud cuál es la equivalencia entre nuestras ideas y la “realidad exterior”. Para referirnos a ella tenemos que generar conceptos, palabras, definiciones, aplicar sistemas de medidas, pesos y escalas. Y, cuando aplicamos mediciones, por precisas que sean, sólo puede tratarse de aproximaciones. Aproximaciones suficientes o no, y que cada época trata de hacer más exactas y precisas en algún sentido: que nos sirva con cierta eficacia para prevenir acontecimientos externos. O aproximaciones, -y esto es más difícil- que no sólo ayudan a predecir sino a entender los hechos que vivimos.

La arquitectura y el urbanismo están en el límite de la difícil síntesis entre estos dos tipos de saberes que pretenden conocer por la medida o predicción desde fuera y por el entendimiento desde dentro.

2.- La organización de la memoria.

Junto a la capacidad  o ejercicio inmaterial del recuerdo, hay otras formas de memoria que se ayudan y refuerzan mediante objetos materiales. También tienen memoria las instituciones, y las ciudades. De hecho, son muchos los macro-sujetos que se obligan formalmente a un ejercicio de recuento cada año, presentando sus recordatorios en un acto público al que llaman precisamente “la aprobación de la memoria”. Su memoria, porque no es individual sino compartida, necesita la negociación y el consenso de los interesados; y es de este componente colectivo de la memoria urbana, de este pacto de recuerdos, de lo que tratarán las páginas siguientes.

Estas páginas tratarán del deseo de ciudad. ¿Deseo de qué, por quién?. Hay otras palabras próximas que podrían sustituir a “deseo” en este título de ahora. Por ejemplo, “proyecto”, “voluntad”, “aspiración”, o “planes”; pero ninguna reúne los muchos matices del deseo. La “voluntad” es excesivamente firme y consciente. La “aspiración” marca con intensidad la distancia entre el plano de lo que hay y lo que podría haber, cortando la relación entre los dos niveles. Aunque en este ensayo se mantendrá el título de “ciudad proyectada” para conservar el que tuvo la sesión del Centre de Culture Contemporania de Barcelona, el “proyecto” o el “plan”  tampoco valen para empezar, porque resultan demasiado elaborados para un ejercicio de acercamiento, de descubierta. Llevan visiblemente aparejadas las ideas de organización, de acuerdos, de plazos y entregas, de instrumentos y objetivos. La primera impresión de los lectores, al asociar Barcelona y “proyectada”, será que pretendemos hablar del Eixample, de la Feria de Muestras, de las viviendas de Hospitalet o de la Villa Olímpica. Tanta concreción en plano, piqueta y cemento, intimida un poco a las ideas que aún no se han explorado o a los sentimientos que no han sabido emerger; les asusta y achican. Por ello “deseo” es una buena palabra para empezar. Tiene, además, otras ventajas. El deseo aparece en la base de la voluntad, de la aspiración, del proyecto y del plan. Anterior a todos ellos, los absorbe y expande, los panteiza y contagia.

Si las memorias individuales son tornadizas y complejas, las memorias colectivas son aún más inextricables, enredadas en un entramados de memorias singulares y comunes, que requieren expertos para interpretarlas. A medida que los sujetos individuales desaparecen, el poso de su memoria particular se aligera, y solo en parte se traspasa a la memoria de los vivos. Hanna Arendt define la ciudad como una memoria organizada. Memoria, sí, ¿pero de quién, de qué? La ciudad la componen sus gentes, igual que sus edificios y dotaciones. Girourd ha visto bien esta relación entre historia social e historia arquitectónica. En  España, el tema ha ocupado a muchos autores, y rara es la ciudad que no publica (-especialmente desde la constitución del Estado de las Autonomías y la transferencia de responsabilidades a organismos regionales y locales-) primorosos libros sobre su historia y la evolución de su trazado y sus construcciones. También se han potenciado los museos locales, que contribuyen a institucionalizar en cada caso una peculiar memoria de la ciudad.

Estas memorias se ofrecen al viajero, al visitante, como cartas de presentación. Son condensaciones de presente y pasado y cubren una completa geografía del recuerdo. Pero la historia que cuentan abunda en hechos notables y en hombres en los que poco se reconoce la gente de a pie. Se echa en falta una memoria más precisa, más dedicada o activa. El sujeto colectivo de la ciudad cuyas trazas se han buscado y recogido en estas obras, ha engullido la historia de las mujeres como si de una historia irrelevante o menor se tratase. ¿Dónde mirar, entonces, para reconocerse?.

La mayoría de las memorias ofrecen a las mujeres y a la gente común sólo una identidad vicaria. Han de reconocerse en la memoria de otros, en la narración ajena. Y sin embargo, como Sennet pone magistralmente de relieve en “Carne y piedra”, las construcciones hablan un lenguaje propio, lleno de sentido, que proporciona a quien vive entre ellas una señal de identidad. ¿Cómo escapar a la determinación de las formas? ¿Cómo construir o re-construir identidades colectivas nuevas, levantándolas sobre el agobio de una ausencia compacta y espesa? Las piedras y el cemento imponen a la carne el peso ideológico de su lenguaje sólido, de su resistencia a la voluntad de cambio.

La memoria configura poderosamente la identidad, en un proceso que hacemos entre cada uno y los otros, al que no escapamos. No hay refugio suficientemente protegido que permita mantenerse a cubierto de la identidad que otros nos asignan, a la que nos fuerzan y doblegan. Si la ciudad, si los múltiples sujetos individuales y colectivos que la componen, nos otorgan una identidad histórica incompatible con la identidad que reclamamos para el futuro, la tarea de des-identificación es previa y doblemente costosa que la tarea de proyectar y hacerse. ¡Qué confusión de direcciones, qué agotador consumo de energía en la fricción!. Un deseo de historia y de memoria, sí. Pero no demasiada, ni la que otros nos adscriban sin nuestro consentimiento.  

3.- Mitos y patrimonio histórico.

Lo que diferencia la memoria de una caótica yuxtaposición de fragmentos es que la memoria tiene sentido. La memoria requiere e impone un orden, una organización. Por eso la memoria, tanto la individual como la colectiva, necesita sujetos y argumentos, etapas y desenlaces. En cierto modo, la memoria es una narración o relato. Pero este relato no se produce en el vacío, ni pasa a nuestro lado como el rayo de sol, sin rompernos ni mancharnos. La memoria crea identidad, ilumina y destruye a la par. Levanta y deshace sujetos y episodios, volcando sobre ellos el haz de su linterna o dejándolos a oscuras. Kerby llega a decir que el self, la identidad, va emergiendo en la práctica de la narración, de la interpretación de la historia, a medida que se anudan las narraciones de otros y las auto-narraciones.

Barcelona, la ciudad fundada sobre asentamientos ibéricos de los que guarda escasa memoria, recibió al nacer un nombre muy largo: Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, y fue esta última palabra, que los romanos pronunciaban como Barkino, la que prevaleció en el recuerdo y a la que han sido fieles sus pobladores durante más de dos mil años. Hay muchos modos de acceder a la memoria de Barcelona, y los libros de Historia son sólo uno de ellos, aunque el más consensuado y eficiente. También los edificios y la toponimia del callejero encierran una memoria de la ciudad que se ofrece a la interpretación del espectador y el caminante.

Cada época trae la pretensión de ser nueva, y de re-nacer, por lo que en cada pretendido re-nacimiento hay siempre el riesgo de un sueño ilusorio, lo que Panofsky prevenía como un autoengaño. Para que una época se acepte como nueva se requiere un borde, un umbral que separe las identidades del antes y el después y la admisión de esa frontera de separación entre dos identidades tiene mucho de acto de voluntad, de imposición o consenso. ¿Qué sujetos cambiaron y, al cambiar ellos, proyectan su cambio sobre los que mantuvieron fijos? ¿quién tiene capacidad de imponer la interpretación de la continuidad y el cambio?.

Para Gadamer, el pasado no tiene sentido por sí mismo, salvo para mí y ahora. La historia la “elegimos” cada día desde el presente, aunque dentro de límites. El pasado impone límites a las posibilidades de reinterpretación. Pero esos límites, que para algunos son muy estrictos, para otros son tan flexibles, tan abiertos, que en la práctica no tiene fronteras. No tanto porque se contradigan, diciendo “sí” donde otros han visto y dicho “no”, cuanto porque borren lo que otros vieron y vean lo que otros borraron. A fin de cuentas, el ejercicio de mirar y reconocer es agotador y sólo caben dentro unos pocos sujetos y hechos priorizados. La mayoría quedan fuera de visión y el historiador es, igual que el arquitecto, un jerarquizador o introductor de arché, de orden, que edifica la memoria del tiempo.

Las ciudades gastan enormes sumas de dinero en conservar su patrimonio histórico, en rehabilitarlo. Pero en la historia de sedimentos y sucesiones que es la historia de cualquier ciudad (dicen que dos centímetros de polvo cubrirían cada año las calles de Roma si no se barrieran, cada siglo dos metros), la recuperación de la historia plantea siempre el problema ontológico de la verdad: ¿Cuál es la verdadera historia de una ciudad? ¿Es más verdadero el período romano que el medieval, el renacentista que el barroco o el actual que el modernista? ¿Es más verdadera la ciudad ennoblecida que se somete al lifting de la “gentrificación” o la ciudad que evidencia decrepitud y vejez, palacios parcelados y alijares techados de uralita?

Junto a la historia de los acontecimientos, la memoria se entrevera de otras referencias sin pretensión de autenticidad. Son los mitos. Su capacidad de ordenar el recuerdo – y empujar el futuro – es tan fuerte como la de los acontecimientos, y aunque inventados, falsos o no comprobables, sus consecuencias son igualmente verdaderas y reales. En cierto modo, los mitos son más poderosos que la historia, porque son más difíciles de rechazar y no requieren certificación. Se crean, cambian y olvidan con mayor facilidad, y responden mejor a las urgencias del presente. Aunque a veces, la linde entre historia y mito es tan débil que el uno alimenta o ciega a la otra, y viceversa. También es común que a los mitos propios se les llame historia y a los ajenos, literatura o fantasía.

Las ciudades crean y recrean constantemente sus propios mitos, sus interpretaciones fantásticas. Sólo algunas de ellas se refieren al pasado, o a figuras humanizadas, y de entre la variedad de mitos que pueblan la memoria de la ciudad y los ciudadanos, cabe al des-velador la tarea de elegir para su recuerdo los que mejor cuadren en su composición de la memoria. Cándida Martínez ha analizado el papel de los mitos griegos –origen de tantas pervivencias actuales- en la asignación de los espacios públicos y privados, respectivamente, a hombres y mujeres. De los dioses de la cosmogonía griega, sólo Hermes y Hestia habitaban en la Tierra entre los hombres. Hermes es y representa el mensajero, el que protege los espacios públicos, la información y los caminos. Hestia, que es diosa y no dios, protege y guarda los hogares, el interior de las cosas, el corazón de la ciudad. A los hombres les correspondía identificarse con el espacio público, con la competición y la palabra discutida en el ágora, mientras las mujeres debían recluirse en el interior de las viviendas (-en el interior de los interiores-) y algunas de entre ellas se consagraban como vírgenes al culto de Hestia. Jenofonte (“Económico”) y Aristóteles (“La Política”) promovieron esta separación de espacios, esta polaridad, como esencial a la estructura urbana. En Roma, Hestia continuó bajo la advocación de Vesta, y en sus templos redondos se guardaba, bajo la custodia de las vestales, el permanente fuego sagrado de la ciudad.

La memoria es poco estable, y responde enseguida a las labores de abono y poda. Por eso se somete constantemente a curas de embellecimiento, borrado, ampliación y olvido. Los mitos juegan un papel importante en este proceso, y si los mitos no resuelven las necesidades del momento, siempre cabe reinventarlos o hacerlos aparecer bajo contenidos nuevos. Eso fue en cierto modo lo que intentó Cristina de Pizán a comienzos del siglo XV en su libro “La ciudad de las damas”, en que repasa mitos e historias de mujeres desde su perspectiva más favorable.

Igual que las piedras y los caminos, los mitos contribuyen a crear la ciudad. Un buen mito da tanto juego, o más, que un escudo heráldico o una muralla.

Resulta sin embargo embarazosa la confusión del presente urbano, la inutilidad de los antiguos mitos. Ni Hermes ni Hestia sirven ya para representarnos. Entre otras cosas más prosaicas o fútiles, Hermes es el nombre de un programa de e-mail, que sirve para enviar señales a casa. Hestia sigue aguardando en el hogar, pero hoy hay pocas vestales que le rindan tributo. El cielo es un espacio profanado por las rutas aéreas y el Olimpo cubierto de nieve y nubes se desliza bajo el avión como un monte cualquiera, coronado por la estela de burbujas brillantes que dejan tras sí las aeronaves.

Se han borrado los perfiles de los mitos que había, porque están huecos y no saben ya hablar. Pero no han nacido los mitos nuevos, los que reflejen la nueva figura de las mujeres carnales y menores, al mismo tiempo viajeras como Hermes y guardadoras de hogar como Hestia. No se puede aguardar más. Si las ruinas, las leyes y la ciencia no bastan para devolver a las mujeres una memoria que nunca les dejaron conservar habrá que llamar en su ayuda a los inventores de cuentos, a los que urden historias cautivadoras con las palabras.

4.- La deconstrucción de la escenografía urbana.

La ciudad es un señuelo, una oferta permanente de identidades, una invitación a la fusión: pero, ¿Fusión en qué, a costa de qué?. Si la memoria urbana es parte de la identidad colectiva, y si la identidad colectiva es el terreno del que emergen las identidades privadas: ¿Cómo podrá afirmarse la identidad y la memoria de quien no ocupa lugar en la escena, en la representación?. ¿Qué formas de identidad propician las ausencias, las posiciones vicarias o derivadas, adorativas incluso de las identidades ajenas?.

Si la memoria es una acumulación organizada, un acopio sin bordes evidentes: ¿Quién podrá resguardarla y mantenerla? ¿Quién recibirá su legado? Una de las experiencias más conocidas de defensa de la memoria de grupos sociales en riesgo de perderla es la de Dolores Hayden en Los Ángeles, a través de una pequeña corporación sin ánimo de lucro llamada “The power of place”. Comenzaron su trabajo en 1984, como parte del esfuerzo por entender la ciudad en que vivían, y en el experimento han colaborado vecinos, historiadores, diseñadores y artistas. Trataron (-y siguen en ello, tras la publicación de un libro con el mismo título-) de “situar la historia de las mujeres y de los grupos étnicos en el centro de la ciudad, en los lugares públicos”. Para ello definen el paisaje como una historia pública, y se oponen a un conservacionismo limitado a los edificios ricos o de los arquitectos famosos. No les interesa el tipo de reconstrucciones que distorsionan el pasado real, exagerando la riqueza y poder de unos pocos y denigrando el presente. Su sentido del lugar es más complejo, más participativo, y debe más al esfuerzo cotidiano y a los humildes y poco bucólicos paisajes del trabajo que a los esplendores palaciegos y al brillo de los días de fiesta.

Sobre el suelo de la ciudad convergen muchas historias territoriales, y no sólo las de las de las crónicas o documentos oficiales. Entre estas historias parciales (¿No son parciales, también, las otras?) cobran vida las historias de clase, las de mujeres, las de grupos étnicos (viviendas, locales de inmigración). La memoria de la reproducción social no es romántica ni se presta fácilmente a engalanamientos, pero es verdadera. Su destrucción, a menudo presentada como un ejercicio de limpieza o embellecimiento de la ciudad, priva de lugares reales de referencia a quienes no tuvieron otros a los que acceder y aferrarse. En cierto modo, el barrio tiene más identidad, se vive más y es un archivo arquitectónico en que poco a poco, inevitablemente, se convierten las ciudades, siempre hay una tensión entre lo auténtico y su falsificación. ¿Son las ruinas más verdaderas que la reconstrucción de lo que fueron?. Aunque Dolores Hayden ha dado la voz a un movimiento social, su trabajo no es utópico. Al contrario, lo que pretende es dotar de topos, de lugar, a los que no lo tienen y evitar que lo pierdan quienes ya lo tuvieron y aspiran a conservarlo.

Respecto a la ausencia en la arquitectura o en la memoria construida , hay un importante texto de Peter Eisenman titulado “Moving Arrows, Eros and other Errors”, traducido al español y publicado en 1988 en la revista “Arquitectura” con el título “Castillos de Romeo y Julieta”. El texto es un ejercicio de arquitectura y un discurso filosófico al mismo tiempo, y cuenta con el respaldo de un nutrido grupo de arquitectos, delineantes y maquetistas que colaboraron con su proyección. No extraña que varios años más tarde Lillyman et al. recogiesen en su libro “Critical Architecture and Contemporary Culture” (1994), una polémica entre Eisenman y Derrida, desatada precisamente a partir de este artículo.

En el texto referido, la policromía de las ilustraciones sirve para asignar colores diferentes, fácilmente reconocibles, a las curvas de nivel en la orografía de la ciudad de Verona, a las ruinas conservadas y atribuidas al castillo o torre de Romeo, a la cripta de Julieta, al cardo y decúmano sobre el suelo de la ciudad. A partir de esta constatación, similar o la de innumerables ejercicios de recuperación arquitectónica de la memoria, Eisenman y sus colaboradores introducen una nueva escala de realidad. Agrandan  los espacios de las memorias ausentes, conectan –desplazándolas- las arquitecturas que en su día fueron distantes, hacen hueco para los deseos y las ensoñaciones, materializan lo que nunca hubo y lo dotan de tangibilidad y forma. El título del artículo, en castellano, es descriptivo y fácilmente comprensible, pero hace falta, para entenderlo bien, releer el título original. La flecha es la iconografía tradicional del tiempo que se mueve, y Eisenman introduce en su análisis la idea de la no-inmutabilidad de los hechos, de las verdades cambiantes. También, y no por casualidad, trae a colación a Eros como principio del cambio. Eros como responsable del  abandono del Paraíso, origen de la expulsión por el ángel flamígero. Eros dulce de esplendor y vida, contradictorio Eros que conduce a Julieta y Romeo a la cripta de Tánatos. Para no insistir en exceso en la tragedia, el título se desmarca de la presión de las imágenes previas, sugeridas por Arrow y Eros, con un juego fonético y simbólico: sólo son errors, errores, sueños. La realidad rota y fragmentada, re-construida tras el ejercicio de maquetación y cambio de proporciones y texturas, vuelve al redil del canon, despierta de la utopía para reencontrar lo cotidiano.

En una escala infinitamente más modesta, sin otro apoyo formal que una foto vulgar y un plano trasladados a acetato, otros autores también han tratado de jugar, antes de conocer este estudio, al mismo juego en que Eisenman se revela como maestro. No se trataba, en el caso de quien esto escribe, de la ciudad de Verona sino de Madrid. No había castillos, sino un triángulo poblado de figuras en piedra y el gran letrero que anuncia el Congreso de los Diputados. La cripta de Julieta era el esquema de una cocina, una habitación standard poco elaborada de las que sirven para el diseño de las viviendas V.P.O. (viviendas de protección oficial), y que usan los vendedores de fregaderos y hornos eléctricos. Contra la memoria solemne, política y externa, de las mujeres mitológicas del frontispicio, se superponía la memoria del quehacer de cada día, la cocina y el fregadero, el espacio ritual de la privacidad engañosa y el trabajo incesante. Sobre el nombre broncíneo, algunas letras se correspondían, por pura coincidencia, con las formas redondas del desagüe y los círculos de las placas para el fuego. Memorias de Historia, de vida, de trabajo. Memorias de-construidas y vueltas a levantar. Eros como justificación en la segregación de los espacios, en la ausencia del Congreso. ¿Será posible enderezar la flecha del tiempo, resarcirse del error de la ausencia?.

La pobreza y el dolor de la memoria merecen algo más que un tratamiento paliativo. Quienes sólo estuvieron presentes en la excusa de la piedra, necesitan recuperar memorias queridas e incitadoras que puedan sentir como vivas y propias. No les basta el esporádico divertimento, el juego, el ensayo. Antes o después, será necesaria la sustitución de las estatuas y las formas, el cambio de la perspectiva y de la escala.

Frente a la lectura estandarizada de la ciudad (el circuito, la guía oficial, el trayecto turístico), hay otras formas más trabajosas, pero igualmente verdaderas, de acercarse a ella. Son las aproximaciones desde la ausencia, la queja y el deseo de cambio, que buscan el sentido por encima o más allá de los aparentes significados neutrales de las cosas. Las guías para turistas ofrecen con frecuencia una disección de la ciudad dividida entre lo que conviene ver y lo que no. Los edificios, panorámicas, parques o museos se categorizan por estrellas: tres, dos, una, nada. El nada de las guías turísticas cubre a menudo la ciudad real, la habitada, la que se transforma y participa de la transformación universal. Luego veremos qué dice al lector ocasional el plano común de Barcelona, el que regalan los hoteles con el patrocinio de las cadenas de grandes almacenes o la asociación de pequeñas botigas próximas.

La ciudad de imagen inconfundible, panorámica, tiene mucho de teatralidad, de museo. Algún autor un poco reticente ha llamado a este tipo de ciudades “exquisite corpses” o cadáveres exquisitos. La ciudad se reconoce a sí misma como un espacio escénico. Se prepara para ello facilitando lugares abiertos para la representación: balconadas y observatorios, lugares dominantes (una plaza, una encrucijada, un montículo o patio) que crean el teatro sin necesidad de edificio. Una representación continuada de sus personajes y relaciones, donde unos pocos tienen papel propio y la mayoría son coro, o ni siquiera eso. En fechas señaladas, el teatro toma corporeidad. Deja de ser solamente un lenguaje de signos arquitectónicos, o ese nivel intermedio que es la ciudad argumentada para los espectáculos de luz y sonido, y se hace representación pura en la fiesta o en la chirigota. Como los moros y cristianos de Alicante, las fallas de Valencia, los nacimientos y crucifixiones en Elche o Seo de Urgel, las bandas y alegorías en Cádiz o Las Palmas, los desfiles conmemorativos o el Alarde de Irún y Fuenterrabía.

5.- Identificación espacial y multilocalidad.

La identificación espacial no se limita al lugar concreto de residencia, y combina elementos locales, regionales, nacionales e internacionales. Tampoco es homogénea, y en algunos sujetos priva la identificación de barrio sobre la de la ciudad, o la de la región sobre el país, o viceversa. Todavía, el impacto de la identidad supranacional es escaso en España, donde el 56% de la población no ha viajado fuera del país, solamente un 18% lo han hecho en edad joven, un diez por ciento ha vivido fuera de España durante más de un año, y otro diez por ciento viaja frecuentemente al extranjero. Para dos tercios de la población, la identificación espacial es principalmente local, para un 23% nacional y para un 8% supranacional. (CIRES, 1994-1995).

La identificación espacial no es igual en todas las ciudades españolas. Una encuesta del CIS sobre Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao (E. N 1863, 1990) muestra el grado diferente de pertenencia por origen a cada una de estas ciudades, aunque el paso del tiempo ha restado algo de validez a los resultados generales de este estudio. En Madrid se refleja una composición heterogénea por origen: menos de la mitad de sus habitantes son madrileños de nacimiento, y en el área metropolitana la proporción apenas supera la cuarta parte. En Barcelona y Bilbao, las capitales superan la mitad de oriundos, aunque no así sus áreas respectivas. En Valencia, capital, la pertenencia por origen es similar a las otras ciudades citadas, y más alta en el área.

Si el origen tuviera un gran impacto en la satisfacción por vivir en la ciudad, Madrid tendría que ofrecer índices de satisfacción inferiores a las otras ciudades, y no es así: los venidos de fuera se adaptan bien, y crean ciudad al vivirla. En general, los habitantes de las grandes ciudades españolas se muestran satisfechos de residir en ellas. Valencia da el perfil de mayor satisfacción, seguida de Bilbao, Madrid y Barcelona. Desde la fecha de la encuesta citada hasta hoy tanto en Valencia como en Bilbao y Barcelona se han realizado grandes obras que han mejorado la identificación con el casco urbano.

Estas cifras dan una aproximación al posible sentimiento de identificación con las ciudades, pero no se corresponden exactamente con él. Los cambios de lugar de residencia, el tiempo compartido entre la vivienda principal y la secundaria, el hábito de pasar fuera de la vivienda principal muchos días al año por motivos laborales, o muchos de los días significativos, como las vacaciones, generan nuevos tipos de identidad especial con nuevas y distintas organizaciones espacio-temporales.

6.- El significado de lo que vemos: una reflexión sobre Barcelona.

6.1- Las imágenes privilegiadas de Barcelona.

Las imágenes de la ciudad son múltiples, como múltiples son los actores que tienen capacidad de emitir su imagen y ponerla en circulación.

Para el viajero que llega a Barcelona y necesita desplazarse sin guía de un sitio a otro, la mejor ayuda es un plano. Sabedores de que así sucede a miles de personas cada día, los comercios y los servicios turísticos editan pequeños rectángulos de papel con el trazado de las calles y los nombres de las más importantes. Generalmente, la identificación de los que pagan la imprenta aparece a los lados del mapa, que se convierte así en un plano-anuncio que propaga al mismo tiempo imágenes de la ciudad y reclamos publicitarios. Como los regalan en los hoteles y se utilizan profusamente, estos planillos son poderosos instrumentos de creación de imagen de la ciudad, y una herramienta barata y fácilmente accesible para el análisis sociológico.

Los nombres de las calles, y sus transformaciones, son una fuente inagotable de memoria. No tienen la concreción y la fuerza de los palacios o fortalezas, pero a menudo les sobreviven. Ligeros, compartidos, transportables, son los primeros en crear lugar. Además del espacio que la engloba y limita, la ciudad reconoce y singulariza, dándoles nombre, una multitud de espacios interiores y exteriores. Toman nombre las calles, los barrios, las plazas, las puertas, los edificios principales. En Barcelona, igual que en otras ciudades europeas, llama la atención la riqueza lingüística empleada en nombrar los lugares: a cada sitio le corresponde una categoría y una función. Hay calles, avenidas, rondas, pasajes, paseos, plazas, torrentes, muelles, rieras, jardines, parques, arcos y portales.

El nombre es una transacción en que el primer nominador ejerce un derecho de señalamiento, una imposición de voluntad. Si el nombre es aceptado, se convierte en hábito, en costumbre natural. Pero la resistencia al uso puede ser duradera, y el nombre se alterna o convive con otras denominaciones. Carecer de nombre, o de lugares que repiten el nombre que se ha tenido, es desaparecer, morir. Entre los nombres y los lugares no hay solamente una relación unidireccional. El espacio indiferenciado se singulariza en el nombre, pero el lugar devuelve alguna de sus características al nombre que lo identifica, y se fusiona en la toponimia. Más allá de la topo-nimia, que es nombre de lugar, y lugar con nombre, se encuentra la ectoponimia, el espacio vacío de los lugares sin nombre y los nombres sin lugar. Los grupos carentes de reflejo histórico vuelven sus ojos a los ectopónimos, bautizándolos o apropiándolos secretamente. Así, conviven geografías explícitas y tácitas, paisajes abiertos y caminos reservados a los excluidos. Todos los grupos fabrican espacios y lugares, estén donde estén, y acotan simbólicamente los territorios propios. Los muros, las puertas o las torres que limitan físicamente los espacios son más visibles, pero no menos poderosos que otras barreras y mojones del ámbito de los signos y las convenciones.

El plano utilizado para esta ocasión lo patrocina una asociación de comerciantes y hoteleros. Sobre un fondo beige neutro, las calles sugieren el vacío de edificaciones mediante el tono blanco, que es la ausencia de colores. Los parques y jardines motean el plano de verde, las estaciones del metro en rojo, azul el mar y los estanques. Los diseñadores han resaltado especialmente nueve monumentos de la ciudad, ilustrándolos con una figura: son el Monument a Colom, la Catedral, la Font de Canaletes, el Arc de Triomf, la Sagrada Familia, la Pedrera de Gaudí, el pebetero de los Juegos Olímpicos del 92, la Casa Museu Gaudí, una escultura del Parc Joan Miró y un Palau flanqueado de fuentes monumentales que el lector no identifica porque su representación está acompañada por dos letreros (Palau Victoria Eugenia y Palau Alfons XIII) y no sabe a cuál de ellos (o tal vez a ambos) corresponde.

Si los monumentos elevados en el plano a la categoría de ilustración son un buen indicador de las señas de identidad que quiere ofrecer la ciudad sobre sí misma, no hay duda de que prima la representación de la obra de los artistas catalanes contemporáneos, en los que Barcelona se reconoce y proyecta: sobre un total de nueve ilustraciones, tres son de Gaudí y una de Miró. También se ha primado el recuerdo de principios del siglo XX. El Arc de Triomf, el monumento a Colom y la Font de Canaletes son hitos urbanos que coronan el arranque de grandes avenidas o el acceso marítimo a la ciudad. Resultan casi inevitables en la escenografía de lo colosal y del tráfico rodado. En cuanto a Montjüic, el valor representativo del conjunto no es sólo por las edificaciones sino por la grandeza del entorno natural y las alturas que dominan la ciudad.

De lo que hasta ahora hemos visto, no se desprende una inmediata evidencia de connotaciones de género; una antorcha, un arco, una fuente, una escultura, ¿se asocian más con hombres que con mujeres?. Sin duda los hacedores de la imaginaria urbana actual han sido sólo varones y podemos discutir si habría variado en algo su temática y sus formas si las hubiesen creado mujeres. En cuanto a los sujetos cuya memoria se homenajea mediante las ilustraciones de los monumentos, sólo uno de ellos es un personaje histórico. La estatua de Colon recuerda al descubridor, pero no a la reina que promovió sus descubrimientos. El edificio actual más famoso (la fama cambia de dueño cada pocos años) es la Sagrada Familia, un templo expiatorio re-significado hoy de creación cultural. Con ese templo se evoca a la más misteriosa de las familias humanas, una Madre y un Hijo cuya filiación enlaza directamente con el Padre divino mientras niega al padre humano de cada día otro papel que no sea el de mero dador de nombre, afecto y custodia.

6.2.- El poder de la toponimia.

La primera ojeada al callejero produce algo de desazón por la densidad de señales que emite. El significado de tantos mensajes no puede descifrarse en el primer minuto, y el orden subyacente en la toponimia va emergiendo poco a poco, requiriendo múltiples y continuadas miradas. Además del detenimiento, hace falta reflexión y un poco de esfuerzo clasificatorio para ordenar las ideas y calibrar los juicios iniciales.

Es evidente que gran parte de la población de Barcelona vive fuera de los límites del mapa que contemplamos y sólo el núcleo más público de la ciudad merece los honores de incluirse dentro de ellos: pero no es fácil dilucidar el sentido y las consecuencias de esta falta de presencia. Ni de saber si tan manifiesta ajenidad significa protección de lo privado o desinterés y exclusión de lo público.

Los pequeños letreros con el nombre de las calles son letreros normalizados y vienen todos en catalán; no sólo son “carrer” o “plaças”, sino que hasta los reyes (Alfons XIII) suenan de modo distinto que en castellano. Igual sucede con los rótulos de las placas metálicas de cada esquina; aún quedan algunos, olvidados de arrancar, que recuerdan el vaivén de las lenguas y la Historia y permiten constatar, por ejemplo, la continuidad entre el actual carrer Pelai y la anterior calle Pelayo. El lector no puede dejar de recordar el cardo y el decumano de la época romana, ni de preguntarse cuál sería la toponimia ibérica para estos montes y valles cuando aún no estaban poblados, ni en qué lengua se nombrarán las ruinas de hoy en el futuro, cuando otros imperios gobiernen a los hombres y mujeres que allí vivan.

Las calles se hacen más claras y legibles en la zona que ocupa el centro del plano. Contribuye a ello su mayor longitud y su trazado regular y simétrico; pero también, sin duda, la colocación de este trozo de retícula en el corazón del plano, en un lugar central ante los ojos del lector. Este punto medio es el Eixample, dividido por los ejes del Passeig de Gracia y la Avinguda Diagonal, que surcan el plano de arriba a abajo y de izquierda a derecha.  Acostumbrados como estamos a la orientación cardinal en los mapas, automáticamente suponemos que la parte alta se orienta al norte y la derecha al este, pero nada en el plano nos autoriza a creerlo.

Alrededor de la Plaça de les Glòries Catalanes se despliega una geografía de proximidad (Aragó, Valencia, Mallorca, Provença, Roselló, Córsega) que tiene mucho de política. Pero también hay hueco para la memoria de lugares más distantes, como Tánger y Bolivia, Brasil, Madrid, Roma, Nicaragua y Ecuador.

Una buena proporción de la toponimia se dedica a recordar personajes políticos, y entre ellos es patente la ausencia de nombres de mujeres. No es raro, porque la toponimia actual es la huella de época pretéritas, en las que a las mujeres les estaba vedado hasta el uso de la palabra pública y del voto. Ahora bien, ¿qué sucederá en el futuro?. ¿Seguirán las calles ejerciendo su magisterio de memoria y perpetuando su ausencia?. Las únicas mujeres con lugar propio, y aún así muy pocas, lo son por razón de parentesco, como hijas o esposas de varones coronados: la Plaça de la Reina María Cristina, el Passeig de Isabel II o el carrer de la Princesa.

El dédalo de calles del barrio gótico se recuadra en el plano con una línea de puntos, queriendo decir que de ese espacio se ofrece otra versión a mayor escala en el reverso. La ampliación permite gozar de una lectura más detenida y detallista del callejero medieval, aunque la toponimia ha estado sometida a casi veinte siglos de control, creación y olvido. Los nombres que todavía se mantienen son supervivientes evolucionados, pero la mayoría fueron cayendo derribados por sucesivos ocupantes y homenajes. Quizá por ese proceso de filtraje natural, las calles del barrio antiguo tienen los nombres más eufónicos y sugerentes, son los que mejor se compenetran con la mirada ignorante pero bienintencionada del viajero que desconoce los pormenores de la Historia y rápidamente inventa historias para dotar a esos nombres de un contexto, de un sentido.

Para recordar la provincia romana de la que formó parte, el eje perpendicular al mar se llama Via Laietana. El recuerdo de los poderes e instituciones religiosas es muy amplio en esta zona: en un rápido recuento de la nómina de santos aparecen al menos dieciocho varones (S. Jaume, S. Miguel, S. Francesc, S. Felip Neri, S. Silvestre, S. Cugat, S. Joan, S. Pere, S. Onofre, S. Agusti, S. Just, S. Sever, S. Domenech, S. Pau, S. Josep, S.Augusti, S. Nicolau, S. Climent) frente a un número mucho más reducido de mujeres (Sta. Llucía, Sta. Anna, Sta. Madrona, Sta. Caterina, Sta. María). La participación de las mujeres en el reconocimiento e institucionalización de la santidad es evidentemente muy deficitaria. Algunos santos, como San Pere, han dado lugar a todo un barrio y las denominaciones de las calles funden la referencia topográfica con el recuerdo del santo; así han nacido los nombres de “Sant Pere Mès Alt”, “Sant Pere Mitjó” y “Sant Pere Més Baix”. Santa María también se repite, no sólo en calle y plaza sino bajo varias advocaciones: del Mar, de Betlem, del Pi, de la Mare de Deu de la Mercé.

Además de los santos, hay otras muchas referencia a entidades o figuras religiosas: la calle de los Templaris, la calle y plaza de Beates, la de Trinitat, de la Verónica, del Ave María, de los Sagristans, de la Pietat Clara, del Carme, del Angel, del Bisbe Caçador, del Cardenal Casañas.

Por lo que se refiere a la nobleza estamental, hay más referencias nominales en el Eixample, que se mira en la Edad Media, que en este barrio. Una calle diminuta se dedica a la Reina Elionor y otras más amplias a la Princesa, la Virreina, la Marquesa y la Comtessa, sin más precisiones sobre el personaje que originó la dedicatoria. También han conseguido un hueco en el recuerdo, aunque en lugar menos central que Ramón Berenguer el Gran, o Jaume I.

Las actividades económicas y los antiguos oficios son otro filón de denominaciones: tienen calle los Escudellers, y los Escudellers Blancs. Hay una plaza Comercial y una calle del Comerç y cerca de ellas perviven o reviven las calles de la Fusteria, la Esparteria, la Pescateria, la Vidrieria y la Fromatgeria.

Sin que tenga una relación directa con la memoria ausente, la mirada se detiene sola en nombres evocadores, que por sí mismos son bellos y fueron naturales aunque tal vez se apliquen hoy a lugares desconchados y venidos a menos: la imaginación se enciende y el oído se apacigua ante la belleza y el sonido de algunas palabras, de algunas combinaciones de gracia en la cadencia y asociación de ideas. Así sucede con el carrer del Hostal d’en Sol y del Bonaire; con el carrer de la Barra de Ferro, el de la Séquia, el Pou de la Figuereta, el Portal Nou y la plaça de la Llana. Un mundo que hoy parece arcádico y feliz en su agrarismo surge tras la evocación de los carrers de Timó,  Milans, Carabassa y Códols. Otros nombres son sorprendentes, remiten a historias dramáticas o burlescas cuyo desenlace ignoramos y atraen justamente por eso: ¿cómo no inventar historias al paso por los carrers de Tres Llits, la Lleona y Les heures?. 

La mirada alrededor: del trono de la Reina de los Cielos a la exposición de sillas Jacobsen.

No quisiera terminar sin contar en voz alta (o en palabra escrita, que tanto monta como monta tanto) las imágenes de Barcelona que ofrecen los amplios ventanales del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, y que han llamado insistentemente mi atención desde el comienzo de estas sesiones.

Desde esta altura, lo primero que se ve es la bóveda natural, el cielo cubierto de intermitentes nubes y claros; eso proporciona el marco cromático, a ratos azul y a ratos de un blanco grisáceo y algodonoso.  La consciencia de la situación del lugar, en un contexto de barrio, pesa mucho aunque se mire desde la cristalera. También el recuerdo del propio edificio del Museo y del patio del  Centre que acabamos de atravesar. El gran patio central descubierto es colosal y los muros ofrecen un orden simétrico de huecos recercados. Más que cerramiento, lo que llama la atención al atravesar el patio es la profusión de orificios, de ojos múltiples y unidireccionales abiertos en las fachadas interiores. Como un mimo gráfico, como un jardín ficticio que dulcifique la dureza granítica del suelo, cada ventana de tonos neutros se acompaña de un dibujo ligero: curvas frente a rectas, también simétricas y pautadas, pero de un ritmo más rápido, menos monocorde, realzado por el color caliente del fondo del zócalo que en los medallones de amarillo brillante combina las frases piadosas y el enmarque floral y romántico. Este patio se llamaba antiguamente, cuando el edificio era la Casa de la Caritat, el Pati de les Dones, porque en este ala era donde se alojaban las mujeres.

De los mitos a los que me he referido en los epígrafes anteriores dan buena cuenta el tejadillo y la peana que presiden una de las paredes, cobijando a San Miguel victorioso del dragón. El tejadillo y el dosel trasero son de azulejo, y los colores (azul, blanco, verde) traen reminiscencias de antiguos alfares. El ángel guerrero y el monstruo narran una pelea entre el Bien y el Mal tan antigua como el mundo, que también ha servido para glorificar el oficio de soldado.

Sin apenas transición, casi sin umbral, al entrar en el Centre dejamos atrás San Miguel para depositar la confianza en el monstruo mecánico domesticado sobre cuyo lomo de escalones vamos trepando hacia los pisos superiores. Rígida y palpitante, la escalera plateada requiere de nosotros una fe en su eficiencia que le concedemos sin asomo de duda.

Frente a la arquitectura del edificio del patio, que crea los espacios cerrándolos, la arquitectura del edificio moderno crea espacios abriéndolos al máximo, expandiéndolos  con ayuda del cristal y el acero. Una vez arriba, junto a la visión de la bóveda de la ciudad, de su cielo, se superpone la de los pájaros que lo surcan. Son muchas la gaviotas que vuelan de un tejado a otro, y las palomas, y los pequeños gorriones. El mar es apenas una línea, un segmento azul que se dibuja por encima de cúpulas y torres. No lejos de aquí, en la Rambla de Canaletas, los pájaros sin voz que ahora sólo se ven, levantan una continua algarabía.

Las alturas, como lugares poderosos por sí mismos, sirven de asiento a otros poderes; a un lado Montjüic, donde se asienta, entre otras, la  institución militar: al otro, el Tibidabo, sede de otro poder y contrapoder, a menudo aún más poderoso que el primero, acompañado hoy por la torre de comunicaciones de Foster, que simboliza el cuarto poder del mundo moderno.

El perfil de la montaña del Montjüic, que es muy puro, tiene una herida, una superposición que destaca en la distancia como avanzadilla de un cambio que se avecina; es una torre alta, un bloque de pisos cuadrangular que pronto se verá acompañado de otros. También destacan las torres Mapfre, el globo cautivo, la de Atarazanas y las tres chimeneas protoindustriales que se han mantenido por su valor literario y simbólico.

Una torre demuestra en la lejanía el triunfo de la técnica sobre la ley de la gravedad; la torre enorme e inclinada resulta ser un puente recién inaugurado, uno de los de mayor vano en el mundo. Tanto como un puente, esa figura inclinadísima es una declaración filosofal, un gesto de desafío y dominio.

También a lo lejos, más cerca del mar, resaltan  campanarios antiguos, a los que desde aquí no se puede atribuir significado: ¿Corresponderán, acaso, a templos levantados en honor de la Merced o de Santa Eulalia, figuras femeninas y protectoras de la ciudad?

Pero no todo lo que se ve son edificios singulares o monumentos históricos. Desde los ventanales también se divisan edificios modestos, caseros, rematados con azoteas de puerta estrecha, barandilla y geranios. Las antenas de televisión picotean los altos de palos negros, y el nivel económico de los inquilinos puede medirse por el tamaño y la abundancia de las nuevas antenas parabólicas.

Unos arbolitos recién plantados entre el cemento del suelo van llenando de verde simétrico lo que antes fueran decrépitas viviendas. Cuando vuelva a bajar, entre grúas, perforadoras y pasarelas metálicas, pasaré junto a la hornacina que cobija una pequeña Virgen gótica con el Niño de pie sobre sus rodillas, y echaré un vistazo al Patio Manning, al claustro con adornos incisos y artesonados  de la antigua Casa de la Caridad. Los nombres de las calles inmediatas son bellos (Montealegre, Valldonzella), pero los muros están repletos de grafittis y las pequeñas plazas construidas para esponjar el barrio son aparcamientos saturados de motocicletas y cubos comunales de basura. Bajo los árboles, en los bancos de esas placitas minúsculas, se sientan jubilados solitarios, la mayoría mujeres. La tienda de la esquina, de regular tamaño, refleja bien la nueva inmigración: su rótulo proclama que es el Superstore Asian Food.

Justo enfrente del ventanal, a la altura de los ojos, se desenroscan las formas redondeadas de la cúpula inconfundible de Sant Pere Nolasc, con hileras amarillas de teja esmaltada, festoneadas de verde. El contrapunto a la curvatura del techo lo pone un alto pináculo, que marca el punto de origen de las restantes formas. Aunque desde aquí no se alcance a verlo con detalle, probablemente esa enhiesta banderilla tiene un significado más profundo que el mero ornamento. Tal vez no sea pináculo, sino símbolo o signo, y por encima de lo que ahora parece un jarrón barroco haya habido una cruz o una escultura de María.

Más allá emerge, entre casetas de ascensores y buhardillas apenas remozadas, un remate ultramoderno de cristal tintado y metales relucientes. Como el resto del edificio lo ocultan las fincas colindantes, este extraño armazón parece un sombrero loco flotando sobre ladrillos  y revocos tradicionales. Pudiera ser el capricho de un millonario excéntrico, que ha convertido la casa del portero en un ático neoyorkino, pero me dicen que la impresión es engañosa y el remate de cristal y acero forma parte de una lógica y un orden, de un edificio de similares características que desde aquí no puede adivinarse, y que se alza como otra isla en medio del mudable panorama urbano. El anuncio luminoso de Philips y el giratorio del BBV plantan nombras empresariales entre el bosque de tejados.

Al otro lado de la calle hay un espacio vaciado por la piqueta que espera a su reconversión –largamente demorada- en Facultad de Historia. Limítrofes al hueco se levantan las medianas de los edificios vecinos. Como esas lianas que dejan su huella incisa en los troncos de los árboles a los que han estado arrolladas, las medianeras muestran la cicatriz de los muros que antes se apoyaron en ellas, y se ven restos de azulejos, tubos y colores descoloridos. De algunas ventanas penden sábanas y ropas puestas a secar, que atestiguan el pálpito de la vida aunque quitan formalidad al paisaje.

Justo al lado del CCCB, integradas en el conjunto, se abren la plaza y la iglesia de la Mare de Deu del Angels, en quien reconozco mi propio nombre. La iglesia es antigua, remansada, con torre y nave. Ha sido restaurada hace poco, y aún sigue en proceso: para atestiguar el origen de los fondos que permiten la puesta al día, cuelgan grandes cartelones con la identificación de los promotores. En el interior de la iglesia, blanco y piedra. Una hermosa nervadura de arcos acordonados fragmenta el interior en espacios diferenciables, aunque el conjunto es único y continuo. Como signo de los nuevos tiempos, la que fuera una construcción destinada a la veneración de la Mare de Deu, ya no expone a los visitantes la efigie de la Madonna, de una Mujer y un Niño cuya continuidad iconográfica podemos rastrear hasta la antigua Isis con el niño Horus. Tampoco quedan ya ángeles, mensajeros entre las orillas del Cielo y la Tierra, criaturas intermedias y construidas pacientemente por el imaginario colectivo con la ayuda de los toros alados mesopotámicos, las Astartés fenicias, las victorias o niké griegas, los Apolos, Eros y cupidos grecolatinos y tantos otros personajes míticos que poblaron la fantasía de los pueblos mediterráneos.

La Reina de los Cielos y su corte celestial han pasado el cetro a los poderes de la nueva época, y en el interior de la antigua iglesia se presenta ahora una exposición comercial. Conmemora las modestas glorias del diseño que sirve de avanzadilla técnica y estética para los servicios de producción y venta. Donde antes estuvo el trono de la Madre y su etérea base de ángeles y querubines mofletudos, lo que vemos hoy es una exposición de sillas vanguardistas, inventadas en los lejanos países del Norte de los que ahora también importamos nuevos mitos.

Mª Ángeles Durán, Catedrática de sociología del CSIC.

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