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L A M U J E R C O N S T R U Y E W o m e n w h o b u i l d |
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""OTRAS ARQUITECTURAS - OTROS CUERPOS". PASCUALA CAMPOS, arquitecta y catedrática de Proyectos E.T.S. Arquitectura A Coruña. |
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La identidad se me presentaba como una realidad encarnada y el proyecto arquitectónico como una propuesta concreta en diálogo secreto. El acceso a ese diálogo no era posible desde un lenguaje aprendido, paradigmático, en donde no me reconocía. Me preguntaba si la experiencia del mundo y del cuerpo estarían imbricados en un hacer más intimo de lo que yo, con ese lenguaje dado, podía reconocer. Escuchando sonidos remotos, captados desde un conocer sombrío, sentía que el cuerpo me definía o definía huellas de pasos que yo necesitaba. Buscaba el origen, donde comienza el sentido del espacio, y encontré un latido. Era el sentido del espacio como totalidad marcado por el latido del corazón. El cuerpo como espacio y como origen y el nacer como inicio de la aventura de vivir. Experiencia primigenia que nos unifica, somos todos uno, nos identifica con todos los uno y nos hermana con todo lo vivo. Espacio absoluto que nos transporta desde lo cósmico del corazón y su latido a lo cósmico de las estrellas siendo él y ellas nuestras guías en un mundo alumbrado por el hecho de vivir. Hemos nacido, somos, estamos y construimos el mundo. Salimos a un tiempo que nos envuelve y nos balancea entre el ser y el querer ser en medio del espacio infinito. Y como un regazo construimos el lugar y la casa, como un cosmos dentro de otro cosmos que nos acoge y nos acompaña en la, a veces, inevitable soledad interior. Y así, yendo al origen se sacraliza la vida y se renuncia a la muerte como legado del héroe y del guerrero, como don de trascendencia. Y siendo, en el origen, siempre dos, queda la vida contada como vínculo, en un trasvase de latidos y de sueños compartidos. Es el espacio vitelino, primer lugar habitado. Matriz universal que nos hermana a todos los seres, incluidos los monstruosos. Matriz-conciencia que nos dice que somos un trasvase de tiempo, de caminos entrelazados y de vínculos. Que no existiríamos si no hubiese una mujer habitada. Relato madre-hija, madre-hijo donde no hay lugar para la exclusión. Relato simbólico de equidad, del origen como lugar de inicio, de la misma vida para distintos cuerpos. Y así se trasgrede el relato Padre-Hijo, ajenos en el espacio y en el tiempo y espejo excluyente del cuerpo y de la vida de las mujeres. Dice Maria Zambrano: “El idealismo masculino tiene dos fuentes: la razón griega y la idea de creación del pueblo hebreo, del dios omnipotente, terriblemente masculino. Este hombre occidental, idealista, vive de la voluntad, es la voluntad la que le ha llevado a serlo, y por eso hasta su pensamiento es una actuación, vive actuando, y la razón, el racionalismo, no es sino el supuesto de que la realidad, el mundo, puede ser modificable por su acción, se entiende. Es un idealismo voluntarista, activista, que sueña con someter la realidad entera a su órbita. Es la raíz guerrera de toda cultura occidental “. Y sigue diciendo: “El hombre es pues un animal idealista, un animal que vive en un mundo inventado, mientras que la mujer se atiene a lo que hay. Su sexo la liga con el cosmos mientras al hombre su sexo no le sirve apenas de nada sino de angustia, de impulso infinito e insaciable”. Es la mujer instalada en lo real, -las mujeres-, en el mundo y sus vínculos, y el hombre en su mundo inventado. Identidad masculina, identidad femenina: un mismo origen, cuerpos “casi” iguales y dos relatos diferentes escritos por la misma mano: la mano del patriarcado revestida del fuego del poder. Fuego que arrasa lo hermanado de la carne iluminando partes en las que se asienta la justificación del dominio de lo masculino sobre lo femenino. Más de 4.500 años de historias sobre la historia que han conformado códigos, normas sociales, leyes, identidades personales y colectivas y espacios vivénciales. Identidad de mujer, contada diferente en las diversas épocas históricas, identidad que se desgrana en múltiples identidades. Tantas como mujeres ocupan el mundo. Identidades aprehendidas, tomadas, cíclicamente: en la infancia, en la adolescencia, en la madurez, en la ancianidad. Identidades y miradas que se giran y se encuentran en la imagen del espejo, pero sobre todo en la imagen de detrás del espejo, la más ladina, la más sabia. Identidades no buscadas sino encontradas, construidas y tomadas como niño en brazos. Identidades hechas en los encuentros, desencuentros, amores, olvidos, recuerdos como clavos ardientes, la locura acechante y el sin sentido que deja el cuerpo-alma anegado y herido. Más caminos, más latidos, más viajes a lo oscuro, más miradas al espejo, al tiempo y a la angustia, más amores y otra vez la vida que emerge y la identidad que se resignifica, y se traba, con otras identidades, otros cuerpos. Mujeres inmersas en la amplitud de la vida, de toda, que nos sostiene y nos consume y también alimenta nuestras necesarias metamorfosis. Situadas en el lado de lo invisible, de lo aún no manifestado, de lo intuido y anticipado, pero también en lo concreto, en los tiempos diversos, en las necesidades y anhelos del cuerpo-alma y también en el deseo como un acto de reconciliación con el mundo. Herencia -quizás- adjudicada y también coraje propio hacia esa vida, “esa idea que no se ha desprendido de sus entrañas”. Pensamos y actuamos, sentimos y nos emocionamos al tiempo que nos construimos y rechazamos- al menos yo- la construcción interesada y objetivada del mundo como instrumento de canalización del deseo de poder. Dice Maria Zambrano: “el hombre crea objetivamente, es decir va más allá de su propio particular sentir y por ello se salva -o cree que se salva, diría yo- porque en cierto modo se anula a fuerza de violencia, de afirmar una forma trascendente. La creación tiene el poder de absorber el sentimiento de donde parte, como toda flor hace invisible la raíz, hasta tal punto que constituye el modo más perfecto de liberación y de salida de los conflictos interiores. Es lo que hace el hombre: universaliza sus situaciones, las lanza de si mismo haciéndolas impersonales por muy personales que parezcan ser; es lo propio de lo que se ha nombrado espíritu”. Deseo masculino del reconocimiento y la trascendencia. Vidas encerradas en el que-hacer para el mundo pero desarraigadas de él. Ajenos a los vínculos y al origen, inmersos en la culpa de la deuda con el primer lugar. Las mujeres necesitamos des-aprender lo transmitido, como discurso patriarcal, como método para el crear y el hacer, para profundizar en el conocimiento de sí y para construir el mundo como proyecto común y como lugar para habitar. Necesitamos nuevas arquitecturas que nos acojan, en donde seamos y aparezcamos, en donde el ser y el estar remitan al deseo permanente de la construcción de lo humano como matriz universal, como lugar.
(Este escrito está dedicado a las arquitectas: Marta Lonzi, Marta Enríquez, Inma Jansana, Marisé Lasaosa, Pilar Cos, Carmen Pinós, Emilia y Adriana Bisquert, Rita Iranzo, Pilar Bustos, Lola Feltrer, Eugenia Candau, Isabel Navarro, Agustina Herrero, Carmen Lobo, Cristina García-Rosales y Ana Estirado). PASCUALA CAMPOS DE MICHELENA, arquitecta |