ASOCIACIÓN 

L A   M U J E R    C O N S T R U Y E

W o m e n   w h o   b u i l d

  "EL PAPEL DEL HOMBRE EN LA CONCILIACIÓN DE LA VIDA FAMILIAR Y LABORAL". AHIGE, Asociación de Hombres por la Igualdad de Género.         


Introducción:  la nueva frontera

El proceso de cambios sociales y personales que a lo largo, principalmente, del último Siglo está provocando el avance de las mujeres hacia la igualdad, se ha desarrollado, según el momento, en diversos escenarios y, en cada uno de ellos, las fronteras, entendidas como los espacios donde se desarrollaban los conflictos personales y sociales derivados de dichos cambios, han ido cambiando.

Si hace ahora cien años, el conflicto básico se situaba en torno al derecho al voto y, por tanto, la frontera de la igualdad se situaría, en ese momento histórico, en el plano de la conquista de los derechos legales fundamentales, en estos momentos, la frontera, el lugar donde se escenifican los conflictos entre los diversos elementos que intervienen, se sitúa, no exclusiva pero sí especialmente, en el ámbito de lo privado y, más concretamente, en el hogar y la familia y alrededor de las tareas que exige su correcto mantenimiento.

A nivel teórico, en el plano de los principios y valores, la gran mayoría de los hombres se posicionan a favor de la igualdad. Si hiciéramos una encuesta con preguntas a la población masculina, como: ¿Está usted de acuerdo con la plena igualdad entre hombres y mujeres? o, ¿cree usted que debe haber alguna diferencia social, legal o de otro tipo, entre hombres o mujeres? o, ¿cree usted que los hombres son superiores a las mujeres o viceversa?, la inmensa mayoría, contestarán decididamente a favor de la plena igualdad.

El problema se plantea a la hora de llevar a la práctica esa igualdad. Los inconvenientes, los peros... aparecen cuando hay que empezar a renunciar a privilegios. En ese momento, aparecen los intentos de muchos hombres de parar ese proceso, con distinto tipo de argumentaciones. Básicamente, argumentando que la igualdad ya existe y que no hay razones para más cambios.

También aparecen los miedos. El principal es el miedo a que las mujeres no se ciñan a la igualdad, sino que sigan en su imparable avance y “subyuguen” a los hombres. Es un miedo a quedarse atrás, a que se dé la vuelta la tortilla y que sean ellos los discriminados, los que se queden en una posición inferior.

Y, por supuesto, aparecen las perezas y los inconvenientes personales derivados de la exigencia de llevar a cabo unos procesos de pérdidas de los privilegios. Como dice el refrán: es más fácil mover un día una montaña que cada día de tu vida, un poquito de tierra. Eso aplicado al tema de la igualdad, conlleva que es muy fácil que los hombres se movilicen sinceramente, además, un día a favor de la igualdad a que luego se impliquen a diario en las labores cotidianas en sus hogares.

Y, ¡ojo! Que eso a todos nos ocurre. Nos pasa, por ejemplo, con esto de la ecología. A todos nos preocupa enormemente el problema de la contaminación, del CO2, etc., pero un muy bajo porcentaje de la ciudadanía está dispuesta a aceptar las pérdidas de comodidad que conllevaría empezar a vivir en una sociedad menos contaminante: dejar el coche, la calefacción, el aire acondicionado...

O con la solidaridad. Todos y todas nos declaramos solidarios con el tercer mundo. Damos, ante una catástrofe o una gala solidaria de televisión, una parte de nuestro dinero. Pero, realmente, no estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo y nivel de vida para dar una parte importante de nuestros recursos al tercer mundo.

En general, a los hombres les pasa eso. Ante una hipotética gala de la solidaridad con las mujeres, seguro que una gran mayoría se apuntarían de buen corazón, pero después, al día siguiente, ya es otra cosa. Hay que lidiar con el día a día, en el que todos y todas tenemos muchos problemas y todos y todas nos sentimos víctimas de algo y, entonces, esa disposición a la igualdad queda bastante reducida y, si además, nos piden que renunciemos a cosas concretas... para siempre, entonces ya, la cosa cambia.

Igualdad en el hogar

La igualdad en casa, la corresponsabilidad doméstica, es el contrapunto necesario para conseguir la igualdad completa en el mundo laboral. No vamos a conseguir nunca una igualdad real si la mujer sigue llevando una doble o triple jornada, puesto que esto conlleva que para que la mujer trabaje, ha de hacer un sobreesfuerzo continuo y ha de renunciar, prácticamente, a su ocio y tiempo libre.

  • El hombre o, mejor dicho, el cambio necesario que se ha de producir en el hombre, es el principal recurso con que podemos contar para facilitar la conciliación de la vida familiar y laboral y, con ello, la plena incorporación de la mujer al mundo laboral.

  • El objetivo es  conseguir una situación de plena corresponsabilidad doméstica y de una plena, también, paternidad. Esto implicaría que tanto hombre como mujer asumen por igual la responsabilidad y las tareas de conlleva el mantenimiento del hogar y el cuidado de los/as hijos/as.

  • Es fácil imaginar que esta situación sí que significa un cambio radical para la vida de la mujer y sí que facilita, realmente, la plena incorporación de la mujer a la vida laboral. Lógicamente, harán falta otras ayudas complementarias, pero esta es la raíz del problema. (La división sexista de las funciones dentro de la casa y la familia, con la que hay que acabar).

  • Proponemos, como Asociación, la creación de un permiso de paternidad de 4 semanas, que se sume al permiso de maternidad y no le reste tiempo. Esto ayudaría a que la pareja afrontara esos momentos de tanto cambio y tan difíciles, como son las primeras semanas de vida del bebé y, por otro lado, a que el padre se implicara desde un principio en la coeducación de los hijos/as.

¿Qué es la corresponsabilidad doméstica?

La corresponsabilidad doméstica es una situación de superación de los roles de género en el hogar común. Consiste en que entre los hombres y mujeres que conviven, no haya una división funcional del trabajo del hogar en función del género, sino que ambos, mujeres y hombres, se responsabilicen por igual de la organización y realización de las tareas necesarias para un correcto mantenimiento del espacio común.

Consiste, pues, en una distribución equitativa y democrática de las responsabilidades y actividades domésticas.

  • Los hombres necesitamos conquistar el hogar, aunque la inmensa mayoría de nosotros, aún no lo sabemos. El patriarcado nos ha hecho unos inútiles para las tareas domésticas, lo que conlleva que seamos personas dependientes de otras para nuestra vida diaria. Dicho de otra manera, la mayoría de los hombres no somos capaces de llevar una vida autónoma, en soledad, sin el apoyo de alguien que nos solucione la papeleta de las tareas de la casa y nos organice la vida cotidiana.

  • El Patriarcado, si bien le dio al hombre el papel protagonista, el preponderante (mientras a la mujer le daba el de sumisión al hombre), implicaba, en esa división de papeles que ordenaba, una serie de graves pérdidas / carencias para el hombre. Son:

Deficiente desarrollo de su afectividad y mundo emocional. (Esto provocaba dependencia emocional, soledad y sentimiento de inferioridad)

Insuficiente autonomía personal en los aspectos relacionados con el hogar y las necesidades más básicas de una persona: comida, vestido, mantenimiento del hogar, etc.

Es incomprensible que seres que se consideran a sí mismos tan inteligentes, tan listos y tan estupendos como los hombres se ven, puedan aceptar esa enorme limitación que significa el carecer de la más mínima autonomía personal en cuanto al mantenimiento de las condiciones mínimas en el entorno personal más cercano: la limpieza y el orden de la casa, la ropa, la comida, etc.

Esta nueva sociedad hace acuciante que el hombre rompa con su rol tradicional. Pero para ello, el hombre necesita hacer algunas cosas.

·        Renunciar al poder y a su posición de “superioridad” con respecto a la mujer.

·        Renunciar a los privilegios que su posición le ha otorgado tradicionalmente.

·        Romper con el modelo de fortaleza y seguridad permanentes, aceptando la inseguridad, el miedo y la frustración como elementos que forman parte del devenir vital de todas las personas.

·        Aprender los conocimientos y habilidades necesarias para conseguir un desarrollo maduro de su mundo afectivo / emocional y relacional.

·        Descubrir la enorme importancia de la paternidad y la necesidad de implicarse efectiva y afectivamente en la crianza de sus hijos/as. A través del papel de Padre, muchos hombres abrirán sus vidas a nuestras experiencias y realidades. Una de las claves para romper con la transmisión de los valores tradicionales patriarcales, es que los hombres empiecen a implicarse en la educación de sus hijos y les transmitan los nuevos valores de solidaridad, igualdad y respeto.

·        Adquirir una autonomía personal básica que le libere de depender funcionalmente de otras personas. Esto consiste en adquirir las habilidades necesarias para realizar todos sus cuidados personales: comida, vestido, aseo y mantenimiento del hogar. 

Cosas o factores que facilitarían este cambio en los hombres

Hasta ahora, las políticas públicas en este terreno han sido, exclusivamente impositivas. Se parte de que hay una situación de injusticia y se “impone”, se exige a quien disfruta de los privilegios, que cambie su actitud y que abandone la posición de poder.

Esto está muy bien y es necesario. A los hombres hay que mandarles el mensaje de que lo que hacen es injusto e ilegal (va en contra de la Constitución, por ejemplo). Pero no basta. Estas políticas, por sí mismas, nunca serán suficientes. Más bien  al contrario, están empezando a crear un movimiento de “contra”, de hombres que cada vez se resisten más a los avances de la igualdad y que están empezando incluso a organizarse contra esto.

Esto es una minoría (aún), pero incluso a la mayoría, esta política “impositiva” le resulta lejana, ajena e incluso agresiva.

En nuestra opinión estas políticas son muy necesarias y hay que mantenerlas. La cuestión es que no deben ser las únicas. Hay que acompañarlas de políticas positivas, que consistan en mostrar a los hombres qué es lo que ganan si avanzan hacia la igualdad.

Este es nuestro reto actualmente. Como hombres por la igualdad, creemos que nos situamos en una posición óptima para realizar esta labor. Porque, por un lado, hemos interiorizado plenamente la idea de igualdad y, por otro, podemos situarnos lo suficientemente cerca de los otros hombres como para poder ayudarles, desde la cercanía, para que inicien ese cambio necesario hacia la igualdad.

Por un lado, les podemos mostrar nuestro ejemplo. Y, por otro, les podemos decir qué es lo que se gana con esto de la igualdad. Por ejemplo, les podemos decir que:

·        La igualdad les hará más libres, porque les hace personas con plena autonomía personal (ya no dependen de otra para las tareas domésticas y resto de labores personales) y, por otro lado, les permite abandonar esa posición de continua defensa o “atrincheramiento” frente a las peticiones de las mujeres.

·        Mejorará considerablemente su relación de pareja. Nos permite establecer unas relaciones de verdadera igualdad con ella y con el conjunto de las mujeres.

·        Mejorará considerablemente su paternidad, la relación con sus hijos e hijas.

·        Nos liberamos de nuestro complejo de culpabilidad hacia las mujeres.

·        Aumenta considerablemente nuestra autoestima y nuestra seguridad personales.

Igualdad en el trabajo

La empresa es un lugar eminentemente masculino, en el que imperan los valores que se derivan del modelo tradicional masculino: fuerza, poder, competitividad.

La mujer se ha integrado en la empresa, pero con un alto coste:

·        La doble jornada, especialmente entre las trabajadoras con menos ingresos.

·        Tener que hacer suyos los valores que imperaban en ese mundo, que son absolutamente masculinos (en su concepción más negativa y tradicional). A partir de ahí, la maternidad y, por extensión, el mundo del hogar y la familia, sólo cabe a costa de perder “posibilidades” en la lucha por el poder, por la ascensión en la escala laboral, de las cuotas de poder en la empresa.

Nosotros abogamos por una corresponsabilidad también en la empresa. ¿En qué consistiría esta corresponsabilidad?: en una situación en la que se hubiesen superado los roles masculinos y femeninos también en la empresa. En la que no se viera como “propio de mujeres” temas tales como la procreación, el cuidado de los/as hijos/as  o la atención cotidiana al mantenimiento del hogar.

En este escenario sería absurdo, por ejemplo, que se siguiera considerando la maternidad como un handicap para el desarrollo profesional. Hombres y mujeres estarían implicados por igual.

Pero esta situación de igualdad, de plena superación de los roles de género, sólo será posible si se da un importante cambio en la mentalidad de los hombres que ostentan el poder en las cúpulas empresariales. Las empresas deben hacer esfuerzos para expandir la cultura de la igualdad entre su personal y, especialmente, entre sus directivos varones.

El tema es si entre todos y todas, vamos a ser capaces de cambiar esos valores imperantes en el mundo empresarial. La pregunta es cómo se va a hacer, en adelante, la integración de la mujer; ¿asumiendo los valores tradicionales y, por tanto, a costa de la familia y la descendencia? o promoviendo un cambio hacia nuevos valores, igualitarios, de participación, que permitan una plena conciliación de la vida laboral y familiar.

Y, para ello, no hay que ser inocentes. Sólo podremos llegar a esta situación, si conseguimos demostrarle a las “cúpulas de mando”, a los hombres que tienen el poder real en las grandes empresas, que obtendrán mayores beneficios si adoptan estos nuevos modelos, demostrando que es mejor tener directivos/as y trabajadores/as  con una vida personal satisfactoria y plena.

AHIGE
Asociación de Hombres por la Igualdad de Género
www.ahige.org

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