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LA MUJER CONSTRUYE Women who build |
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"LA MUJER CONSTRUYE: PLOMADA, SECRETO Y DEPRESIÓN". EVA LOOTZ, artista plástica. |
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Hay
un dicho inglés que me hace gracia porque muestra muy plásticamente el asombro
de los hombres cuando se ven confrontados con la fuerza de la mujer: “Women
are like teabags, you dont know how strong they are until you put them into hot
water”. ( Las mujeres son como bolsitas de té, no sabes lo fuertes que
son hasta no ponerlas en agua caliente). Bueno, parece que finalmente las
mujeres mismas nos hemos calentado el agua y hoy día abundan, afortunadamente,
las arquitectas, ingenieras y artistas. Quiero
hablar hoy de los aspectos
curativos y emancipadores del hecho constructivo inherente en buena parte del
trabajo escultórico y de las relaciones de las patologías femeninas con
ciertos conceptos que subyacen a nuestra tradición filosófica. ¿Qué
construimos las mujeres cuando construimos? ¿En que medida y de qué manera
hacer no sólo es hacer una obra sino también llegar a conocerse, forjar una subjetividad, construirse como persona? De
ahí lo de “La mujer construye”
del título. Me
dirán: hacer escultura no es hacer arquitectura, pero lo cierto es que hace
tiempo que la escultura está haciendo incursiones en territorios que no son los
suyos tradicionales y que van desde los audiovisuales hasta la sociología y desde la biología hasta la matemática.
Existe un fuerte componente constructivo, por ejemplo, en la obra de Alice
Aycock, Mary Miss, Nancy Holt y
Louise Bourgeois. Vivimos en una época en la que se disuelven los límites de
los géneros tal y como se entendían antes y se producen toda clase de
hibridaciones. Y a este hecho no le falta lógica: una vez que el arte ha
abandonado la mimesis, es decir la imitación del mundo, o dicho de otra
manera, ha dejado la representación, se expande y penetra en todos los ámbitos
de lo real, sin por ello disolverse en ellos. En
mi propio trabajo, dado que concibo
la labor escultórica como creación de espacios, situaciones y experiencias
envolventes, he rozado a menudo lo arquitectónico en la puesta a punto de lo
que podrían llamarse arquitecturas para
fenómenos, como lo hice en “Barro,
dijo ella”, “Cascada”, o “No-
ma-de-ja-do” de la Cartuja de Sevilla. Dicho
esto haré de entrada una confesión: soy de las mujeres que cuando logran
arreglar un enchufe o cambiar la rueda de un coche siente un subidón de logro y
autoafirmación que difícilmente sería mayor si me dieran un premio
importante, hasta tal punto mi educación ha sido totalmente de letras por un
lado y por el otro contenía el supuesto tácito que todo lo referente a cuestiones técnicas era
necesaria e irremediablemente cosa de hombres. Excepción hecha curiosamente de
todo lo concerniente a aparatos fotográficos y cámaras, dado que eso formaba parte de mis estudios -conocimientos sin
embargo que siempre flotaron extrañamente en el vacío y donde el manejo de los
aparatos en cuestión obedecía mas bien a una saludable capacidad mimética que
a una deducción racional y lógica-. Felizmente doy por superada esta etapa de
mi vida o al menos ha dejado de preocuparme, pero aún recuerdo la sensación de
desamparo, angustia y desconcierto al verme por primera vez sola en una casa
donde nada funcionaba como es debido y me tenía que enfrentar con una caja de plomos antediluvianos, continuos cortocircuitos, cables y
enchufes. Se
supone que para manejar cámaras y focos nos tendrían que haber enseñado algo
sobre óptica, electricidad básica y mecánica elemental, pero como en mi curso
solo éramos dos chicas y lo demás eran
chicos, se ve que estos conocimientos se daban por sentados, adquiridos de
antemano, supongo en esa fase en la que los chicos suelen dedicarse a la
construcción de algún cohete casero o a la confección del “superelectroimán”
o algo parecido, operación en la que suelen cargarse las instalaciones eléctricas
de un barrio entero o cuando menos las de su casa, como lo describe muy plásticamente
Stephen King en un recuerdo de infancia. Pero yo no he pasado jamás por esta
fase y a veces me he preguntado si luego no he desarrollado ciertas piezas y
elementos por hacerme con unos eslabones sin los cuales me faltaba algo en la
cadena de mi desarrollo para sentirme completa. Cuando
hice “Barro, dijo ella” estaba fascinada con las bóvedas, las cúpulas
autoportantes y demás leyes de estructuras básicas. Descubrir esas leyes para mí ha sido siempre enormemente estimulante, y he obtenido gran
placer cuando por mi cuenta, tras la contemplación de algún templo, bóveda o
contrafuerte he descubierto un funcionamiento estructural, alguna solución
especialmente ingeniosa, elegante o económica. Nada
me hubiera gustado tanto como haber podido presenciar, estar allí cuando
Brunelleschi construyera su cúpula. Tanto más cuanto, según dicen, resolvió
gran parte de los problemas constructivos sobre la marcha, según iban
surgiendo. Aquello debió de ser un hervidero
de ideas, una fiebre de probar inventos, una acumulación de ingenio de la que
en vano se buscan huellas en los libros. ¿Acaso no éramos enormemente felices de niños cuando al aprender a nadar o
montar en bicicleta sentíamos por
primera vez que aquello funcionaba? Y
es que cuando Brunelleschi hizo su cúpula, cuando los romanos hicieron el Panteón,
incluso cuando Eiffel construyó su torre, las mujeres no subíamos a los
andamios, las mujeres estábamos cosiendo, fregando, cocinando, lavando,
hilando, planchando y como mucho pintando y no digo que eso no pueda también
ser relativamente placentero, pero la particular excitación, el placer de
construir nos lo perdimos. Y yo personalmente no estoy dispuesta a que me roben
eso y supongo que lo mismo les pasa a todas las arquitectas y buena parte de las
artistas en general. Mas
allá de eso pienso que construir es construirse para después poder
desprenderse de sí. Pienso que haríamos bien en no infravalorar el potencial
evolutivo y curativo de la construcción. Bien
presente lo tuvo la BAUHAUS de los años veinte cuyo mismo nombre no quiere
decir otra cosa sino casa del construir. Por
su parte los estudiosos de la historia nunca han dejado de subrayar la
contribución de los gremios constructores de las catedrales tardo medievales en
la formación y el desarrollo de
las ciudades independientes, el advenimiento del renacimiento y el declive del
poder feudal. ¿Pero en qué se diferencia el oficio de construir de otros oficios y prácticas?¿En
qué se diferencian constructores de tejedores, herreros, ceramistas, cesteros,
zapateros, sastres, carpinteros y joyeros? Oficios de los cuales algunos llegaron
a una extraordinaria perfección y refinamiento. En todos estos oficios la
producción exige la repetición constante de los mismos procedimientos, de la
misma secuencia de operaciones, de tal manera que la mecánica de la producción
se hace casi automática en la mano de hábiles artesanos. Por supuesto esta
observación es tan aplicable para masones y albañiles como lo es para
alfareros y tejedores. Pero las actividades que exige la mecánica constructiva
son muchísimo más variadas. De hecho, todos excepto las construcciones más
rudimentarias y reducidas exigen la
colaboración coordinada de muchas artesanías diferentes. Todo edificio de
tamaño y complejidad de cierta envergadura necesita gran cantidad de materiales
y procedimientos completamente diferentes. Y, a diferencia de otros oficios la
construcción de edificios tiene lugar, se
produce en el lugar del proyecto, no en el taller o la casa del artesano
individual. Construir ha sido siempre una operación compleja, diversificada y
plural que puede tardar meses, a veces años, sobre todo antiguamente, en ser
completada. Lo cual significa que las actividades interdependientes de una gran
cantidad de personas han de ser estrictamente coordinadas. También implica la
necesidad de transporte de materiales y hombres al lugar de la construcción. El
tamaño de la empresa exige además que las actividades se lleven a cabo a la
intemperie dado que su propósito es alojar en vez de ser alojados. Todas
estas consideraciones explican, por otra parte, la escasez de información
acerca de las prácticas antiguas, al ser las prácticas de la construcción
demasiado complejas, demasiado específicas para ser registradas y descritas
exhaustivamente por aquellos que tratan con palabras en vez de ladrillos y
mortero. Retengamos
por ahora que construir es una actividad concertante, una experiencia de
convivencia, una empresa dialogante y comunitaria en la que cada cual se afirma
como miembro necesario y se siente encajar en un conjunto. Que esa convivencia
propicia el entendimiento de una secuencia ordenada y de una lógica proyectual
que no puede darse sin la confianza mutua en la capacidad de proyectarse hacia
el futuro. Si
hablo aquí del factor emancipador del acto de construir me estoy refiriendo
evidentemente a la construcción antes de la mecanización. La construcción hoy
en día es una industria poderosa, totalmente mecanizada y sometida sin
excepciones a criterios de máxima rentabilidad. Como trabajo se parece más al
trabajo de esclavos de egipcios y romanos que al trabajo en el seno de un gremio
constructor. Por eso mismo surge la pregunta: ¿Es acaso por esta razón que el
arte y en
un sentido muy concreto la escultura, en un sentido más amplio también
la cinematografía y la música recogen esta faceta colectiva, emancipadora y
particularmente satisfactoria para el individuo que la arquitectura ha dejado de
lado, incluso ha abandonado? Por
otra parte pueden detectarse corrientes en las que el arte recoge, por así
decirlo, los platos rotos, los traumas, la ínter subjetividad destruida, llamando
la atención sobre el hecho, que para cierto
“bienvivir” que nada tiene que ver con el “bienestar”, simplemente para que la vida no sea un infierno, tener un trabajo
satisfactorio y estar imbricado en sólidos lazos de mutuo aprecio es
imprescindible. Pero
volvamos al hecho de construir. Careciendo
de habilidades manuales y del conocimiento del artesano experto, los hombres de
letras, aquellos educados
formalmente en la filosofía y las artes liberales, -los “caballeros” de
cada época –han demostrado tradicionalmente su superioridad denigrando al
artesano y relegándolo a un estatus inferior de la sociedad. La
“intelligenzia “– filósofos y sacerdotes, administradores, políticos y
banqueros han dominado invariablemente todos los estratos de la palabra hablada
y escrita. Lo que no entendían lo ignoraban o lo minusvaloraban. Esta actitud
paternalista hacia todo lo que no fuera el territorio de su propia supremacía
ha existido en todas partes, en todas las épocas
y civilizaciones, creando una dicotomía social, entre los que trabajaban
con sus manos (y esto atañe sobre todo a mujeres y artistas) y aquellos que
llevaban la voz cantante y elaboraron el discurso de la época. Los
artistas fueron los primeros en rebelarse. Las mujeres vinieron después. En
cuanto a los artistas recordaré aquí dos ejemplos llamativos. Voy
a hacer aquí un inciso: preparando esta conferencia me puse a hojear un libro
de Leonardo para escoger algunos
dibujos y mostrarlos en diapositiva y me encontré con una carta de él que no
había leído nunca. Es una carta que manda a Ludovico el Moro, duque de Milán,
ofreciéndole sus servicios, - un joven rondando
los treinta años buscando trabajo en definitiva- y donde enumera todo lo que es
capaz de hacer. La carta me parece tan fantástica y deliciosa que no me resisto
a leerla aunque signifique desviarme por
un momento de mi argumento. Dice L.: 1.-Tengo
una técnica para construir puentes muy ligeros y robustos, fácilmente
transportables, con cuya ayuda puede uno perseguir o esquivar al enemigo, otros
puentes incombustibles e indestructibles, fáciles y prácticos en su montaje y
desmontaje. Tengo también los medios de quemar y aniquilar los puentes del
enemigo. Ni
que decir tiene que la carta surtió el efecto deseado....El duque se debió de
quedar maravillado, seguramente se dijo: un chico así a mí no se me escapa...Y
de hecho Leonardo se convertiría en los veinte años que siguen a esta carta en
el resuélvelo- todo de Ludovico el Moro. Pero
sigamos con nuestro argumento. Si
L. tiene, como hemos visto, clavada la espina
de ser un mero técnico, un “simple manitas”, en pleno siglo XV, es
a pesar de que durante toda la Edad Media, las corporaciones, los gremios
lo mismo que la Iglesia se esforzaron por mejorar la reputación del trabajo, y
en especial en elevar en la jerarquía de los estamentos profesionales el rango
de los trabajos manuales. La Iglesia llevó esto a cabo a través del lema de la
orden benedictina, el famoso “ora et
labora”, “trabajar es orar” que manda aceptar las labores manuales
como elemento fundamental de una buena vida, mientras que los gremios introducen
a través de la figura del artesano como ciudadano libre que trabaja en
condiciones de igualdad, codo con codo con sus congéneres, un elemento
claramente emancipador, tanto más cuando sus miembros desbaratan las
pretensiones de dominio de las clases feudales a través de sus proezas y
muestras de valentía en casos de guerra o batallas decisivas. Proceso que
conlleva una aplicación de la inteligencia a los procesos técnicos que ningún
sistema esclavista había alentado jamás. No
nos asombrará sin embargo si recordamos que la Edad Media, en la misma medida
que creaba corporaciones y gremios y con ellos un elemento emancipador, creaba
en la universidad un mecanismo de elites, exclusivo y minoritario, de cuyas
pretensiones de posesión de verdad y por tanto de legítima superioridad
aquellos inflados humanistas no eran sino los puntuales herederos. Se
diría, a primera vista, que el “espíritu”, siempre se las arreglaba para
encontrar una astucia que le permitía revindicar su supremacía. O ¿no
será más bien que el “espíritu”,
el “logos” de la tradición occidental
había encontrado la astucia para asegurar su superioridad precisamente
en una máquina binaria que lo oponía al cuerpo y la materia y en los
subsiguientes mecanismos de exclusión que esta oposición
justificaba? Podemos
observar como a partir de los primeros estallidos de rebeldía se desencadena
una espiral de sucesivos movimientos emancipatorios que llega a su apogeo en
este siglo veinte que acaba de concluir, donde un grupo tras otro se empeña en
liberarse de la tutela del amo: las colonias, la mano de obra, los indígenas,
el proletariado, los negros, los artistas, las mujeres. Como
dice Gudrun Inboden en su ensayo “Logos corporal”: “Todas las emancipaciones del siglo veinte se han
consumado, todos los movimientos potencialmente liberadores y alborotadores se
encuentran perfectamente conceptualizados, la liberación política, la de las
fuerzas productivas, de las fuerzas destructivas, incluso del inconsciente, del
niño, del arte, de la mujer.” Fijándonos
especialmente en los dos últimos, la mujer y el arte, que pretendían liberarse
de la camisa de fuerza de las estructuras patriarcales, constataremos que sus
aspiraciones entretanto forman parte establecida y sancionada de un orden social
que en sus líneas maestras sin embargo no ha cambiado en absoluto. Que esas
aspiraciones incluso alimentan al sistema y lo engordan. Surge así la sospecha
de que esos intentos emancipatorios estaban implícitos desde siempre de manera
subyacente, si bien no consciente, dentro de la estructura patriarcal. Y la
reforzaban. Tanto el arte “liberado” como la mujer ”liberada” participan
del destino de otros movimientos paralelos y hermanados: se les deja existir,
incluso son necesarios, puesto que condimentan,
adornan y refuerzan la tendencia y el rumbo general de la sociedad con la
plusvalía de aquello que en todo
momento resulta original e interesante. Sorprende
en todo caso observar los paralelismos y coincidencias entre los movimientos
feministas y en general el arte en los últimos tiempos. Tanto al ámbito del
arte como al ámbito de lo femenino le afecta la misma consideración. El rango
que ocupa la mujer y el arte en el orden patriarcal es el mismo y por ello está
dentro de su “naturaleza” el querer emanciparse. A ambos les afecta el
veredicto de debilidad, de ser un cuerpo débil por sensual, que debe
subordinarse al logos, ese concepto central, medida de todas las cosas en el
pensamiento occidental. En un dualismo férreo que opone arriba y abajo, cuerpo
y espíritu, cultura y naturaleza, etc, el cuerpo queda relegado a las esferas
inferiores, nutricias, que si bien dan alimento no retienen en sí mismas la
fuerza para emanciparse, creándose una ordenación plausible que predestina al
“espíritu” para el poder. En correspondencia con la polaridad de los sexos
queda así codificada la máquina
binaria de ese aparato de poder con el concepto masculino – femenino,
subsumiendo bajo el común denominador de lo femenino no solo el sexo
femenino en sí, sino todo aquello que cumple con la premisa de lo negativo en
aras del mantenimiento del principio dualista. Pero
no nos contentemos con esto. Miremos
aún más de cerca ese “muchacho” llamado espíritu y digo “muchacho” pensando en aquello de Hegel que decía:
“El espíritu -¿quién es ese
muchacho?”-
que recorre la tradición occidental. Persigámosle si no hasta
la raíz, al menos hasta los orígenes del cristianismo, para no tener que
rastrearlo en el pensamiento griego. ¿Donde
está el origen de su supremacía? Si
repasamos la lista de los opuestos en nuestra cultura como son: -luz
y sombra encontraremos
que la mujer siempre se sitúa del lado negativo, del lado de la sombra. Si
al hombre se le asociaba a la cultura, a la mujer se la situaba del lado de la
naturaleza, como si el hombre mandase en sus riñones y su hígado y la mujer
fuese una lechuga... Obteniéndose así los tópicos sobre la mujer que aún hoy
circulan en cualquier bar. Pero en lo que insisto aquí es en el hecho que también
el arte frente al saber primero y frente a la ciencia después, caía del lado
de lo débil. Para
prevenir malentendidos aclararé que no estoy diciendo que podamos prescindir de
los contrarios y las polaridades, - no podemos porque son parte intrínseca del
funcionamiento de la mente, que sin ellos se estancaría en la inmovilidad, en
una especie de entropía que equivaldría a la muerte psíquica. Precisamente el
psicoanálisis nos ha hecho ver que estamos sujetos a una libido necesariamente
escindida - para mantener el flujo de la conciencia - y que todo movimiento
excesivo en una dirección produce su contrario. Sabemos que los fanáticos
encubren su inseguridad, que un despilfarrador es también un avaro, que los
exageradamente bondadosos son a menudo crueles y que en todo sádico hay algo de
un masoquista. La psique necesariamente fluctúa entre opuestos. De lo que estoy
hablando es de cómo un determinado concepto del mal crea y mantiene una
particular articulación y fosilización de los contrarios en nuestra cultura. Cabría
aquí preguntarse acerca de las consecuencias para esta articulación de los
contrarios en una cultura que asumiera dos
principios simultáneamente, o una cultura que pusiera el énfasis no en los
contrarios en sí sino en el proceso creativo entre los polos, es decir en la
conmutación perpetua de uno en otro. Pero
esto aquí nos llevaría demasiado lejos. En
nuestra tradición el gran vendaval llega con Nietzsche. Él le da la vuelta a
casi todo y - en cuanto al arte y al conocimiento se refiere- cuestiona el
estado de cosas vigente y plantea la cuestión de un conocimiento sensual y
sensorial: “El cuerpo debe ser el hilo
conductor no solo de la contemplación del hombre sino del mundo. El cuerpo es
el fenómeno más rico, que permite una observación más precisa. La fe en el
cuerpo es más manifiesta que la fe en el espíritu, por la razón obvia de que
somos cuerpo.” En cierto modo con Nietzsche la época de las ideas llega a
su fin y comienza la época de la energética. Empieza, a mi modo de ver, una
ardua tarea que consiste en darle forma a la superación del dualismo metafísico.
Si
la mirada del pensamiento logocéntrico apuntaba hacia el SER, que anhelaba
verse reflejado en el espejo de la bella apariencia – de la mujer y del arte
– el conocimiento sensual se comprende como caos que excluye toda meta y
finalidad y apunta hacia el devenir. Llega a
su posición más elevada en el arte porque en él lo sensorial alcanza
su cima. Se
postula así un arte que renuncia a buscar su apoyo en el concepto y la ideación,
pero no para renunciar al pensamiento, sino para plantear un pensamiento
diferente, aquel que absorbe el logos de lo visible, o, como decía Cezanne,
acoge dentro de sí las raíces del ser. Sigo
de nuevo a Gudrun Inboden: “Sólo
la seducción mutua, la doble captura de visión y visibilidad puede suscitar
aquella potenciación de la sensación en la que el arte se nos convierte en
experiencia.” Y,
volviendo ahora a la mujer, si bien es cierto que el logos en su conquista del
ser necesitaba de la mujer para
reconocerse, incluso constituirse y cerciorarse de sí y en ese sentido le
concedía valor, a veces incluso idolatraba a la mujer, no es menos cierto que
ésta, visto desde su propia perspectiva, se veía desterrada al territorio de
la pura negatividad, confinada en el reino de la sombra, misteriosa y errante en
el recinto del no-ser. Aunque esto
quedara a veces enmascarado bajo apariencias cegadoras y deslumbrantes. Pues
si el logos, lo masculino sin el espejo de lo femenino o del arte no se reconocía,
quedaba cegado y a falta de confirmación y certeza de sí, estaba en buena lógica
dispuesto a pagar un precio elevado por ello y se ensalzaba a sí mismo en ese
gasto. Pero ese derroche era pura autoafirmación y no revertía en cambiarle el
rango ni a la mujer ni al arte. Recuerdo aquí la
frase de las feministas de los años setenta que con cierta sorna decían:
“La feminidad no es sino el efecto
decorativo diseñado para ocultar el no-ser.” En
todo caso esta constelación, esta máquina binaria no dejaba de funcionar como
la matriz, la tierra de cultivo de las patologías propias de la mujer como lo
eran y son la anorexia, la bulimia, la falta de autoestima, la tendencia a
manipular, la histeria, el masoquismo, el fetichismo del propio cuerpo etc.,
Pues a nadie se le escapa que es harto difícil construir un núcleo de
personalidad de cierta solidez, una subjetividad que resiste a los temporales de
la vida, en un territorio marcado por la señal de la ausencia, la falta y la
carencia. Se
había producido una situación absurda: a la mujer se le negaba la participación
en el ser, es decir la sustancia y luego se la llamaba casquivana. No
obstante, en medio de este proceso de lento derribo de los esquemas binarios
opresivos y de las dualidades, las mujeres hemos llegado a ser personas, hemos
construido una subjetividad, a menudo caleidoscópica, a veces dividida, mas de
una vez “zurcida de
emergencia”, a menudo desgarrada,
a ratos brillante y a menudo a caballo entre idiomas y países.
Se parece por ahora más a
un patch-work que a un paño de seda, mas a un enjambre que a un individuo, tal
vez es algo precaria, pero también
elástica y vibrante. Cabría tal vez llamarla una identidad
funcional de urgencia. Por
mi parte no reivindico la construcción de una identidad
“fuerte” por considerarlo una falacia. Apuesto mas bien por esa
“identidad funcional de urgencia” mencionada hace un momento. Entiendo que
la psique es algo que en última instancia se resiste a cualquier método de
producción o acción emprendedora y opone
a cualquier intento de “empresa” un núcleo duro que se alza como
monumento a la indisponibilidad de lo más real. Pienso que el arte precisamente
es una manera de experimentar con ese núcleo radicalmente indisponible, de
rozarlo, de reconocerlo. Y
vuelvo a las metáforas del construir. Dice:“En
virtud de su tensión, de su propensión a endurecerse en las pruebas más
exigentes (el hambre, el pus, la muerte), le hubiera propuesto acercase a los
constructores de las catedrales, sus contemporáneos, y que meditara sobre uno
de sus utensilios, tan humilde como derecho: la plomada del albañil. Que
meditara sobre ese instrumento, midiera su peso y su función y viniera a
contarme lo esencial...... “Personalmente,
“ dice J. Kristeva, “creo haber
atravesado el comunismo y de haber conquistado una libertad de mujer, de
intelectual y de escritora, mediante un rodeo que pasa por lo “excepcional”
cuando no por lo
“extravagante”. Aprecio infinitamente la idea bíblica y cristiana de que sólo
a través de la piedra descarriada, la piedra de escándalo resplandece la luz
divina, adviene el Cristo y su Iglesia. He adquirido sin embargo la certeza de
que ese desvío libertario es posible, si y sólo si
existe una plomada, si está compensado por mi sentido de la alineación
y la rectitud, si he integrado en mí el sentido de esta alineación. Por
supuesto sé que el mundo moderno adula fácilmente las trasgresiones y la
extravagancia y le importa un bledo preguntarse de qué esta hecha la rectitud.
Puesto que hemos emprendido este diálogo para pensar acerca de la posibilidad y
el sentido de una rectitud capaz de crear vínculo, te propongo contemplar en
este hilo tenso una invitación a esta alineación.
A
continuación Kristeva hace un alegato en defensa del secreto. Aclaremos,
para empezar, en qué sentido se usa el término. Siguiendo nuestros hábitos de
pensamiento de valoración moral, hay por así decirlo un “secreto bueno” y
un “secreto malo”. Por un lado está el secreto que pertenece a dos
personas, la intimidad del amor o la trasmisión de un conocimiento oral, el
secreto que propicia el
advenimiento de una realidad extra-ordinaria y por el otro lado el secreto que
es exclusión, ocultamiento deliberado, robo de intimidad: el detective, el espía,
las oficinas de inteligencia, la C.I.A... El
problema con el uso del secreto es siempre el mismo : la perdida de contacto con
la realidad. Lo que empieza como supresión de una oposición que es una amenaza
para el colectivo, termina con la eliminación de toda alternativa de la política
aceptada, por muy patentes que sean sus errores, por muy psicóticos que sean
sus planes. (Véanse los crímenes de Estado en el caso del problema vasco, irlandés etc.) También
cabe pensar en el secreto – enigma, recurso para preservar una realidad que es percibida como esencialmente ambigua. A los romanos de la época clásica les llamaba la atención
la manera de hablar de los celtas, “hablan
en acertijos”, decían. Finalmente
cabe pensar en la poesía, en el arte, que es a la vez público y secreto. Es un
secreto que se protege a sí mismo. Es público, está ahí al alcance de todos y secreto para quien no lo entiende, un secreto a voces, donde
la riqueza de las capas de significación o simplemente la falta de resonancia
en el lector o espectador lo convierten en un libro con siete sellos y le
condenan a estar excluido. ¿A quién no le ha pasado alguna vez que un cuadro
visto mil veces, un libro que llevaba años en la estantería, de pronto una
tarde se le abre como por arte de
magia? Kristeva
quiere ver resguardado el “secreto” del conocimiento, pero incluso allí
cabe el peligro de una cierta pérdida de contacto con la realidad. Lo
religioso, desde luego está amenazado
continuamente por esa pérdida de realidad y veces ciertas vertientes no dialogantes del psicoanálisis, que parecen practicar la
oscuridad como una de las Bellas Artes, también. Entiendo que no es el caso del
que ella practica. Kristeva
dice lo siguiente:“Este
metal cualquiera, grisáceo, lejos de la nobleza del oro y la plata, apunta como
una flecha hacia la tierra. Sabemos que por encima del punto de suspensión se
elevan las vigas del tejado y se despliega la luz del día. Veo en esta
solidaridad de superficie y fondo,
luz y tiniebla, la imagen del secreto. Sabido es que lo sagrado y lo secreto
caminan de la mano a lo largo de la historia. Lejos de mí la intención de
discutir aquí los beneficios científicos y democráticos del cortejo de fenómenos,
esclarecimientos y aperturas. Lo que digo sin embargo y solamente, es que
comprenden el riesgo de lo espectacular y lo artificioso. Mantengo que la
rehabilitación del secreto puede ser un contrapeso saludable frente a esos
peligros, frente a esas tendencias. No
un secreto autocomplaciente que degeneraría rápidamente en corrupción, en ese
sentido sería más nefasto aún que lo aparente y aparatoso, sino un secreto
que como la plomada, pese en la dignidad de su concentración y que, como la
plomada, no olvida que trabaja para que la rectitud se haga visible, es decir,
que se muestre a la vista de todos en la rectitud del edificio, prueba única de
la utilidad del plomo tensado. Respetar
el secreto de Catalina, de mi paciente, el mío, el trauma, el deseo desmesurado
y hacer legible, decible lo que Catalina, mi paciente y yo somos capaces de
formular, aquí, ahora y cada una a su ritmo. Ese es el sentido del secreto en
psicoanálisis. Y sin duda el de las mejores sociedades secretas, cofradías
filantrópicas, etc...” Por
último nos queda por aclarar la
relación de la plomada con la depresión: Hay
algo desolado en la ausencia de brillos del plomo, en la palidez de sus óxidos
mates, hay una nostalgia de la luz y en la tensión del hilo un anhelo de
profundidad. Los símbolos tardíos, sabido es, son remembranzas nostálgicas de
religiones anteriores, de las que solo recogen fragmentos eclécticos. La
nostalgia, hermana de la melancolía, que en la simbología antigua corresponde
a Saturno, a la vez se asocia al plomo, está próxima a la depresión y
a la pérdida de sentido. “Quisiera”,
dice Kristeva, “hacerme defensora de
esta nostalgia y de esta depresión. Digo que son indispensables. Digo que sólo
pasando por el trabajo de duelo de las antiguas supersticiones y creencias de
nuestros antepasados, interrogando sus brillos lejanos en el despojamiento de
una meditación sobria, podremos tensarnos hacia verdades nuevas. No, el
simbolismo de las cosas cotidianas no es tristemente nostálgico. Se beneficia
de ese momento fértil de la depresión donde asumo la perdida de lo antiguo y
se enciende la chispa de un nuevo
renacimiento. ¿En qué? No lo sabemos. Tal vez no lo sabremos nunca. ¿Y si la verdad no
fuese mas que eso? No un sentido sino una tensión hacia... Contentémonos de permanecer rectas y justas! Trabajemos en dirección al
sentido, pero, dejémoslo... indefinido, siempre “a punto de llegar”.¡Espléndido
alegato del sentido como tensión abierta! De
alguien que conoce a fondo los peligros que se ciernen, tanto desde el lado de
la sociedad como desde el lado del inconsciente sobre toda aquella y todo aquel
que desde los balbuceos del pre-lenguaje, desde la inseguridad o la servidumbre avanza para abrirse paso y
emprende un camino propio. - A punto estuve de decir con Virginia Woolf construye una habitación propia. Colocará
ladrillo sobre ladrillo, observará el hilo tenso de la plomada y comprenderá
según vaya avanzando que construir (una obra) equivale siempre a optar por
transformarse. Chantal
Maillard recordaba recientemente que Gadamer para definir la obra de arte
empleaba la expresión transformación en
una construcción. Y es que la obra de arte es ese caso tan particular –
cito a Chantal Maillard: “donde transformación
significa que el que juega pierde en el juego su identidad, porque quien
juega realmente es el propio juego, donde se da la paradoja que una vez iniciada
la construcción, lo construido es quien construye”. Y
esa es nuestra tarea como artistas. Eva
Lootz, artista plástica |