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L A M U J E R C O N S T R U Y E W o m e n w h o b u i l d |
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""VIVIENDA Y ESPACIO COMUNITARIO". ANNA BOFILL LEVI, Doctora Arquitecta. |
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La
sociedad occidental ha construido a lo largo de la historia una imagen de
la mujer. Del mismo modo ha construido también una imagen de la vivienda.
Imagen que se concreta y formaliza en los prototipos o modelos de vivienda
existentes y que se siguen construyendo en nuestras ciudades, con algunas
diferencias según los países o las culturas en las que se ubican. La
vivienda de hoy proviene del modelo aristócrata y de la gran burguesía
del S. XVIII, modelo ordenado y distribuido según las reglas de la moral
patriarcal imperante, expresión de unas costumbres impregnadas de
elementos religiosos, simbólicos, ceremoniales y rituales, donde el padre
dominaba y controlaba al resto de los miembros de la familia. Esta
vivienda, que en cada una de las categorías y niveles sociales mimetiza a
la da la categoría superior, es todavía el tipo de vivienda que más
sirve de modelo para las familias de hoy. El
uso de las piezas de la casa y las partes de la misma siguen todavía los
esquemas mentales que tienen el arquitecto conceptor y el promotor, tanto
del chalet unifamiliar como de la vivienda social, que, en la mayoría de
los casos, no han modificado su imagen tradicional de la casa. Las
diferencias entre categorías sociales / económicas se manifiestan sólo
en la cantidad de espacio disponible por vivienda (en definitiva, del
numero de m2) y en un mayor o menor número de estancias. La
aportación del movimiento moderno a la arquitectura de principios de
siglo XX fue en algún caso muy rompedora (no olvidemos los estudios
antropométricos o los experimentos en vivienda social en muchas ciudades
europeas del período entre las dos guerras mundiales) especialmente por
la incorporación al diseño de las viviendas de los avances de la
tecnología. Pero las aportaciones más innovadoras y destinadas a formas de vida diferentes, en Europa, fueron hechas por mujeres arquitectas que como Charlotte Perriand (socia de Le Corbusier y autora de la famosa "chaise longue") trabajaron en los estudios de los llamados “padres de la arquitectura moderna”, pero fueron desestimadas rápidamente por la corriente general de la promoción y construcción de viviendas. CRITERIOS PARA LA CONCEPCIÓN DE LA VIVIENDA 1)
Las estancias y los usos de la vivienda : Hacia una concepción
abierta. Al
consultar la opinión de las mujeres se hace cada vez más evidente que
las distribuciones actuales de los pisos no se adecuan a las formas de
vida y relación, sobre todo para las mujeres. La doble tarea de las
mujeres fuera y dentro de la casa y el hecho de compartir cada vez más
con los que conviven las tareas domésticas, hacen necesario pensar en
nuevas distribuciones o nuevas formas de usos y espacios de la vivienda. Cabe
plantearse entre otras cosas, el quitar tabiques que separan las funciones
de la vida cotidiana como cocinar, comer, estar, y así obtener una
estancia pluri-funcional más generosa, o construir viviendas con paredes
correderas para obtener variedad de distribuciones, entre otras cosas
posibles. A
medida que los miembros de la familia o del grupo social comparten
responsabilidades domésticas, se hace necesario, para mantener viva la
relación del grupo, que la vivienda contemple, como mínimo, una estancia
para todos y habitaciones individuales que favorezcan la propia
privacidad. Porque la vivienda es el espacio cotidiano para alimentarse,
trabajar, descansar, gozar y procrear y también para compartir, amar,
conocer, colaborar y comunicar. Sin embargo para una mujer puede ser el
espacio de la sumisión, del trabajo obligatorio invisibilizado, no
reconocido, o de sufrimiento incluida la muerte. Por
ello las mujeres necesitan de una habitación propia (que no sea ni la
cocina ni el cuarto de la ropa), y también una para cada uno de los
miembros del grupo familiar, y además reclaman una habitación
plurifuncional para el grupo. A
partir de este criterio elemental y fundamental para la convivencia sin
jerarquías, surgen los nuevos tipos de vivienda para las familias y las
otras modalidades de convivencia en grupo, en pareja o en solitario. En
Europa ya son un 60% o más, las personas que no viven en familias
nucleares. Y en Barcelona, estas modalidades diferentes de convivencia,
que hace 20 años empezaban a emerger, ahora ya se dan aproximadamente en
un 50% o más de los hogares. 2)
Flexibilidad de la vivienda Hoy día hay que tener en cuenta: A) Adaptación de la vivienda a las sucesivas etapas de la vida de sus habitantes, en sociedades como la nuestra, en donde el mercado es muy rígido y la vivienda es mayoritariamente de compra, no de alquiler. El suelo es mayoritariamente privado, y la misma vivienda es para toda la vida. B)
Adecuación de la vivienda al trabajo remunerado (artesanía, manufactura,
teletrabajo...) que cada vez es más frecuente en los domicilios. C) Adecuación de la vivienda a los diferentes modos de vida de los grupos familiares o no que la ocupan, diferencias de relaciones conviviales, de cultura y costumbres, de capacidad económica, de número de personas del grupo, etcétera, especialmente si éstas son de alquiler y pueden ir cambiando de tipos de usuarios. D)
Adecuación a las personas con discapacidades (las mujeres no disponen de
organización ni de mobiliario flexible para ser adaptado) y a los
criterios de sostenibilidad (como el ahorro de energía, la no contaminación
ni el uso de productos contaminantes en la construcción, e imaginar
dispositivos para que el reciclaje de las basuras no sea una
responsabilidad única de las mujeres, etc.). 3)
Accesibilidad de la vivienda. Las
personas con desventajas sociales, como muchas mujeres y jóvenes, han de
disponer de vivienda de alquiler subvencionada a precios asequibles, con
una oferta diversificada, amplia, flexible, durable y sostenible. 4)
Revisión de normativas y ordenanzas. Un
cambio de normativas y de ordenanzas para la vivienda social y un control
mayor de la vivienda de promoción privada es necesario para la inclusión
de los criterios de diferencia sexual. En
Holanda, como veremos, existen desde hace años experiencias que proponen
viviendas y otros lugares de vida y relación desde la perspectiva de género,
o más concretamente desde la mujer. También
en España las estancias del vivir y los espacios urbanos no se adecuan
muchas veces ni a las funciones ni a los usos de la vida cotidiana, ni a
la manera de ser y estar en el mundo de muchas mujeres, así como tampoco
a las nuevas estructuras emergentes de nuestras sociedades en transformación
(pensemos también en los espacios que usan los niños, los adolescentes o
las personas de la tercera edad). Volver
a pensar el espacio Las
mujeres personalizan todos los espacios en los que viven o están
temporalmente y, si pueden, los espacios en los que trabajan. Y lo hacen
mediante los objetos, la decoración, todos los elementos personales y
significativos para ellas, que superponen a las superficies envolventes de
las estancias, creando una nueva envolvente de imágenes. Esto es un
camuflaje, un maquillaje del espacio. Y muchas veces una mujer confunde el
poder hacer esto en su casa, con el hecho de que su casa esté bien. Cree
que su casa está bien para ella porque la ha podido decorar. Esto es una
trampa sutil en la que nos hace muchas veces caer el complejo tejido de imágenes
creado por la publicidad y difundido por los medios de comunicación. En
varios de los proyectos que he coordinado en Cataluña y en otras autonomías
he trabajado con mujeres habitantes de los barrios, pueblos y ciudades,
para identificar sus auténticos deseos y necesidades, para llegar a
establecer criterios de planificación y diseño, en los distintos niveles
de organización y configuración de la ciudad, después de un proceso de
liberación de los comportamientos estereotipados adquiridos a lo largo de
sus vidas, de sus posibles ideas preconcebidas o imágenes espaciales
construidas por la cultura de orden patriarcal. El
reto es volver a pensar los
espacios, desde la vivienda a la ciudad, pasando por los espacios
urbanos de las unidades vecinales, los barrios y los distritos, y por los espacios
intermedios, cuyo concepto intentaré definir más adelante. Para
transformar las estancias, los espacios, los lugares de la ciudad, desde
nuestra experiencia de vida, debemos primero saber como vivimos cada día,
como usamos estos espacios y como éstos influyen en nuestra manera de
estar, en nuestras sensaciones. Deberíamos
entender los lugares de la ciudad, desde los domésticos hasta los de
relación, de trabajo, etc., como lugares sin jerarquizaciones, ni
separaciones, ni segregaciones, en donde se desarrolla la vida de cada día
en el conjunto de todas las actividades que realizamos. Prescindir de la
clásica separación entre los espacios para lo doméstico y los espacios
para lo social, que se dan incluso en la vivienda, e intentar domesticar
todos los espacios, o hacer domésticos todos los espacios que usamos
y vivimos. Para
una domesticidad de la ciudad en sus espacios físicos pues, no es tan
importante el tener en cuenta la función o uso sino el conseguir integraciones,
mezclas, acercamientos
de usos y por lo tanto proyectar
distancias y trazar
recorridos. Los
espacios
intermedios surgen como aquellos espacios que están al otro lado
de la puerta de la vivienda y que no son la calle o la plaza dominada por
los vehículos. Son lugares dentro del tejido de una unidad vecinal que,
no siendo la vivienda, son espacios de tránsito o de encuentro de
peatones, cubiertos o descubiertos, pero abiertos al aire libre y
comunitarios. En
configuraciones de unidades vecinales o de barrios hechos con bloques de
viviendas estos espacios son esos lugares ajardinados, más o menos
concebidos como espacios arquitectónicos, únicamente peatonales, en
donde los niños pueden jugar, los mayores charlar, las mujeres, las
amigas/os encontrarse o simplemente leer un libro al sol. En
otros tipos de núcleos vecinales configurados por viviendas en maneras
menos rígidas, o más dinámicas, los espacios intermedios (que para
entendernos son como los espacios intersticiales de un tejido celular
visto al microscopio) pueden diseñarse específicamente y ser auténticos
salones comunitarios. Estos espacios intermedios vecinales pueden ayudar a superar la separación de las esferas doméstica y pública, que favorece la violencia en contra de las mujeres. Mi
experiencia personal y profesional. En
mi práctica profesional como mujer he intentado pensar el espacio desde mí
misma, no sólo en su configuración física, estructural y estética,
sino también como usuaria de los mismos. Me sitúo en las dos posiciones
de técnica y de usuaria y procuro, dentro de los límites en que me
encierran las presiones de la profesión, concebir formas abiertas y
flexibles pues no creo útil el lema “la forma sigue a la función”,
divulgado por la arquitectura racionalista de principios de siglo. Al
contrario, pienso que por un lado hay necesidades, es decir funciones, y
por otro lado hay formas con todo su potencial estético. Existen
configuraciones flexibles que se pueden adaptar a cualquier función o
uso. Pero ¿cómo? Pues a partir de un trabajo profundo sobre la forma, la
geometría de la forma que es la base, el fundamento de todo espacio físico
que se pretenda flexible. Una forma cerrada es aquella que al aplicarle un cambio pierde toda su coherencia, su razón de ser o su equilibrio. Una forma abierta es por el contrario, aquella que aún modificándola conserva todos sus atributos y cualidades, es la que se halla incluida dentro de un sistema general geométrico euclídeo o topológico. Las
formas que mejor se adaptan a los usos de la vida cotidiana son
abiertas y flexibles porque en ellas las funciones específicas pueden
ubicarse en un lugar u otro, el llamado organigrama de funciones
puede variar, es decir que pueden variar las situaciones y las distancias
de los usos o ambientes. Naturalmente
las viviendas, los servicios, las fábricas, o los espacios urbanos, no
todos pueden resolverse con formas abiertas. Algunos de ellos muy
especializados (por ejemplo un hospital) requerirán de configuraciones
cerradas adaptadas a cada uno de los requisitos técnicos obligados. Un
vagón de metro tampoco podrá tener formas abiertas. Pero
todos estos lugares han sido generalmente diseñados con formas cerradas,
de manera que las modificaciones en el uso de los espacios suelen ser muy
difíciles y las estructuras organizativas de los usos, o las
distribuciones, responden a los clichés culturales de nuestra sociedad
patriarcal y a los roles asignados a las mujeres. Por
ello es muy necesario contar con el conocimiento de los deseos y las
necesidades de los usuarios / arias. Siempre
hay partes de un proyecto que podrán ser más abiertas y otras que deberán
ser muy cerradas y fijas. En cualquier caso pensar en el destinatario/a es
esencial y sobre todo considerar los deseos y necesidades de las mujeres a
las que no se les ha tenido nunca en cuenta (a pesar de que algunos
promotores nos quieran convencer de que construyen los pisos después de
haber hecho encuestas sobre lo que opinan las amas de casa). Anna Bofill Levi, Doctora Arquitecta. |